Otros locos maravillosos

15 de marzo de 2009

EJERCICIOS DEL TALLER

Hace mucho que no escribo por aquí y me apetece hacerlo con uno de los ejercicios que he hecho en el taller. Aún tengo que recibir la corrección y los comentarios de mi profesora, pero no me disgusta el resultado...

En fin, se trata de dos relatos en uno. Cada uno de ellos desde la perspectiva de diferentes personajes. El primero desde el punto de vista de uno de los generales de Alejandro Magno y el segundo desde la perspectiva del enemigo del rey de Macedonia.

La propuesta era elegir de entre un listado un personaje (Alejandro Magno, Carlomagno, Sigfrido, Atila, Arturo...) Creo que no me dejo a ninguno y hablar de un día de batalla desde el punto de vista de un partidario y el mismo día desde el punto de vista del enemigo.


Ya me diréis qué os parecen.





Asia Menor, crónica de una batalla.

Él es mi rey y le debo lealtad, pero no puedo evitar preocuparme. Me pregunto qué ronda en la cabeza de alguien tan joven y tan poderoso. Es cierto que su padre le adiestró desde muy temprano en los secretos de las estrategias militares y que ha contado siempre con el incondicional apoyo de uno de los más grandes eruditos de nuestros tiempos: Aristóteles, pero en el fondo no es más que un niño. Temo que su ímpetu y fogosidad nos lleven a situaciones en las que salgamos malparados.
Estamos, según sus palabras, al comienzo del fin de su gran enemigo. Sólo espero de veras, que se cumplan sus expectativas. Creo que es un excelente estratega, pero su terquedad…

Suenan los primeros avisos para que empecemos a formar. Afuera está amaciendo, el calor empieza a ser ya sofocante desde esta primera hora. Los dos guardias que hay a la entrada de mi tienda me reclaman. Los hombres acusan en su ánimo el calor imperante, según puedo deducir de algunas conversaciones de los grupos en cuanto asomo al exterior, y las pobres bestias relinchan inquietas a escasos metros de sus jinetes. Se huele la batalla desde cualquier sitio. Algunos hombres tienen miedo. Confían ciegamente en su monarca, pero el enemigo es muy numeroso y la mayoría de los integrantes de nuestro ejército son extranjeros. Eso es un punto en contra, dado que es difícil comunicarnos con ellos, salvo en griego.

Los dos centinelas de mi toldo me escoltan hasta la tienda donde Alejandro suele reunirse con sus hombres de confianza. Me desconcierta que me dispense tanta atención. Sé además que su predilección hacia mí, no cuenta con el beneplácito de algunos de sus guerreros más distinguidos. Los dos guardias regresan a sus puestos y yo me adentro en la tienda.

Alejandro está en pie, observando un pergamino sobre la mesa. Imagino que será un mapa de la región. Junto a él hay dos hombres más. Apenas levantan la cabeza cuando me ven entrar. Me siento intimidado, tanto por el lujo y tamaño de la tienda como por la importancia de los hombres ante los que se me ha pedido que me presente esa mañana. Creo percibir en sus caras cierto desdén.

— Acércate, Casandro. Te estábamos esperando. He mandado ensillar tu caballo, pronto tendremos que partir a hacer una inspección sobre el terreno y me gustaría que estuvieras presente. Valoro tu fidelidad y tu opinión— quien así me habla es Alejandro.

He estado casi toda la jornada con Alejandro y sus generales. Aún no ostento ese cargo, pero sé que me tiene por un hombre de plena confianza. Alejandro siempre está en primera línea, podría haber mandado espías o vigías para inspeccionar el terreno, pero ha preferido hacerlo en persona. Sólo ha pedido ser acompañado por dos de sus generales y por mí. Me he sentido abrumado por tal honor. Me ha llegado a interrogar sobre qué estrategia sería la mejor para hacer frente a nuestro enemigo, pero antes de responderle él ya tenía la respuesta. Y es una respuesta que hubiera salido de cualquiera de las bocas de los allí presentes.

— Anatolia es un terreno llano, con una cordillera al norte del valle en que nos encontramos. Lo mejor será fingir una pequeña retirada, de tal modo que las tropas enemigas queden con el desfiladero a su espalda y no puedan retroceder. Una vez llegados a ese punto, nos dispondremos en círculos concéntricos para cercarles aún más. En el círculo más pequeño estarán los lanceros (colocados ahí, dado que seguramente Darío será quien inicie el ataque, a fin de terminar cuanto antes con la escaramuza), en el segundo arqueros y en el tercero la infantería. A continuación en cuanto suene la señal prevista —continua nuestro joven monarca— y tal y como hubiera dispuesto, mi padre, el mismísimo Filipo —al pronunciar ese nombre gira la cabeza hacia mí y leo el orgullo en sus ojos—, nuestros hombres avanzarán hacia ellos aprovechando el desconcierto, siempre en línea oblicua (mientras los círculos se repliegan para dejarnos paso) —incide el monarca—. Pero lo haremos desde los cuatro flancos. De ese modo inevitablemente romperemos su formación y aprovecharemos las brechas para causar el máximo número de bajas entre ellos. Es simple, pero efectivo.

Alejandro, es un hombre joven y su juventud es a veces su mayor enemigo. Confía demasiado en sus propias posibilidades y es raro que piense en un segundo plan por si el primero fallase. Pienso que es una característica inherente a su personalidad. No obstante me agrada su política: “Quien se rinda será perdonado. No se trata de matar por matar. Un enemigo vencido al que se le perdona la vida, a menudo es mejor aliado que el más leal de los súbditos, si este último se ha sentido traicionado o humillado” — suele decirnos—.

Poco después de nuestra pequeña excursión, Alejandro lo dispone todo para que nuevamente suenen los cuernos y ocupemos nuestros puestos. A mí me han encomendado una pequeña falange de mil hombres, seremos los que creemos la brecha desde el este. De momento serán otros los que ataquen (nosotros estaremos en la reserva para dar la sensación de que tienen ventaja numérica sobre nosotros) y a continuación fingiremos cederles terreno. Una vez que les tengamos en el desfiladero hemos de ser rápidos y estar perfectamente sincronizados con las avanzadillas del oeste (opuesta a nosotros) del norte y del sur. Alejandro será quien indique en qué momento romper la formación inicial circular, e iniciar el ataque en oblicuo, lo haremos a caballo. Él será además, el encargado de uno de esos otros grupos que rompan la línea enemiga. Probablemente sea el del norte, dado que mientras finjamos la retirada, él y unos mil hombres habrán partido previamente hacia el desfiladero. Serán los primeros en sesgar la defensa del adversario. Mi caballo está deseoso de entrar en combate, lo noto en la forma que tiene de bufar y en su continuo patear. Miro a mi alrededor y todas las monturas parecen contagiadas de esa misma fiebre precedente a la batalla.

Suenan nuevamente las cornetas y comienza la liza. La caballería, con los otros dos generales y conmigo al frente, bordea el valle por el extremo más al sur. Vamos en dirección opuesta hacia donde está teniendo lugar el conflicto, pero con la ventaja de que el enemigo no nos ha visto. Aún así se oyen los gritos, las flechas, y el ruido del metal de las espadas. También nos acompaña el intenso y pegajoso hedor de nuestro propio sudor y el de nuestras bestias, mezclado con el de la sangre de los que han entregado su vida por el bien de nuestra causa. “No habéis caído en vano”— les prometo con el pensamiento. Vadeamos el río y giramos bruscamente hacia el norte en dirección a la cordillera donde tendrá lugar el desenlace. Vamos a principio al galope y luego reducimos el ritmo, para no advertir a nuestros enemigos. Un fallo de ese tipo podría dar al traste con toda la estrategia. Los tres mil tres hombres que formamos la partida, nos reagrupamos de nuevo en tres grupos. Yo con los míos, avanzo hacia el este del desfiladero y desde lo alto de la loma buscamos la mejor posición para responder a la señal. Compruebo que las otras dos tropas hacen exactamente lo mismo desde sus situaciones. Al norte, tal y como preveíamos, están Alejandro y sus mil soldados. Todos estamos expectantes. Abajo en el centro del valle, los círculos ya están formados. Han sido más de cinco horas de lucha y unos y otros se muestran cansados. Sin embargo, sabemos que a pesar de las numerosas bajas que la confrontación ha causado entre los nuestros, ahora tenemos las de ganar. El rival ha tragado el anzuelo y está justo en el punto en que queríamos que estuviera. A la señal de nuestra alteza, algo más de cuatro mil hombres a caballo, corremos frenéticos ladera abajo desde los cuatro puntos cardinales para asediar al enemigo.

Se oyen gritos de espanto, otros luchan con auténtica desesperación. Los nuestros, como estaba ideado, se repliegan y nos dejan paso. Los tres círculos se ven rotos en cuatro vértices imaginarios que a modo de diámetro y en oblicuo, avanzan sin dilación atacando a todo hombre que les sale al paso.

El sol ya está bajo cuando el último hombre se rinde. He resultado herido en un brazo, y mi montura también tiene una pata terriblemente hinchada y casi con seguridad tendré que sacrificarla. Miro alrededor y veo que Alejandro está felicitando a cada uno de sus generales en persona.

— Es un gran día, sin duda, y ésta una gran victoria— me dice.
— Sin duda, señor, sin duda— es lo único que acierto a decirle, agotado como estoy.
—Cuando puedas, Casandro, me gustaría que acudieras a mi tienda. Quiero recompensarte por lo que has hecho.

Los hombres festejan con risas, música, baile y cerveza egipcia, en el campamento el triunfo. Yo una vez más, como horas antes, soy escoltado por dos centinelas hasta la entrada de la tienda de mi señor. Uno de sus guardias me presenta y cuando el monarca lo estima oportuno, me invita a pasar. Comparto mesa con él y el resto de generales. Allí están: Seleuco, Antígono, Ptolomeo y Lisímaco. Mi señor me insta a que me siente a su diestra en la única silla libre, lo cual es todo un honor. Comparto chanzas y comida con ellos. Soy uno más. Alejandro, antes de dar la cena por terminada, propone un brindis.
— ¡Por Casandro! Uno de mis valientes soldados y a partir de ahora uno de mis más valiosos generales.


Darío III (Batalla de Gránico)

Estoy convencido de nuestro éxito. Alejandro es tremendamente orgulloso y se ha confiado en exceso. Cree que podrá hacer frente a un numeroso ejército como el mío, entrenado para la batalla con tan sólo treinta mil infantes y apenas cinco mil jinetes (estos últimos aún están por llegar). Sólo el pensar tal osadía resulta cómico. Por no hablar de su peculiar hueste: una suerte de guerrilla de la más extraña mezcolanza, donde los reclutas son gentes de toda condición y nacionalidad. Patético, de verdad, realmente patético. ¡Parece mentira que le califiquen de gran estratega!

Además está la propia naturaleza del terreno. Se trata de una extensa llanura y por tanto, siempre estaremos en ventaja frente a ellos. No cejaré hasta ver que su sangre tiñe las aguas del río Gránico. ¡Lo juro!

Mis espías aseguran que todos sus generales están con él y le respaldan en esta campaña, pero eso no me asusta. Al contrario, me anima a creer que está cometiendo el mayor de sus errores y que lo acabarán pagando muy caro él y los suyos. No obstante admiro su templanza y su arrojo. Supongo que ese idealismo es parte de su juventud. ¡Lástima que vaya a morir tan joven! Hubiera sido un magnífico emperador, como él asegura que ansia ser.

— Señor, uno de los hombres que mandó a vigilar al rey Alejandro asegura que tiene importantes novedades.
— Está bien, está bien. Hacedle pasar. No creo que eso suponga un giro a favor de ellos en la balanza. Ja, ja, ja, pero haced que pase. Será divertido escuchar esas novedades.

Un hombrecillo enjuto y barbudo, se introduce en mi tienda a la señal del centinela. Es uno de los tres hombres que he enviado a espiar. La verdad es que no esperaba menos de él. Es el más anciano de los tres, pero su veteranía es sin duda una de sus virtudes. Además su aspecto le convierte en un hombre aparentemente inofensivo que se infiltra fácilmente sin levantar sospechas. Es, desde luego, uno de mis hombres más valiosos tanto en la paz como en la guerra. Quizá recompense su información si juzgo que ésta es de interés.

— ¿Y bien?, ¿qué son esas nuevas que decís traer?
— El rey Alejandro, vuestro reconocido enemigo, señor, ha recibido el refuerzo por el que estaba aguardando. Cinco mil jinetes que sumados a sus treinta mil infantes entre lanceros, arqueros y espadachines suman treinta y cinco mil hombres.
— Ja, ja, ja… ¿Y eso te pone nervioso? No tiene nada que hacer contra nosotros. Le superamos en número con creces. Somos más de sesenta y ocho mil. Eso sí, ahora la batalla será más equitativa, aunque igualmente les aplastaremos. Jamás consentiré que un joven arrogante derrote al Imperio Persa que represento. Marchad tranquilo. Pedid que os den algo de comer.

Hoy va a ser un día muy largo, a juzgar por la actividad que se ve en el campamento de mi querido amigo de Macedonia. ¡Qué iluso!

(***)

Las trompas no han dejado de sonar a lo largo de toda la mañana, en el otro campamento. Pronto entraremos en lucha y Alejandro deseará de veras reunirse con su padre. He consultado a mis oficiales y todos confían en nuestra victoria. Juzgan que Alejandro está jugando con fuego, dada nuestra superioridad numérica y que si no pide clemencia, su derrota está garantizada.
En unos momentos saldremos a terreno abierto a medir en la contienda nuestras fuerzas. Sólo espero poder disfrutar de una pequeña lucha espada contra espada y matar personalmente al joven aguerrido de rubios cabellos.

(***)

A una señal de mis generales todos los soldados avanzan en línea recta como si fueran un solo hombre. Las líneas, perfectamente formadas, crean a su paso pequeños remolinos de tierra que levantan una peculiar polvareda, que se mezcla con el olor del sudor de todos los presentes, dando forma a una especie de ritual que nos hace entrar en trance y señala que la batalla está en marcha. Es una sensación maravillosa.

En primer lugar avanzan los arqueros, por detrás de ellos están mis magníficos espadachines que protegen sus cuerpos con escudos de madera y metal, y después están los lanceros que formaran una línea impenetrable allí donde se les indique.

En pocos instantes la refriega comienza, mis arqueros causan numerosas muertes entre los partidarios de Alejandro. Necios, como su rey, han hecho caso omiso de sus estrategas y han decidido poner en primera línea a los lanceros. Bien, eso nos anima a iniciar el ataque para terminar con esta farsa cuanto antes.

Ordeno a mis hombres que avancen aún más y que carguen la ofensiva. La trifulca es brutal. Muchos de mis bravos guerreros mueren atravesados de lado a lado por las enormes varas de madera que empuñan los de Alejandro. Es algo con lo que ya contaba.

Alzo mi mano para dar la señal de que los hombres se detengan y que los arqueros comiencen a cumplir con su cometido. La batalla se iguala. Busco a Alejandro entre los suyos, pero no lo encuentro. Tampoco veo a Lisímaco, ni a Seleuco. Consulto a uno de mis estrategas. Asegura no saber qué sucede. Empiezo a inquietarme. Además no veo por ningún sitio los cinco mil jinetes de los que me han hablado. Como mucho habrá mil, frente a nosotros. Mando llamar de inmediato al hombrecillo que me ha dado esa información a la mañana. Se reitera en sus palabras. Nadie sabe dar razón de dónde están Alejandro y sus dos generales. Seguimos siendo más que ellos, pero presiento algo que no me agrada.

Siguen cayendo más y más macedonios. Los persas seguimos en pie, con múltiples bajas en nuestras filas, pero seguimos siendo más que ellos. Llevamos horas y horas de lucha intensa y Alejandro sigue sin aparecer. Ninguno de mis agentes conoce su paradero. Han visto huellas de caballos al sur, pero se pierden en el río. No logro entender qué pretenden y sin embargo sé que traman algo.

Al cabo de menos de una hora, según calculo, nuestro enemigo da sus primeras muestras de flaqueza. Derrotados huyen hacia el norte tan rápido como sus piernas les permiten y de forma totalmente irregular y desordenada. A nuestro paso salen de la nada mil de los jinetes que andábamos buscando en vano y nos entretienen, diezmando nuestras fuerzas. Aún así conseguimos ascender hacia el norte y damos alcance a los huidos justo cuando los últimos de ellos se topan con la pared frontal de la hondonada. Se giran sobre sí mismos para hacernos frente. Niegan lo evidente. ¡Están acorralados!

El sol está bajo en el horizonte y las temperaturas refrescan. De forma inesperada nuestros enemigos forman tres círculos concéntricos y en pelotón perfectamente estudiado. Eso nos pilla de sorpresa. Es lo único con lo que no contábamos. Maldigo mi ingenuidad y me dispongo para lo peor. No obstante, aunque nos tienen cercados, no son los hombres de los círculos los que nos atacan, sino los cuatro mil jinetes que no encontrábamos hasta minutos antes. Son ellos los que irrumpen en el valle a galope tendido arremetiendo desde el norte, el sur, el este y el oeste contra los pobres infelices que hemos caído en la trampa. El ruido que montan es como el de una enorme riada que viene de todas las direcciones y retumba en nuestras cabezas mermando nuestros ánimos.

Muchos de mis más valerosos hombres deponen sus armas y se entregan allí mismo. No les culpo. Reconozco la audacia del hombre que dirige a los hombres con los que me enfrento, y busco ansioso poder darle muerte.

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5 comentarios:

  1. Anónimo16/3/09 8:31

    Me gusta la novedad del tema y el estilo. Leo que el taller te está ayudando e inspirando.
    Sigue así.
    Una duda, tipo gazapo de pelis ¿horas? De historia no tengo ni idea, así por eso puede chocarme.
    Saludos desde Fuenla

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  2. Me gusta. El texto corre muy bien, se hace interesante su lectura y casi huelo la sangre y esscucho los gritos. Encuentro rara la concepción del tiempo "una hora calculo" y términos del tipo de "agentes" tampoco me suena bien en un texto histórico, pero repito que me gusta.
    Beso.

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  3. Gracias Mo y gracias Victor, lo de la hora me parece un lapsus perdonable ji,ji (no sabía cómo ponerlo), pero lo de agente sí es verdad que pega menos. Gracias por avisar de los gazapos.

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  4. Bueno Sechat, lo he leído en varios días. Coincido con anónimo y Víctor. Será mi imaginación o tu relato lo que ha metido de lleno en la batalla??? Chica, te atreves con todo!!! sigue así ^^ Abrazo.

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  5. Gracias Ananda... una vez más, sigues ahí haciéndome compañía con tu presencia y tus comentarios. Estoy a la espera de verte participar en el taller del foro. El 25 finaliza el plazo, para el primer reto y lamentablemente sólo hay un participante a parte de mí. En fin, no pierdo la esperanza. Un abrazo.

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