Otros locos maravillosos

30 de septiembre de 2008

TRAICIÓN


Frase de Nessita:"Una semana después de su muerte, una mañana me ocurrió una cosa extraña."


Una semana después de su muerte, una mañana me ocurrió una cosa extraña. Harta ya de llorar su muerte a la espera de un regreso que sólo se alimentaba de mi deseo de recuperarle y el de declarar en voz alta las palabras que nunca llegué a pronunciar en su presencia... Decidí deshacerme de mi condición de viuda prematura y arrojé a la basura los trajes oscuros que ensombrecían mi alma desde aquel día en que recibí la noticia. Lo supe mucho antes de abrir el sobre, antes incluso de que el temblor me sacara del shock inicial y me hiciera ver la cruda realidad. En aquellas líneas, escuetas, negras como hormigas y contundentes estaba la puerta hacia el abismo de mi existencia. Era el principio del fin. Anegué con ellas mi propio estupor y mi escasez de ánimo y negué la entrada a la luz solar en mi casa, pero principalmente en mi alma.

Rompí con todo y con todos, me encerré en mí misma y en mi cobardía. Me centré en el dolor, en el recuerdo y despilfarré lágrimas hasta marchitar mis ojos y jugué a dejarme hundir lenta y pesadamente a ritmo de bolero en las arenas movedizas que no eran otra cosa que guijarros humedecidos en la desgracia que me envolvía. Los sueños que había tejido en los últimos años a golpe de sus besos y caricias se alejaron de mí y decidieron alojarse en altos rascacielos para hacerse más inaccesibles. Luego… simplemente se desvanecieron en el mismo momento en que él desapareció de mi vida, mejor dicho en el instante en que asumí que nunca regresaría. La suya no fue una muerte al uso, no fue una muerte prevista, ni siquiera fue una muerte. Quiso hacer poesía y probar sus alas de ángel, pero erró en el cálculo. Bailó con los brazos equivocados y se dejó seducir por la persona incorrecta. Sólo nos separaba un lunar. A ella y a mí, iguales como gotas de agua, la naturaleza sólo nos quiso diferenciar en un pequeño detalle, en una ínfima mota marrón a la altura del ombligo que declaraba que se trataba de dos personas distintas, físicamente iguales, casi reflejo la una de la otra en un espejo invisible, salvo por esa nota discordante que seguía ahí como advertencia, para unos ojos expertos y unas manos entrenadas a tocar el mismo cuerpo noche tras noche. Cuando recuperé la cordura y cerré el grifo de mi llanto, comprendí la verdad de lo sucedido. Mi hermana gemela había jugado con ambos. De pequeña siempre se encaprichaba de aquello que me agradaba; no por el hecho de compartir los mismos gustos y preferencias conmigo, sino por el de probar qué se siente cuando arrebatas a otro su propio criterio y su propia identidad. En el parto ella había sido la segunda y por tanto era la mayor, pero el hecho de compartir protagonismo conmigo la desbordaba. Siempre tuvo deseos de hacer algo grande, algo significativo y cada uno de sus intentos había terminado en fracaso. Yo, por mi parte, jamás jugué a ser algo distinto de quien era. Ni siquiera buscaba complacer mi ego. Me bastaba si acaso, con complacer a mis seres queridos y dejarme llevar por el dictado de mi corazón y así es como Rubén llegó a mi vida. Lo hizo tímidamente, como un amigo que teme invadir la intimidad de otro, hasta que le abrí de forma incondicional las puertas de mi corazón y le di la llave de mi vida. Ahí Susana, se sintió nuevamente humillada. Antes de conocerme a mí, Rubén y ella ya eran amigos. Para ella yo fui el colono que se alza en poseedor de unas tierras que ya tenían dueño, antes incluso de poner su bandera. Supongo que por eso nos distanciamos. Teníamos puntos de vista totalmente dispares sobre la vida, sobre nuestra propia historia. Ella veía y sentía una rivalidad que yo no compartía. Protegía cada uno de sus minúsculos proyectos con el mismo ahínco que si fuera el jefe de una nación poderosa y que teme que el espionaje le arrebate su secreto. Por eso, ese día cuando se cumplió una semana exacta después de la muerte de Rubén descubrí la evidencia. Aquella carta, aquellas líneas permitían asomar mi cabeza al mundo de envidias y desencuentros en que ella había decidido alojarse. Aquella mañana, no fue como otra cualquiera. Abrí persianas, descorrí cortinas y abrí ventanas… El teléfono sonó, como lo venía haciendo los días y noches anteriores, pero esta vez la voz al otro lado, no era una voz amiga infundiendo ánimos u ofreciendo compañía. Era mi propia voz, amarga y resentida, orgullosa y distante que se regodeaba de mi sufrimiento y que sonaba más triunfal que nunca de lo que había salido jamás de mi garganta. Ya había escuchado bastante, el contestador lo había grabado todo: se le acercó por la espalda y le tapó los ojos con unas manos iguales a las mías, con los mismos dedos y la misma suavidad al tacto de sus manos, para darle una sorpresa a la salida de su turno de trabajo. Él escuchó la misma voz que oía cada día y se dejó acunar en las sábanas de un hotel, movido por la curiosidad del morbo de improvisar algo distinto. El deseo rompía sus músculos y se dio cuenta demasiado tarde de aquella pequeña marca que nunca hasta entonces había visto a la altura de mi ombligo… La culpa le venció al descubrir el engaño y la doble traición y angustiado arrojó su cuerpo al vacío desde el quinto piso. Quise llorar al saber todo lo sucedido, pero en su lugar me armé de valor y bajé a la calle, llevé flores a su tumba y recalé frente a la puerta de la casa de mi hermana. Me invitó a una copa, como dos viejas amigas que se reunen después de mucho tiempo. Me bastó un segundo, mientras ella iba a la cocina para colocar un mueble pesado contra la puerta e impedir su salida. Tiré por el suelo y los muebles los licores que había sobre la limpia mesa de cristal y encendí dos cerillas… Salí de nuevo a la calle. Para entonces el olor a humo ya era evidente. Paseé con total tranquilidad entre jardines, baldosas rotas y aceras que nunca había pisado, hasta que llegué a mi meta. Conté al primer hombre uniformado que vi todo, absolutamente todo y supe que entonces yo no era yo, sino mi hermana que había ido más allá de lo correcto, buscando su propia justicia.

7 comentarios:

  1. Impresionante y trágica historia, que me encantó.

    A veces nos suceden cosas que nos sacan ya de sí y quien sabe lo que podrían ser capaces de hacer algunos... ...nunca se sabe. Y luego, despiertas y ya es demasiado tarde. Somos humanos y a veces...

    Miles de aplausos por esta historia y en absoluto lo digo por decir :)

    Saluditos.

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  2. Gracias Esther. No sé porqué pero no me siento con ánimos para escribir estos días y ésta ha sido una historia que he escrito "forzada" por el terrible remordimiento de conciencia de fallar en el encuentro semanal de los cuentacuentos, por primera vez desde que me inscribí en abril y bueno... no quería permitirlo. Quizá sea porque doy demasiadas vueltas a todo... El caso es que he escrito esto, invadida por mi estado anímico general que deja mucho que desear estos días. Un abrazo y un saludo y muuuuuuuuuuuuuuuuuchas graias, de verdad.

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  3. Gran fuerza la que desprende tu historia (tengo la manía de leer las historias a veces en alto,casi recitándolas :) ) Y tu narración mezcla la reflexión con la que quiere justificar lo sucedido,con la ira,como dice Esther,que se apodera de sus actos.
    Pasión,remordimiento,venganza,todo sucede en una lectura trepidante de un gran relato.
    Y ese ánimo arriba!! Espero que este nueve mes te venga lleno de buenos momentos y si hubiera semana en que no puedas escribir una historia pues la siguiente,que aquí estaremos,y además es que este blog no deja de estar vivo :)
    Un abrazo!

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  4. Puffffff... el final me lo tuve que leer dos veces porque no estaba segura... osea que al final "la del lunar" se salió con la suya... Pero, claro, ahora yo me pregunto: ¿y ahora que ha matado a Rubén y a su hermana, qué le queda a ella? Pues, como reza el dicho "que le venga la tiña" porque de envidia ya estaba más que servida... ;)

    Me ha gustado muchísimo, sore todo el final y el haber tenido que leerlo con sumo cuidado para saber lo que realmente había pasado. Una historia muy buena, síp!!

    Por otro lado... ¿me dejas que te suelte una de esas "moralinas de vieja" que a ninguno nos gustan? ;)

    No te tomes esto como una obligación, escribe cuando quieras y porque quieras hacerlo. Eso de la asistencia obligatoria aquí no pasa. Y te lo digo porque, en su momento, yo también me equivoqué al verlo así y... casi que lo dejo por eso. Espero que no te siente mal que te lo diga, ¿vale? Aunque si es así, tú me mandas a freir monas y ya está :P

    Un besote y, de verdad, enhorabuena por la historia.

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  5. Gracias a todos por vuestras palabras, vuestros comentarios y vuestros ánimos. No me ofendo para nada María. Soy consciente de que pertenecer al cuentacuentos no es una obligación, pero para mí es una especie de tira y afloja, un reto personal. Tengo miedo de dejar de escribir una semana y que ello se convierta en costumbre. Y soy más partidaria de escribir algo, aunque sean unas líneas mediocres que de no escribir nada. De ahí lo de escribir "forzada". De verdad, de todo corazón muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuchas gracias a todos por visitar este sitio y hacer que se mantenga vivo a través de vuestras palabras. Un abrazo y un saludo.

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  6. Si para conseguir este resultado narrativo tienes que dejar de escribir una semana, que no te importe esa parada técnica. Ya te dije que volcando todos tus sentimientos en la historia las palabras se irían colocando ellas solas en tu mente y desde allí, transmitidas a través de tu cuerpo, hasta las terminaciones nerviosas de tus dedos. Magnífica.

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  7. De tu mano nuevamente salió magia. Palabras en un tono verde que se cuelan por mis ojos y se alojan en mi mente, haciéndome pensar.

    Una gran historia, sí señora, con intrigas, viejas pasiones, rencores, odios...y muerte.

    Y aunque parezca mentira estas cosas suceden en la vida real, quizás no con tanta virulencia (o quizás en casos extremos sí), el rencor y el odio son los peores consejeros de la humanidad.

    En fin, que enhorabuena una y mil veces más por la historia.

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