Otros locos maravillosos

8 de agosto de 2009

LA EXTRAÑA MARIQUITA (desenlace)

En cuanto llegó a casa, la niña depositó sobre una de las baldas de su dormitorio su reciente adquisición. Luego tras jugar un rato con su perro en el jardín y lavarse las manos, regresó a observar con detenimiento su preciosa mariquita.

Tenía una lupa que uno de sus primos le había regalado hacía poco para jugar a detectives, así que como si fuera un investigador privado se puso a analizar de arriba a abajo aquel extraño bichito. Al principio creyó que se había equivocado y que estaba mirando otra cosa, luego que la lupa ya no funcionaba (se le había caído ya varias veces y por algunos lados estaba cascada). Después cuando escuchó con atención y oyó las palabras de aquel bichillo se asustó muchísimo y a punto estuvo de ponerse a llorar. Estuvo tentada también, de salir corriendo y llamar a su papi, pero el señor minúsculo le pidió por favor que no lo hiciese. Además le prometió contarle la historia del porqué era tan pequeñito y a ella, al fin y al cabo, le encantaban los cuentos.

Desde entonces la niña y el señor pequeño, se hicieron inseparables. Ella guardaba el secreto de la historia de aquel señor que antes era malo y él a cambio le contaba un cuento cada día. La niña se reía mucho con él y él la apreciaba y aunque era feliz en su pequeño dedal de goma de color amarillo y su cama de algodón era de lo más cómoda, echaba de menos el mundo real. La niña, temiendo que él quisiera marcharse para siempre y ella se quedara de nuevo sola, decidió llevarle a pasear todos los días. Lo llevaba en su tarrito de cristal posado cuidadosamente sobre una de sus manos y de vez en cuando le susurraba algo. Gracias a él ella se reía mucho.

Los padres al principio, reían la ocurrencia de su hija; pero viendo que aquella actitud se mantenía, comenzaron a preocuparse. La niña jamás se separaba de aquel detestable bicho y por si fuera poco le hablaba como si se tratara de una persona.

La niña, mientras tanto, ajena a la lógica preocupación de sus padres, era terriblemente feliz. Además gracias a su amigo: el señor minúsculo (a él le gustaba que ella le llamara así) estaba aprendiendo muchas más cosas que el resto de sus compañeros de clase, le ayudaba con los deberes, le ayudaba cuando rompía algo... Para ella, todo aquello era estupendo.

Una tarde lluviosa de octubre. Los padres tremendamente preocupados, decidieron llevar a la niña a la consulta de un especialista. La niña no dejaba de sonreír: sus padres iban agarrados de la mano y hacía mucho que no les veía así. Su mamá parecía un poco triste, pero su papá la acariciaba o la abrazaba dándole ánimos y eso a la niña le gustaba. Sí, su mamá parecía preocupada y su papá quizá estuviese un poco triste, pero al menos no había dejado de querarlas a ninguna.

De repente la lluvia se volvió más intensa y el viento casi vuela el vistoso paraguas rojo de la niña y ésta en un descuido, soltó su preciado tarro de cristal haciéndolo añicos. La niña gritó desolada, pidiendo auxilio. Su papá entre nervioso, aterrado y apenado la instaba agarrándola de un brazo con fuerza para que se olvidara de aquel estúpido tarro de cristal, mientras la madre no sabía cómo actuar; pero la niña no se movía del sitio y lloraba cada vez más desconsolada, palpando por el suelo con sumo cuidado entre los cristales en busca de su pequeño amigo. Cuando alguien se acercaba a ayudarla o a preguntar qué le pasaba ella les pedía que no se acercaran que iban a pisar a su amigo, el señor minúsculo. Nadie entendía qué quería decir con ello y la mayoría se reía o simplemente se marchaba de allí divertido por las ocurrencias de aquella imaginativa niña. Lo que nadie vio es que el señor minúsculo, quedó tendido en el suelo tres baldosas más atrás en medio de un pequeño charco y cerca de un jardín. El contacto con el agua le devolvió la consciencia y tras varias brazadas consiguió salir de aquel lago. En cuanto lo hizo se empezó a sentir aturdido y mareado y no le dio tiempo a regresar con su querida niña. Se tuvo que quedar apoyado sobre el poyete del jardín a que se le pasase el mareo.

El tiempo tan desapacible impidió más miradas que las de los tres pares de ojos: los grandes ojos negros de Noelia, la niña morena que hasta entonces siempre había sonreído, los del atónito padre de ésta tras sus gafas de pasta negra y los ojos almendrados de una madre que abrazaba y besaba sin descanso a su querida hijita morena, diciendo: "Lo sabía, lo sabía. Sabía que no podías haberlo imaginado".



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1 comentario:

  1. Tal y como prometí, aquí está el desenlace de la historia. Confieso que no es el que tenía en un comienzo.

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