Otros locos maravillosos

11 de mayo de 2008

COSAS (Reto del cuentacuentos)


EL ATRAPASUEÑOS (Publicado el viernes 25 de abril del 2008. Para el cuentacuentos por el Día del libro)


Abrió las puertas del armario y todo lo que había en su interior se le vino encima. No le dio tiempo ni a reaccionar y mucho menos a evitar el ruido. Tras recuperarse del sobresalto descubrió consternado que allí tampoco estaba lo que andaba buscando con tanto anhelo. Quedaban pocos lugares de la casa que no hubieran sido revisados ya. Su estado de ánimo iba decayendo a medida que restaba lugares en la lista. ¿Cómo iba a decirle a su madre que lo había perdido? Comprar uno nuevo, resultaba impensable. Tenía que encontrarlo.

Miró nuevamente el reloj, ese odioso objeto que chivaba minuto a minuto el tiempo restante, hasta que su madre llegara de su último viaje y le reclamase lo que él había insistido en guardar; aun a pesar de las reiteradas negativas iniciales de ella. Mientras se movía a zancadas y movido como por un resorte o los hilos de un titiritero que dictaba sus pasos de marioneta, se sintió más desgraciado que nunca. Sabía qué importante resultaba para ella aquel dichoso libro... Total, cuatro hojas mal puestas y una portada tan ajada por el uso que no se entendía la inscripción del título ni el nombre del autor, por qué podían significar tanto. A decir verdad él, rara vez lo había visto y realmente no sabía cuál era su contenido. Además, por mucho que intentara hacer memoria, nunca la había visto leyéndolo. ¿Qué tenía de especial? Con suerte -pensó- igual está tan agotada del viaje o tan ilusionada por contarme qué ha visto y qué lugares ha visitado que no lo pide. Sabía que se estaba engañando a sí mismo con tales pensamientos, pero el tiempo apremiaba y cualquier método o excusa que le evitase el mal trago de confesar la realidad, era tan válido como el que más. Se hacía tarde, tarde para casi todo, estar despierto, estar buscando algo que era claro que no deseaba ser encontrado, para andar molestando a vecinos con ruidos sospechosos... Se acostó, pero lo hizo sin cenar, también era demasiado tarde para eso.

A la mañana siguiente, aprovechando que es sábado y no tiene clases, se despierta antes del amanecer (en realidad no recuerda haber dormido nada ante la inquietud de la tormenta que se avecina en torno a su persona). Llama a su padre, él y su madre se habían divorciado recientemente y aunque hacían vidas separadas y la relación de pareja estaba ya caducada, pasado el tiempo de duelo por la ruptura, se habían convertido en el mejor amigo el uno del otro. Seguramente su padre encontraría una solución o al menos le ayudaría a buscarlo. Insiste en vano a lo largo de la mañana en llamarle, pero no le coge. Deja incluso mensajes en el buzón de voz del móvil y en el contestador automático del teléfono de casa... Nada... la respuesta siempre es la misma al otro lado de la línea... silencio. Se siente decepcionado, nervioso, ofendido, ultrajado, todo a la vez y a partes iguales. ¡Qué egoísta su padre, justo ahora que tanto le necesita no responde! Está claro que tiene que encontrar una solución ya, y dado que está sin ayuda externa lo más práctico, aunque humillante, sería decirle la verdad a su madre. Cuanto más retrase la noticia peor para todos.

Segundos después suena el telefonillo del portal. Sabe de quién se trata y el miedo detiene su intención de incorporarse del sofá. Finalmente tras insistentes llamadas reacciona.

— ¿Quién es? — pregunta — Yo, ¿quién va a ser? —. La garganta se le seca de repente. Oye la máquina del ascensor en marcha, cuenta mentalmente el tiempo que el elevador tarda en llegar a abajo y en subir hasta su piso, dibuja en su imaginación el reproche, y la tremenda decepción que aparecerán en el rostro de su madre en cuanto admita lo que ha sucedido. Eso le duele más que nada y nota como le flojean las piernas. Se saludan con un tímido "hola" y un esquivo abrazo. Sabe que ella percibe algo. Una perla de sudor tras otra le delatan... Entonces su madre formula la frase que sus oídos tanto temen escuchar: “Me apetece leer algo, ¿por qué no me traes mi libro, cariño?". Se siente perdido, indefenso, frágil, pero sobre todo atormentado. Piensa en hacerse el despistado, pero es tan cobarde que incluso finge ir a buscarlo. A medio camino, retrocede, rectifica su ruta, se detiene… la mira de soslayo, suspira y gira sobre sus pasos. Cuando regresa al lado de ella, para su sorpresa ve que lo sostiene impunemente en la mano y juguetea con él. ¡Siempre lo ha tenido consigo, a él sólo le entregó una copia! Por fin se envalentona y le reprocha su falta de confianza y movido por la curiosidad le pregunta qué contiene ese libro... Ella sonríe, con esa mágica sonrisa que alumbra los rincones más escondidos del corazón de aquel que tiene la suerte de acompañarla en ese momento, arrollando todo a su paso, y guiña un ojo y le dice — cosas y por supuesto toda mi vida en sus páginas, ¿te parece poco acaso? Hemos aprendido el uno del otro y no sería quien soy, si no fuese por él. A él le debo... incluso mi sonrisa—.

Él sabe que no miente, algo en sus palabras las hace especialmente sinceras y es que... un libro siempre acompaña y cala hondo en quien tiene la dicha de adentrarse en sus páginas.

2 comentarios:

  1. Por error borré alguno de los comentarios que había sobre este escrito, cuando cambié la plantilla así que pido disculpas. Y os doy las gracias por vuestras críticas que siempre resultan útiles y bien recibidas. Un abrazo.

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  2. Recuerdo que eran dos comentarios. Uno de Ninive y otro de Tormenta. Los tomé como mi acogida oficial en El Cuentacuenso y significó mucho para mí que gente que no forma parte de mi círculo familiar ni de amigos leyese algo de lo que yo escribo. Por eso, me da mucha pena no haberlos mantenido al hacer el cambio de plantilla. Os pido disculpas a ambos. Un besazo y mil gracias.

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