Si te gusta leer, si te gusta imaginar, si te gusta soñar, si te gusta disfrutar y sentir... éste es tu sitio: tu lugar en el mundo. Si tu arma son las palabras... Pasa... deja tus zapatos en la entrada, la puerta está abierta.
27 de julio de 2009
ESTE BLOG ESTÁ FUERA DE CONVOCATORIA
EL LADRÓN QUE QUERÍA APRENDER A LEER (4ª parte)
Lo que ves aquí escrito es original e inédito. Si te gusta, disfrútalo desde el blog, pero no lo copies, por favor. Pertenece a mi propiedad intelectual, si lo hicieras estarías dañando mis derechos de autor. Gracias.
26 de julio de 2009
EL LADRÓN QUE QUERÍA APRENDER A LEER (3ª parte)
Hacia el sur, desde alguna de las colinas que ambos hombres tenían que atravesar en su recorrido, se veían las cabañas de más reciente construcción: más espaciosas que las anteriores, con paneles de madera conformando las paredes y tejados elaborados con cortezas de abedul.
(***)
Ülter, el viejo de largas y desgreñadas barbas que solía pasear a menudo por los corredores del castillo con el mismo deambular silencioso que un fantasma, hacía varios soles que no salía de su querido estudio en la torre este de la ciudadela. Por eso fue el único que no supo del inusitado ajetreo que un inocente pillastre del tres al cuarto había provocado en el patio interior, en la muralla principal y en las zonas aledañas a la fortaleza. Nadie salvo el conde le echó de menos durante esa ausencia: por todos era sabida su afición a la alquimia y desde luego estando en el castillo como invitado especial el tío de aquél, no se hacía aconsejable su presencia mientras esté decidiera quedarse antes de emprender de nuevo la marcha hacia la abadía de Ripoll, destino final de su viaje. Dadas las naturales discrepancias de ambos en torno a temas morales y sobre todo por la singular afición a la química y otros saberes, por parte de Ülter.
El anciano, fiel consejero del conde y amigo de éste desde hacía años, sin duda habría sabido detener el asunto y refrenar con dóciles maneras y lisonjeros subterfugios al detestable monje, haciendo que se aviniese a razones y no creara un escándalo de tal magnitud, por un simple puñado de pan; pero su mente estaba demasiado ocupada en otras tareas más intelectuales y presentía que estaba a punto de dar con un hallazgo importante, lo cual encendía su ánimo, un tanto decaído desde la última luna llena. El ascenso hasta su estudio, que a ojos de los demás requería un enorme esfuerzo para alguien de su edad y que nunca había resultado laboriosa, en esa ocasión se había convertido en una tarea titánica; pero en cuanto abrió la portezuela los males que previamente le habían aquejado, desaparecieron como por ensalmo. Supo entonces que algo grande iba a suceder.
Su grado de concentración era tal cuando se encomendaba a alguno de sus experimentos, que se pasaba las horas muertas en una misma postura, sin apenas pestañear. El único ruido que se oía era el de los líquidos de los recipientes puestos al fuego cuando rompían a hervir; y su acostumbrada murmuración entre dientes, en la que repetía sus propios pensamientos o los pasos que tantas veces había leído y releído para llevar a cabo el proceso. Así es que por eso no notó el repentino cambio que estaba teniendo lugar a plena luz del día.
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20 de julio de 2009
EL LADRÓN QUE QUERÍA APRENDER A LEER (2ª parte)
"Cada vez huye más de los vivos, cada vez habla más con los muertos" Frase de Rosalía de Castro que el señor de las historias nos propuso para elaborar un relato para El Cuentacuentos.
— Cada vez huye más de los vivos, cada vez habla más con los muertos—susurró aterrada una voz de hombre.
— No digas eso, Philip, me temo que nadie habla con los difuntos, puesto que están muertos.
— Lo que te digo es cierto, si no me crees ven a comprobarlo—añadió expectante el primero, tomando a su compañero de un brazo.
— Tu esposa es una buena mujer, ¿pretendes acaso que la quemen en la hoguera y que a ti te apresen por hereje? Son acusaciones muy duras las que formulas y si llegaran a oídos inapropiados podrían hacer mucho daño a ti y a los tuyos. Te recomendaría que hablases con el capellán, pero aunque no estamos en España, la Santa Inquisición tiene un brazo poderoso y cada vez más extenso… Hazme caso, amigo, no vuelvas a mencionar esto jamás. Desconfía de todo y de todos.
Un viento inesperado agitó unas ramas cercanas, mientras así hablaban, y el que respondía al nombre de Philip se sintió aún más perturbado.
— Vamos, no te alarmes. Tan sólo es el viento. Mejor será que regresemos al castillo y que ignoremos esta conversación y este encuentro. ¡Qué dios se apiade del pobre muchacho, si es que ha conseguido sobrevivir esta noche en el bosque!
William, encogido en su refugio, había escuchado la conversación que se había desarrollado a escasos pasos de él. La noche había transcurrido tranquila. Ni grillos, ni lechuzas habían logrado perturbarle. Aquellas palabras, de dos hombres totalmente desconocidos para él, habían puesto en alerta de nuevo todos sus sentidos devolviéndole a la realidad. Su cuello dolorido por la mala postura sobre el lecho improvisado y sus manos magulladas le recordaban lo acontecido la víspera.
Dedicó unos instantes a desperezarse y desentumecer sus huesos. Comprobó sus ropas ya secas, y apagó los rescoldos de la pequeña hoguera con sus viejos y embarrados escarpines. Se levantó, notando el dolor de su pie amoratado por la hinchazón y decidió que lo mejor era elaborar algún tipo de cayado (similar al que usaban los peregrinos que tan a menudo veía), y distribuir con él, el peso de su cuerpo y reducir las molestias al andar. La búsqueda no resultó demasiado fácil: la tormenta de la noche anterior había empapado todo aquel paraje y era realmente complicado encontrar una rama suficientemente compacta en medio del barro: alta, que no se quebrase al menor intento o que no resultara demasiado flexible. Por fin encontró una que parecía hecha a medida para tal propósito y una idea absurda cruzó por su cabeza: “Primero el libro de anoche y ahora un auténtico báculo”, pensó, “Cualquiera diría que mi presencia aquí no es fruto del azar”, continuó pensando.
Acomodó el libro entre su camisola y su pecho anudando con fuerza el fajín a su cintura y revisando que su chaleco de tela marrón no dejase al descubierto ni el más mínimo trozo del libro para ojos entrenados. No sabía bien el porqué actuaba de ese modo, pero presentía que ese libro era extremadamente valioso y que podría resultar de gran utilidad en caso de auténtico peligro. Desde que llegó a él, no había tenido apenas oportunidad de echarle un leve vistazo, pero algo en su interior le decía que podría servirle como salvoconducto.
(Continuará…)
18 de julio de 2009
Premios 20 minutos
12 de julio de 2009
EL LADRÓN QUE QUERÍA APRENDER A LEER (1ª Parte)
Prometo que continuaré esta historia tan pronto como pueda. Espero que la disfrutéis y os gusten los personajes.
6 de julio de 2009
HA MUERTO UNO DE LOS GRANDES: MARIO BENEDETTI

Mario Benedetti nació el 14 de septiembre de 1920, en Paso de los Toros, Departamento de Tacuarembó, República Oriental de Uruguay, pero su familia se trasladó a Montevideo cuando sólo tenía cuatro años. Cursó la primaria en el Colegio Alemán de Montevideo, donde comenzó a escribir poemas y cuentos. Debido a problemas económicos de la familia pronto tuvo que trabajar, de manera que sólo pudo completar sus estudios secundarios como alumno libre. Ese contacto tan temprano con el trabajo, le permitió conocer a fondo una de las constantes que registra su literatura: el mundo gris de las oficinas burocráticas de Montevideo. Entre 1938 y 1941 residió casi continuamente en Buenos Aires. Allí vivió largo tiempo trabajando en una editorial. En 1946 Benedetti se casó con Luz López Alegre.
De regreso a Montevideo, dirigió en 1948 la revista literaria Marginalia, que duró hasta el año siguiente, fecha en que pasa a formar parte del consejo de redacción de la revista Número.
También en 1949, Benedetti publicó su primer libro de cuentos, Esta mañana, y un año más tarde, los poemas de Sólo mientras tanto. En 1953 apareció su primera novela, Quién de nosotros. Entre 1954 y 1960 ocupó tres veces la dirección literaria de Marcha, la revista más influyente de la vida política y cultural del Uruguay y una de las más importantes de América Latina. Fue clausurada en noviembre de 1974, después de sufrir numerosas suspensiones tras el golpe de estado de 1973. Con Poemas de la oficina, publicado en 1956, Benedetti influenció a los poetas de su generación sobre todo por el tono conversacional.
En 1957 viajó por primera vez a Europa. En ese mismo año, en el ámbito continental se produjo un acontecimiento que marcó no sólo a Mario Benedetti sino a todos los intelectuales latinoamericanos: la Revolución Cubana. Este hecho fue fundamental para el desarrollo literario y político del escritor uruguayo. Como el mismo ha declarado, le hizo mirar a América Latina cuando la mayoría de los intelectuales vivían deslumbrados por lo europeo. En 1966 visitó por primera vez Cuba y, entre1968 y 1971, trabajó en Casa de las Américas, institución cultural cubana.
En 1959 publicó el libro de El país de la cola de paja. Con su novela La tregua, que apareció en 1960, Benedetti adquirió importancia internacional. En 1973, ante el golpe de estado en su país, se vio forzado a salir de Uruguay. Inició un exilio de 12 años y vivió en Argentina, Perú, Cuba y España.
Su enorme producción literaria abarca todos los géneros, incluyendo famosas canciones, y suma mas de sesenta obras, entre las que destacan la novela Gracias por el fuego (1965), el ensayo El escritor latinoamericano y la revolución posible (1974), los cuentos de Con y sin nostalgia (1977) y los poemas de Viento del exilio (1981). En 1987 recibió el Premio Llama de Oro de Amnistía Internacional por su novela Primavera con una esquina rota. Sus libros más recientes son Despistes y franquezas (1990), Las soledades de Babel (1991), La borra del café (1992), Perplejidades de fin de siglo (1993) y su más reciente novela Andamios (1996). Su obra poética completa ha sido recogida en Inventario Uno (1950-1985) e Inventario Dos (1986-1991) y sus cuentos en Cuentos completos (1947-1994). Existe una biografía de Benedetti escrita por Mario Paoletti, que se titula Mario Benedetti, el aguafiestas.
CUANTO MENOS SEPAN, MEJOR.
Es malo levantarse con el pie izquierdo, pero peor embadurnado de sangre. El primer reflejo nos empuja a comprobar si la sangre es propia o ajena. Cualquiera de ambos descubrimientos es inquietante, pero si te acuestas siendo un ciudadano vulgar y corriente y la mañana te sorprende empapado en sangre que no te pertenece, eso te convierte en un presunto asesino…
En un ridículo intento de raciocinio, rememorarás lo que hiciste la noche pasada, y las lagunas mentales, de los recuerdos que no quieren ser revividos en tu memoria, serán como afilados puñales que se clavarán en tu conciencia. Desearás, más que nunca, desaparecer de la faz de la tierra y que esa mancha roja pegajosa que te impregna sea tuya. Luego vendrán de nuevo la desesperación, las preguntas sin respuesta, los lamentos, la culpabilidad, aun sintiéndote incapaz de una atrocidad semejante, y la incertidumbre entre cuál será el paso siguiente: ir a una comisaría y presentarte como vil asesino o por el contrario tapar las huellas del delito, que brotan desde cada rincón de la casa, pronunciando en voz alta tu nombre (aunque en realidad todo ello sólo suceda en tu cabeza). Puede que en un pueril intento te pellizques con insistencia o te frotes los ojos hasta enrojecer los párpados (tus únicos trozos de piel limpios hasta ese momento), comprobando que no es una de tus pesadillas. Correrás cortinas y cerrarás ventanas, impidiendo que la luz del día desvele al mundo tu identidad y lo que ha sucedido entre las cuatro paredes de tu casa; actuarás en todo momento, bajo la histeria y movido por extraños impulsos inaplazables.
Buscarás el arma y seguro que hasta el cadáver. Según lo que encuentres: bajo la cama, las sillas, las mesas o en el interior del cubo de la basura, tu nerviosismo irá o no en aumento. ¿Quién sabe? Incluso quizá idees tu propio plan de huida, confirmando así lo que el líquido viscoso que se adhiere a ti como una segunda piel, lleva anunciando desde hace rato.
Mientras lavas precipitadamente tu rostro, tu cuerpo y tus escasos cabellos, durante la ducha menos placentera de tu vida, el teléfono sonará sin descanso y creerás que alguien te ha delatado o que quiere pedirte explicaciones por tu violento acto. Entonces el miedo estará a punto de volverte loco, golpeando con fuerza cada uno de tus músculos y tus sentidos.
Pensarás tal vez en purgar tus penas con algún confidente, pero paradójicamente será tu conciencia quien te advierta de no hacerlo: “Cuanto menos sepan, mejor”, te dirá. Y tú extrañamente sensato, le darás la razón y callarás tu crimen, para no involucrarles en algo tan desagradable.
El ruido de las llaves en la cerradura de la puerta de entrada, desde el otro lado, mientras preparas a todo correr las maletas y el dinero con que escaparás, te pondrán de nuevo en tensión; y no sabrás dónde esconderte, ni cómo actuar. Sólo las sonrisas de tu madre y tu novia y sus sonoras carcajadas al confesarte que todo ha sido una broma de ambas, te devolverán tu inocencia perdida, pero ésta será efímera: por un breve instante, fugaz como un segundo, querrás de verdad ser el asesino que llevas negando ser toda la mañana, sólo para asustarlas un poco y devolverles la macabra burla.





