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27 de julio de 2009

ESTE BLOG ESTÁ FUERA DE CONVOCATORIA

Bueno, confirmo lo que ya sospechaba: este blog no llegó a la inscripción a tiempo, así que no participa realmente en el Premio20blogs, pero puestos a pedir... si os gusta esto quizá también os guste mi otro blog: www.cuentosrecienhorneados.blogspot.com Os garantizo que ése sí está inscrito, así que si os agrada lo que leáis en él y pensáis que merece la pena, podríais votarlo. Un abrazo. Gracias de antemano, porque lo toméis o no en cuenta, es toda una alegría saber que estáis al otro lado de la pantalla disfrutando, comentando o criticando aquello que escribo.

EL LADRÓN QUE QUERÍA APRENDER A LEER (4ª parte)

Frase de Yandros para El Cuentacuentos : "El sol se apagó, y nadie estaba preparado para la oscuridad".

El sol se apagó, y nadie estaba preparado para la oscuridad. El viejo no reaccionó hasta pasados unos instantes, cuando el griterío se hizo insoportable. Inlcuso a aquella altura en la que se encontraba, se escuchaban los alaridos de hombres, mujeres y niños. Se asomó entre asombrado y enfurecido por la ventana del torreón, dispuesto a acallar a quienes así gritaban, pero vio el espanto en los ojos de aquellas personas y frenó su impulso. Los había que miraban a lo alto aterrados, otros lloraban desconsolados, otros rezaban y otros muchos huían despavoridos sin saber bien hacia dónde. Absorto en sus investigaciones y con el embotamiento a que nos vemos sujetos a menudo tras períodos prolongados de actividad intelectual, le costó comprender que aquello era el gran acontecimiento que estaba aguardando.

Tomó atropelladamente unos fragmentos del carbón de la chimenea y ensució deliberadamente la lente más externa de su aparato de visualización, a modo de filtro, para evitar sufrir daños en su ya deteriorada vista.

Se sentía pletórico. A juzgar por los aspavientos del fraile en medio del patio, los que estaban abajo no opinaban lo mismo que él sobre aquel fenómeno. Rememoró a su tan idolatrado Tales de Mileto (el más famoso de los Siete Sabios de Grecia) que logró predecir a los jónicos el eclipse solar del año 585 a.C y repitió para sí, una de sus citas favoritas: "Lo más grande es el espacio, porque lo encierra todo".

(***)

William, atribuyó aquella extraña oscuridad a alguna de las ánimas o de los siniestros monstruos que habitaban en el bosque. Se replegó asustado, buscando cobijo en su recién abandonado refugio y lloró como un niño, pidiendo perdón una y mil veces a dios por sus faltas. Agazapado y totalmente solo, se sintió más frágil que nunca y deseó con todo su ser, no haber robado aquellos mendrugos o al menos haberse entregado cuando aún podía hacerlo. Comenzó a echar de menos todos los detalles del día a día que no valoraba en absoluto, e incluso sintió nostalgia por las acaloradas discusiones con el capataz cuando lo pillaban ganduleando bajo la sombra de algún árbol. Su memoria hurgaba en su pasado a una velocidad asombrosa, poniendo en primera línea de su pensamiento los momentos en que debería haber pedido perdón a los suyos y no lo había hecho. Entre los recuerdos que más dolor le causaron, estaban aquellos en que aparecía feliz junto a sus padres o aquellos en los que la muerte llegó a su casa llevándose consigo primero a su madre Agnes y luego a su hermana Elisabeth. Lloró desconsolado y rabioso por no haberles mostrado su afecto, ni su ternura antes de aquello. Se arrepintió también de su reacción al saber que Gael, su padre, no había podido soportar tanta tristeza por las muertes de las dos mujeres que tanto amaba y había decidido morir voluntariamente en el incendio de la choza. William dolido por lo que consideró una cobardía, no asistió al sepelio. Desde aquel mismo instante dejó de creer en dios, como también en los espíritus o en los demonios de los que tanto hablaban las viejas o los muchachos para asustar a las chicas o a los más pequeños. Desde entonces hasta ese extraño suceso celeste... Atemorizado, sin saber a qué se debía aquello, ni cuánto dudaría o si lograría sobrevivir, se sintió insignificante frente a la grandeza del mundo. Su respiración entrecortada denotaba el desasosiego propio de quien sabe que va a morir, la desesperanza de quien no tiene abrazos o besos que le arropen en sus últimas horas.

Cuando el temblor de su cuerpo, producido por el miedo, le dejó sin fuerzas, la claridad había vuelto al mundo brindándole una nueva oportunidad. Se santiguó agradecido, aunque con gesto torpe, puesto que casi nunca asistía a la iglesia. La vaga idea que se había abierto paso en su cabeza sobre lo de ir en dirección hacia la nueva catedral en construcción, apareció con más fuerza que nunca. Si había de expiar sus pecados, aquella era la mejor de las maneras.


(Continuará...)



Nota: Me he tomado ciertas libertades históricas, como la mención de un posible telescopio, cuando en realidad el primero no se fabricó hasta varios siglos más tarde y el fenómeno de este eclipse que no coincide con la fecha real. Espero que sepáis perdonármelo.


Lo que ves aquí escrito es original e inédito. Si te gusta, disfrútalo desde el blog, pero no lo copies, por favor. Pertenece a mi propiedad intelectual, si lo hicieras estarías dañando mis derechos de autor. Gracias.

26 de julio de 2009

EL LADRÓN QUE QUERÍA APRENDER A LEER (3ª parte)

Por mandato del conde la entrada a la muralla exterior permanecería cerrada incluso durante el día, con un hombre apostado sobre cada uno de los dos minaretes que enfocaban al sureste, a fin de vigilar desde lo alto la llegada de extraños, para determinar si habría de bajarse o no el puente con que sortear el foso, y metros por debajo de ellos, junto al mecanismo de apertura del enorme portón, habría otros dos hombres, además del mecánico; otro tanto sucedería en las otras once torres que conformaban el recinto exterior: un centinela, en cada alminar, debidamente pertrechado con adarga y lanza; la poterna orientada hacia el norte, estaría a su vez vigilada por dos hombres en la parte baja. Tal decreto no respondía únicamente a exigencias caprichosas de su tío, sino a que se oían rumores de una nueva guerra entre Francia e Inglaterra por motivos dinásticos y quería que sus hombres estuvieran ejercitados en caso de confrontación.

Philip y Henry, no tardaron mucho en regresar. Desde las primeras viviendas hechas con muros cubiertos de barro y tejados de paja, alguno lugareños les saludaban con cierto respeto y otros simplemente seguían en sus quehaceres. De alguna de las cabañas, niños y niñas salían a su encuentro y correteaban a su alrededor interrogándoles sobre el porqué de aquella batida y si habían conseguido ver a los ladrones —para entonces el rumor había corrido ya de boca en boca, y la osadía de William se había convertido en un asalto al castillo por parte de unos bandidos que habían intentado incluso secuestrar al pariente del mismísimo conde—. Las hilarantes suposiciones de aquellos chiquillos, sosegaron al atribulado Philip que desde hacía días no conciliaba el sueño, temiendo que alguien descubriera las turbadoras inclinaciones de su esposa Claire.

Hacia el sur, desde alguna de las colinas que ambos hombres tenían que atravesar en su recorrido, se veían las cabañas de más reciente construcción: más espaciosas que las anteriores, con paneles de madera conformando las paredes y tejados elaborados con cortezas de abedul.

(***)

Ülter, el viejo de largas y desgreñadas barbas que solía pasear a menudo por los corredores del castillo con el mismo deambular silencioso que un fantasma, hacía varios soles que no salía de su querido estudio en la torre este de la ciudadela. Por eso fue el único que no supo del inusitado ajetreo que un inocente pillastre del tres al cuarto había provocado en el patio interior, en la muralla principal y en las zonas aledañas a la fortaleza. Nadie salvo el conde le echó de menos durante esa ausencia: por todos era sabida su afición a la alquimia y desde luego estando en el castillo como invitado especial el tío de aquél, no se hacía aconsejable su presencia mientras esté decidiera quedarse antes de emprender de nuevo la marcha hacia la abadía de Ripoll, destino final de su viaje. Dadas las naturales discrepancias de ambos en torno a temas morales y sobre todo por la singular afición a la química y otros saberes, por parte de Ülter.

El anciano, fiel consejero del conde y amigo de éste desde hacía años, sin duda habría sabido detener el asunto y refrenar con dóciles maneras y lisonjeros subterfugios al detestable monje, haciendo que se aviniese a razones y no creara un escándalo de tal magnitud, por un simple puñado de pan; pero su mente estaba demasiado ocupada en otras tareas más intelectuales y presentía que estaba a punto de dar con un hallazgo importante, lo cual encendía su ánimo, un tanto decaído desde la última luna llena. El ascenso hasta su estudio, que a ojos de los demás requería un enorme esfuerzo para alguien de su edad y que nunca había resultado laboriosa, en esa ocasión se había convertido en una tarea titánica; pero en cuanto abrió la portezuela los males que previamente le habían aquejado, desaparecieron como por ensalmo. Supo entonces que algo grande iba a suceder.

Todo a su alrededor estaba cubierto de espesas capas de polvo; en las baldas se hacinaban cientos de recipientes de todos los tamaños; junto a la única ventana del lugar, un pequeño atilugio, inventado por él mismo que aún tenía que perfeccionar y que se basaba en las lentes de aumento, animaba las tediosas noches de espera o de insomnio, permitiéndole acercarse a los misterios del cielo; en el suelo, algunos mapas de constelaciones con extraños símbolos, mostraban la distribución de las estrellas en el firmamento. El anciano conocía todas y cada una de ellas y esperaba algún día descubrir una nueva y ponerla su nombre. En la parte central de la estrecha estancia, había una voluminosa mesa rectangular y sobre ella, en un rincón, varios manuscritos y libros apilados, los había de matemáticas, astronomía y astrología, incluso alguno de poesía o medicina (por supuesto la inmensa mayoría en latín, salvo los de medicina que estaban transcritos en árabe); había también, ya en el centro del mueble, un alambique colocado sobre un soporte metálico y bajo éste una pequeña candela que calentaba el destilador. Éste por efecto de la vaporización desprendía un irritante olor y humeaba provocando incómodas lágrimas en los ojos del anciano.

Su grado de concentración era tal cuando se encomendaba a alguno de sus experimentos, que se pasaba las horas muertas en una misma postura, sin apenas pestañear. El único ruido que se oía era el de los líquidos de los recipientes puestos al fuego cuando rompían a hervir; y su acostumbrada murmuración entre dientes, en la que repetía sus propios pensamientos o los pasos que tantas veces había leído y releído para llevar a cabo el proceso. Así es que por eso no notó el repentino cambio que estaba teniendo lugar a plena luz del día.


(Continuará…)

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20 de julio de 2009

EL LADRÓN QUE QUERÍA APRENDER A LEER (2ª parte)


"Cada vez huye más de los vivos, cada vez habla más con los muertos" Frase de Rosalía de Castro que el señor de las historias nos propuso para elaborar un relato para El Cuentacuentos.

Cada vez huye más de los vivos, cada vez habla más con los muertos—susurró aterrada una voz de hombre.
— No digas eso, Philip, me temo que nadie habla con los difuntos, puesto que están muertos.
— Lo que te digo es cierto, si no me crees ven a comprobarlo—añadió expectante el primero, tomando a su compañero de un brazo.
— Tu esposa es una buena mujer, ¿pretendes acaso que la quemen en la hoguera y que a ti te apresen por hereje? Son acusaciones muy duras las que formulas y si llegaran a oídos inapropiados podrían hacer mucho daño a ti y a los tuyos. Te recomendaría que hablases con el capellán, pero aunque no estamos en España, la Santa Inquisición tiene un brazo poderoso y cada vez más extenso… Hazme caso, amigo, no vuelvas a mencionar esto jamás. Desconfía de todo y de todos.


Un viento inesperado agitó unas ramas cercanas, mientras así hablaban, y el que respondía al nombre de Philip se sintió aún más perturbado.


— Vamos, no te alarmes. Tan sólo es el viento. Mejor será que regresemos al castillo y que ignoremos esta conversación y este encuentro. ¡Qué dios se apiade del pobre muchacho, si es que ha conseguido sobrevivir esta noche en el bosque!


William, encogido en su refugio, había escuchado la conversación que se había desarrollado a escasos pasos de él. La noche había transcurrido tranquila. Ni grillos, ni lechuzas habían logrado perturbarle. Aquellas palabras, de dos hombres totalmente desconocidos para él, habían puesto en alerta de nuevo todos sus sentidos devolviéndole a la realidad. Su cuello dolorido por la mala postura sobre el lecho improvisado y sus manos magulladas le recordaban lo acontecido la víspera.


Dedicó unos instantes a desperezarse y desentumecer sus huesos. Comprobó sus ropas ya secas, y apagó los rescoldos de la pequeña hoguera con sus viejos y embarrados escarpines. Se levantó, notando el dolor de su pie amoratado por la hinchazón y decidió que lo mejor era elaborar algún tipo de cayado (similar al que usaban los peregrinos que tan a menudo veía), y distribuir con él, el peso de su cuerpo y reducir las molestias al andar. La búsqueda no resultó demasiado fácil: la tormenta de la noche anterior había empapado todo aquel paraje y era realmente complicado encontrar una rama suficientemente compacta en medio del barro: alta, que no se quebrase al menor intento o que no resultara demasiado flexible. Por fin encontró una que parecía hecha a medida para tal propósito y una idea absurda cruzó por su cabeza: “Primero el libro de anoche y ahora un auténtico báculo”, pensó, “Cualquiera diría que mi presencia aquí no es fruto del azar”, continuó pensando.


Acomodó el libro entre su camisola y su pecho anudando con fuerza el fajín a su cintura y revisando que su chaleco de tela marrón no dejase al descubierto ni el más mínimo trozo del libro para ojos entrenados. No sabía bien el porqué actuaba de ese modo, pero presentía que ese libro era extremadamente valioso y que podría resultar de gran utilidad en caso de auténtico peligro. Desde que llegó a él, no había tenido apenas oportunidad de echarle un leve vistazo, pero algo en su interior le decía que podría servirle como salvoconducto.


(Continuará…)




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18 de julio de 2009

Premios 20 minutos

Un año más he decidido inscribir este blog en el concurso que organiza el periódico 20 minutos. La verdad es que aún no me lo explico, porque hubo un trapicheo de votos impresionante en la convocatoria anterior, pero supongo que he hecho borrón y cuenta nueva y me he quedado con lo bueno de aquella experiencia que fue la de conocer sitios que de verdad merecían la pena y blogueros de una calidad humana extraordinaria. Si consideráis que este lugar os gusta, podéis votarlo en su categoría correspondiente a travé del enlace que hay en la parte superior de este rincón. Muchas gracias de antemano, si decidís hacerlo. Un abrazo.

12 de julio de 2009

EL LADRÓN QUE QUERÍA APRENDER A LEER (1ª Parte)


Prometo que continuaré esta historia tan pronto como pueda. Espero que la disfrutéis y os gusten los personajes.

Frase de angelical: "Sólo tenía una certeza: la culpa la había tenido aquel libro. "
Sólo tenía una certeza: la culpa la había tenido aquel libro. Lo que al principio le pareció una piedra semienterrada o la raíz de algún árbol cercano, pronto se reveló como un libro. Algo totalmente impensable e inusual en un lugar tan alejado. ¿Quién habría sido el incauto que se había adentrado en un paraje tan inhóspito, llevando consigo el volumen? Seguro que su dueño no era un pobre campesino, se trataría sin duda de un rico mercader o tal vez de un monje: el cuero era de excelente calidad y el tinte con que había sido tratado para darle aquel color también. Además las hojas estaban plagadas de hermosas y bellísimas ilustraciones.
William no sabía leer, pero en cuanto tuvo entre sus manos aquellos trozos de papel con los extraños símbolos llamados letras, deseo más que nunca dejar de ser el humilde labriego que trabajaba de sol a sol para su señor y poder desvelar el secreto de las palabras escritas.
El conde no era un amo malo, pero William había sido demasiado osado adentrándose en las cocinas para robar los mendrugos de pan que aún llevaba en sus bolsillos. El tío de sir Edgard, un cura puritano que esos días se alojaba en el castillo de su sobrino, lo había visto todo y había dado la voz de alarma. El conde en otras circunstancias se hubiera limitado a unos azotes en público para escarnio del ladrón, en este caso de William, y el asunto no hubiera trascendido más; pero esta vez su ingenio como pillastre había topado con el poder de la Iglesia y su extensa mano: los inocentes panecillos, que el joven había hurtado, habían sido traídos desde Milán por deseo expreso del fraile, que a juzgar por sus refinados gustos y la anchura de sus formas, no observaba con excesivo rigor su voto de pobreza. Sir Edgard temía contrariar a su tío, del cual se rumoreaba que pronto llegaría a ser abad del Monasterio de Montecassino y actuó como el noble que ve que alguien atenta contra su poder: pronto perros y hombres, algunos de ellos a caballo, salieron tras el desdichado ratero en una persecución infame y desigual. Cuando el muchacho ya se creía atrapado, el viento que había habido toda la jornada trajo las primeras gotas y los truenos y relámpagos asustaron a canes y monturas. Entonces sir Edgard dio la persecución por concluida. Así es como William había llegado a aquella oscura y húmeda zona del bosque.
El viento agitaba con fuerza las ramas de los árboles y arrastraba gotas de lluvia con auténtica furia. En unos instantes, el suelo se convirtió en un barrizal, lo cual dificultaba sus pasos, además las modestas vestiduras del joven se pegaban a su cuerpo haciendo que se encogiese de frío y se debatiera entre regresar a recibir su castigo o adentrarse más entre los árboles. Su orgullo, una vez más, le convenció de internarse más en aquel extraño lugar. Nunca había hecho caso de las historias que las viejas comadronas contaban sobre aquel bosque, pues siempre las consideró cuentos para niños, pero cuanto más avanzaba dando bandazos por la fuerza del viento, más cobraban sentido aquellas historias. El libro consiguió que el miedo pasase de largo y no se alojara permanentemente en su ánimo. Tenía su pierna derecha dolorida por la reciente caída y sus manos estaban magulladas, viendo que no podía caminar se arrastró hacia unas rocas que había a pocos pasos de él, allí aguardó toda la noche. Hizo fuego con algunas ramas secas y con la yesca que siempre llevaba consigo, para evitar ser atacado por los lobos que poblaban aquel territorio y sobre todo para evitar la congelación. Se desnudó, colocando sus ropas cerca de la pequeña hoguera, y con las ramas más grandes, finas y secas que pudo coger fabricó un pequeño lecho.
(Continuará...)

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6 de julio de 2009

HA MUERTO UNO DE LOS GRANDES: MARIO BENEDETTI


Mario Benedetti nació el 14 de septiembre de 1920, en Paso de los Toros, Departamento de Tacuarembó, República Oriental de Uruguay, pero su familia se trasladó a Montevideo cuando sólo tenía cuatro años. Cursó la primaria en el Colegio Alemán de Montevideo, donde comenzó a escribir poemas y cuentos. Debido a problemas económicos de la familia pronto tuvo que trabajar, de manera que sólo pudo completar sus estudios secundarios como alumno libre. Ese contacto tan temprano con el trabajo, le permitió conocer a fondo una de las constantes que registra su literatura: el mundo gris de las oficinas burocráticas de Montevideo. Entre 1938 y 1941 residió casi continuamente en Buenos Aires. Allí vivió largo tiempo trabajando en una editorial. En 1946 Benedetti se casó con Luz López Alegre.

De regreso a Montevideo, dirigió en 1948 la revista literaria Marginalia, que duró hasta el año siguiente, fecha en que pasa a formar parte del consejo de redacción de la revista Número.

También en 1949, Benedetti publicó su primer libro de cuentos, Esta mañana, y un año más tarde, los poemas de Sólo mientras tanto. En 1953 apareció su primera novela, Quién de nosotros. Entre 1954 y 1960 ocupó tres veces la dirección literaria de Marcha, la revista más influyente de la vida política y cultural del Uruguay y una de las más importantes de América Latina. Fue clausurada en noviembre de 1974, después de sufrir numerosas suspensiones tras el golpe de estado de 1973. Con Poemas de la oficina, publicado en 1956, Benedetti influenció a los poetas de su generación sobre todo por el tono conversacional.

En 1957 viajó por primera vez a Europa. En ese mismo año, en el ámbito continental se produjo un acontecimiento que marcó no sólo a Mario Benedetti sino a todos los intelectuales latinoamericanos: la Revolución Cubana. Este hecho fue fundamental para el desarrollo literario y político del escritor uruguayo. Como el mismo ha declarado, le hizo mirar a América Latina cuando la mayoría de los intelectuales vivían deslumbrados por lo europeo. En 1966 visitó por primera vez Cuba y, entre1968 y 1971, trabajó en Casa de las Américas, institución cultural cubana.

En 1959 publicó el libro de El país de la cola de paja. Con su novela La tregua, que apareció en 1960, Benedetti adquirió importancia internacional. En 1973, ante el golpe de estado en su país, se vio forzado a salir de Uruguay. Inició un exilio de 12 años y vivió en Argentina, Perú, Cuba y España.

Su enorme producción literaria abarca todos los géneros, incluyendo famosas canciones, y suma mas de sesenta obras, entre las que destacan la novela Gracias por el fuego (1965), el ensayo El escritor latinoamericano y la revolución posible (1974), los cuentos de Con y sin nostalgia (1977) y los poemas de Viento del exilio (1981). En 1987 recibió el Premio Llama de Oro de Amnistía Internacional por su novela Primavera con una esquina rota. Sus libros más recientes son Despistes y franquezas (1990), Las soledades de Babel (1991), La borra del café (1992), Perplejidades de fin de siglo (1993) y su más reciente novela Andamios (1996). Su obra poética completa ha sido recogida en Inventario Uno (1950-1985) e Inventario Dos (1986-1991) y sus cuentos en Cuentos completos (1947-1994). Existe una biografía de Benedetti escrita por Mario Paoletti, que se titula Mario Benedetti, el aguafiestas.

CUANTO MENOS SEPAN, MEJOR.

“Es malo levantarse con el pie izquierdo, pero peor embadurnado de sangre” (Frase de Darío para El Cuentacuentos).

Es malo levantarse con el pie izquierdo, pero peor embadurnado de sangre
. El primer reflejo nos empuja a comprobar si la sangre es propia o ajena. Cualquiera de ambos descubrimientos es inquietante, pero si te acuestas siendo un ciudadano vulgar y corriente y la mañana te sorprende empapado en sangre que no te pertenece, eso te convierte en un presunto asesino…


En un ridículo intento de raciocinio, rememorarás lo que hiciste la noche pasada, y las lagunas mentales, de los recuerdos que no quieren ser revividos en tu memoria, serán como afilados puñales que se clavarán en tu conciencia. Desearás, más que nunca, desaparecer de la faz de la tierra y que esa mancha roja pegajosa que te impregna sea tuya. Luego vendrán de nuevo la desesperación, las preguntas sin respuesta, los lamentos, la culpabilidad, aun sintiéndote incapaz de una atrocidad semejante, y la incertidumbre entre cuál será el paso siguiente: ir a una comisaría y presentarte como vil asesino o por el contrario tapar las huellas del delito, que brotan desde cada rincón de la casa, pronunciando en voz alta tu nombre (aunque en realidad todo ello sólo suceda en tu cabeza). Puede que en un pueril intento te pellizques con insistencia o te frotes los ojos hasta enrojecer los párpados (tus únicos trozos de piel limpios hasta ese momento), comprobando que no es una de tus pesadillas. Correrás cortinas y cerrarás ventanas, impidiendo que la luz del día desvele al mundo tu identidad y lo que ha sucedido entre las cuatro paredes de tu casa; actuarás en todo momento, bajo la histeria y movido por extraños impulsos inaplazables.

Buscarás el arma y seguro que hasta el cadáver. Según lo que encuentres: bajo la cama, las sillas, las mesas o en el interior del cubo de la basura, tu nerviosismo irá o no en aumento. ¿Quién sabe? Incluso quizá idees tu propio plan de huida, confirmando así lo que el líquido viscoso que se adhiere a ti como una segunda piel, lleva anunciando desde hace rato.

Mientras lavas precipitadamente tu rostro, tu cuerpo y tus escasos cabellos, durante la ducha menos placentera de tu vida, el teléfono sonará sin descanso y creerás que alguien te ha delatado o que quiere pedirte explicaciones por tu violento acto. Entonces el miedo estará a punto de volverte loco, golpeando con fuerza cada uno de tus músculos y tus sentidos.

Pensarás tal vez en purgar tus penas con algún confidente, pero paradójicamente será tu conciencia quien te advierta de no hacerlo: “Cuanto menos sepan, mejor”, te dirá. Y tú extrañamente sensato, le darás la razón y callarás tu crimen, para no involucrarles en algo tan desagradable.

El ruido de las llaves en la cerradura de la puerta de entrada, desde el otro lado, mientras preparas a todo correr las maletas y el dinero con que escaparás, te pondrán de nuevo en tensión; y no sabrás dónde esconderte, ni cómo actuar. Sólo las sonrisas de tu madre y tu novia y sus sonoras carcajadas al confesarte que todo ha sido una broma de ambas, te devolverán tu inocencia perdida, pero ésta será efímera: por un breve instante, fugaz como un segundo, querrás de verdad ser el asesino que llevas negando ser toda la mañana, sólo para asustarlas un poco y devolverles la macabra burla.
 
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