Otros locos maravillosos

25 de mayo de 2008

CARTA PARA UNA ISLA (dedicado a...)

(Por y para el cuentacuentos)

Frase de Matilda Grimm: "Cuando al día siguiente subí a cubierta, el aspecto de la isla había cambiado por completo"

Cuando al día siguiente subí a cubierta, el aspecto de la isla había cambiado por completo. No era la primera vez que la contemplaba, aunque sí desde ese lugar, y por eso pude apreciar los pequeños cambios que se habían registrado en su perfil costero…

Me gustaría poder narrar una bonita historia de piratas y bucaneros desde las fronteras del mar de la imaginación, pero por desgracia, la realidad es demasiado mezquina y bravucona a veces y siempre se encarga de que nadie quede exento de su pesado yugo, para cobrarse ella todo el protagonismo. Así que me limitaré a plasmar en estas líneas y a grandes trazos (sin matices de color) puesto que siempre fui pintor de brocha gorda y nunca un artista, el terrible tornado que me arrastró a los bajos fondos de un submundo del que rara vez se escapa. Un huracán que lejos de elevarme, sólo me degradó más como persona. Convirtiéndome en un grotesco guiñapo de mi mismo.

Todo comenzó con el regreso de I. a mi vida. Los cimientos sobre los que había construido el total de mi existencia tras su marcha, se venían abajo de nuevo, poco a poco, sin poder evitarlo y lo que es peor sin querer poner freno a esa caída.

Me sentí abrumado, decepcionado, consternado por algo que creí ya superado y atormentado conmigo mismo. Era desalentador, como descubrir un roble que ha permanecido fuerte siempre y es abatido de improviso por un rayo aislado.

Verla encendió en mí los pequeños rescoldos que aún quedaban escondidos en algún rincón de mi corazón mancillado. Pero admitirlo traducido en palabras era tanto como reconocer que no la había olvidado y que su recuerdo había estado hasta entonces adormecido en mi pecho, a la espera de intervenir de nuevo en escena. Pronunciar mi debilidad en voz alta suponía derruir mi falsa seguridad y demostrar al mundo y a mí, que tras el fracaso de todas mis relaciones acechaba siempre un único motivo: su eterna sombra. Por eso busqué la forma de disfrazar mi orgullo herido y fingí ser como no soy. Inventé un nuevo personaje no sólo por ella sino por mí. Pensé que tendría todo bajo control y por un tiempo la mentira dio resultado, pero caí de nuevo en la trampa de aquellos labios podridos que sólo pronunciaban órdenes y deseos, para satisfacer su propio ego de mujer fatal y que eran la entrada a la cárcel negra de su boca. Conseguí incluso olvidar el porqué de todo aquello, por un breve paréntesis, pero sólo fui el borrego que sigue al rebaño de toda esa vorágine de drogas, alcohol y sexo a que sometí mi vida, por espacio de los trece interminables años, en que mi camino transcurrió paralelo al suyo y que vistos ahora desde la distancia, bien pudieron ser lustros. Afortunadamente… esa isla acudió en mi rescate.

Siempre he creído en el poder de la mente y en el significado oculto de los sueños y sé que esa isla no erais otra cosa que tú y tu mano tendida, dispuesta a no prejuzgarme, que desde el fondo de mi subconsciente alterado por el Valium, Procaz, el éxtasis, la coca y tantas otras, reclamabas un poco de atención desde el otro lado. No del charco, sino de la cordura.

Si salí de todo aquel padecimiento fue gracias a ti. Sé que por muchas vidas que tenga jamás habré pagado mi deuda contigo. Siempre seré ese chico tímido y pusilánime que no se atreve a alzar la vista proclamando a los cuatro vientos un sincero “te quiero”, porque esas dos palabras se me quedan cojas, para describir lo que mi alma supo desde el día en que subí a esa cubierta y mi mirada se columpió en el cielo de estrellas que se reflejaban en medio del lago azul de tu isla.

No sé si geológicamente resulta posible que se formen nuevas islas y que salgan a superficie. De ahí mi miedo a que vuelvas a hundirte en las aguas cristalinas del océano del que saliste o que mi frialdad y mi ausencia de abrazos y besos resquebrajen tu maravilloso arrecife coralino. Y me aferro a ti, como si fueras un tablón a la deriva que lleva escrito mi nombre como único náufrago que ha habido en mi desastrosa vida.


De esos tiempos aciagos lamento por encima de todo, descubrir que en mi torpe huida de la soledad, arrastré conmigo a toda mi familia y amigos y que, paradójicamente, nunca estuve tan solo (por mucho que entonces yo creyese lo contrario) como cuando los excesos me sometían a su voluntad, en tugurios de mala muerte por toda la ciudad, entre vaharadas de humo y alcohol presto a meterme por la nariz, la vena o la boca, cualquier sustancia que me brindase esa compañía que tanto buscaba. Buscando… siempre buscando grandes respuestas.

El caos de esos días, de esos tormentosos años, fue un continuo robar y mentir. No maté, pero me duele decir que no fue por principios morales o por escrúpulos, sino porque no hizo falta y no se presentó la ocasión.

Viví por y para los siete pecados capitales que convirtieron mi alma en una ciénaga rebosante de odio y repulsa hacia todo lo que me rodeaba:

1. Lujuria (noche sí y noche también). Ciego por ella y en vista de no poder alcanzarla ni de tenerla enteramente para mí, dejé de ser un caballero en el amor, como lo había sido hasta entonces, y me convertí en un ser vil y repugnante que desfogaba sus instintos más bajos con cualquiera que tuviera dos piernas.

2. Avaricia, en un afán de tener mejor y más cantidad de coca que el desafortunado yonqui de al lado, o simplemente de lograr un colocón más rápido y por más tiempo.

3. Soberbia… la droga reveló en mí una fuerza interior que desempolvó mi verdadero Yo, arrogante y exigente. Los fallos siempre eran de otros, si no administraba bien la cantidad necesaria para la dosis de cada día o semana, siempre era otro el culpable. Por lo general el puto camello que se había pasado de listo y me había dado de menos o me había tomado por un drogata del tres al cuarto y había rebajado la pureza de su suministro. ¡Maldito bastardo, hijo de perra!

4. Pereza, porque a raíz de sumergirme en ese fatídico mundo, me fui abandonando a la desidia y acabé provocando mi despido en el trabajo. Aquel puesto, por el que siempre había luchado desde mi licenciatura, se escapó de mis manos como el agua se escurre entre los pequeños huecos que la mimbre deja en una cesta. Al principio sentí que tocaba fondo, pero incluso a eso me acostumbré. Paulatinamente fui encontrando el gusto a mi nueva situación de parásito social (que para nada es lo mismo que parado), porque ello me dispensaba más tiempo para holgazanear a mis anchas y curiosear por las calles a cualquier hora del día o preferentemente de la noche.

5. La ira, es fácil adivinarlo, la desencadenaba cada nuevo chute o cada nueva borrachera. Cuanto más puesto iba y cuanto más había mezclado, más intensos resultaban mis cataclismos emocionales. Descargaba toda mi frustración con cualquiera (¡Maldita sea su estampa!) que se cruzara en mi camino, mediase o no palabra conmigo. Poco o nada me importaba de quién se tratara. Así es como me quedé enteramente solo y fui detenido por desórdenes públicos en varias ocasiones y otras tantas por conducir bajo la influencia del alcohol y todo tipo de sustancias tóxicas.

6. Envidia… porque en mis escasos momentos de lucidez vislumbraba que la vida de la inmensa mayoría de los mortales, funcionaba más o menos correcta y armoniosamente en perfecta sincronía con la gravedad de sus problemas. No así la mía.

7. Gula, porque tras cada breve intento de desintoxicación al que me sometí en esos años, mi cuerpo se reenganchaba a la esperanza de una existencia más digna, a través de la comida, con un apetito voraz, incontenible y malsano. Era un continuo devenir entre hombre alfiler cuando me drogaba u hombre globo si estaba en proceso de reinserción. Y es que las adicciones nunca vienen solas.

Por toda esa maraña de aspectos negativos me fue tan difícil salir de aquel tormentoso abismo cíclico; pero también porque mi fuerza de voluntad, ya para entonces, se había visto reducida a cenizas. Y porque I. siempre estaba presente para recordarme que la única causa de aquel desastre era mi amor enfermizo e incondicional hacia ella.

No obstante, por fortuna esa madrugada del mes de enero en que me subí a la azotea, en mi paranoia la cubierta de un barco, dispuesto a acabar con mis huesos estrellados contra el duro asfalto, e I. contemplaba dichosa la escena y se burlaba complacida de mi sufrimiento, apareciste tú, S… Lo hiciste en forma de isla, cuando pudiste haberlo hecho de otras mil maneras alucinatorias. Te vi cambiada respecto a otras veces en que había divisado tus mismas playas y tus mismos arrecifes, lagos y volcán, pero lo importante era que estabas allí para ayudarme sin yo merecerlo. Creo que elegiste aquella apariencia, porque tu espíritu alegre, pacífico, dinámico, honesto, jovial y bullicioso no merecía menos. Era eso o convertirte en ángel y abrazarme con tus alas de espumoso algodón blanco. Pero se me ocurre pensar que tal vez si hubieras elegido ese aspecto, me habría creído muerto y no habría luchado como lo he hecho por seguir adelante.

En todo caso vivo o muerto, despierto o dormido, ahora menos humano que entonces con mi nariz de titanio y mi dentadura postiza, pero más libre de lo que fui jamás; te debo este sueño y a ti te brindo cada minuto que me regala el reloj y que aún permanezca en la tierra. Gracias.

5 comentarios:

  1. Pues ha estado larguillo, pero vale. Usas bastantes palabras que le dan un sentido algo poetico, al final la isla fue solo una excusa XD pero nadie dijo que debía ser protagonista ¿no? pues en hora buena...

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  2. Waoo, primero, mil gracias por tu comentario a mi relato de la semana anterior, en cuanto a esta historia, me ha encantado, tu manera de expresarte, lo haces con sentimiento, la forma de desarrollar los pecados capitales, desde el punto de la drogadicción, Excelente!!!, vaya manera de expresarel abismo que representa caer en ese vicio, en fin, se siente, lo que siente ese ser, atrapado, pero que afortunadamente, logró salir,
    Paso a leerte, la semana entrante, un saludo desde el otro lado del charco!!!
    La Nena

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  3. Gracias a ambos por haberme leído, pero sobre todo por haber echado suficientes arrestos como para dejara constancia de lo que mi historia os ha sugerido. Un abrazo a ambos. Os leo.

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  4. Bella y bien conducida historia o nave por ese mar de reflexiones que nos narras.
    Un mar embravecido por el que va navegando a la deriva hasta que el avistar aquella isla de esperanza le hará libre.
    Genial la referencia al angel y como prefiere permanecer luchando por intentarlo a la dulce nada.
    Un abrazo!

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  5. No hace falta decir más que GENIAL.
    Sabes que me encantan tus relatos, desde los más jóvene hasta los actuales, muy maduros y meditados.
    Sigue con tu sueño de escribir, seguro que llegas a alcanzar lo que deseas.
    MO

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