Otros locos maravillosos

25 de julio de 2010

VERANOS INOLVIDABLES. HOMENAJE A LA AMISTAD Y A MI PUEBLO

Imagen real de mi pueblo

Tras mucho tiempo, me decido a escribir de nuevo algo para El Cuentacuentos, siento que he desnudado en este texto buena parte de mi alma, pero necesitaba hace tiempo escribir algo sobre mi pueblo y dedicárselo con cariño a todos/as mis amigos/as de allí, así como a mi familia, sobre todo a los que ya no están. No se puede considerar un relato, sino más bien una reflexión, pero bueno... igualmente lo cuelgo.





"Nunca volví a tener amigos como los que tuve a los doce años": frase del SdlH para El Cuentacuentos.

Nunca volví a tener amigos como los que tuve a los doce años, pues aquel verano y los siguientes en el pueblo marcaron la frontera entre la niña que fui y la persona que soy ahora, y lo hicieron en muchos sentidos. Aquel verano de mis doce años no comenzó demasiado bien, pues bebí agua contaminada y estuve varios días en cama, pero como no hay que mal que por bien no venga: perdí unos cuantos kilos en pocos días y  pasé de ser patito feo a ser patito sin más. Pero ése no fue el único cambio, por supuesto. Ahora tengo en cierto modo, más miedos que entonces y más inseguridades, y sé que mi sonrisa e ingenuidad quedaron enterrados bajo las raíces de alguno de los chopos que rodeaban nuestra modesta piscina; esos por los que lloré hace unos años, cuando vi que habían sido talados. 

Para los niños de hoy en día, nuestra piscina, no deja de ser tosca, cutre y ruinosa, pues en honor a la verdad no es más que una cavidad de cemento excavada en el cauce del río; pero para los que la hemos cruzado a lo ancho y a lo largo en nuestras interminables tardes veraniegas, era la mejor de las piscinas, ¡Venían incluso de otros pueblos más o menos cercanos e importantes, a bañarse en ella y aquello era un orgullo! Eso sí, ahora me lo pienso dos veces a la hora de darme un chapuzón en sus gélidas aguas y ya no juego al waterpolo con mis amigos de antaño; ni hacemos concursos de saltos; ni los chicos se insinuan a la chica que les gusta con ahogadillas o tocándole la pantorrilla bajo el agua; ahora jugamos a las cartas y bebemos cerveza o kalimotxo y sólo algunos raros como yo, nos atrevemos a ser la nota discordante y no fufamos ni bebemos más que en ocasiones especiales. Antes el tiempo pasaba demasiado rápido pues todo resultaba divertido, por el contrario hoy lo hace demasiado lento y siento que no he vivido con intensidad suficiente y a menudo pienso que quisiera volver a ser la niña que fui entonces, pero son sólo negros pensamientos...

Hoy, por desgracia, ya no queda nada del encanto, ni la magia de aquel sitio de belleza virgen y el recital de poesía que nos brindaba la naturaleza en ese rincón preciso del pueblo, hace tiempo que quedó caduco para mi gusto. Quien haya paseado por allí entonces y lo haya vuelto a hacer recientemente habrá apreciado la diferencia y sabrá de qué hablo... Incluso el viento suena distinto a falta de follaje en los árboles, y el cielo por la noche ya no es tan espectacular como lo resultaba entonces entre los pequeños claros que quedaban entre las altas ramas. Probablemente las estrellas sean las mismas, pero mis ojos no detectan su brillo con la misma ilusión con que lo hacían a los doce años. El abandono se nota de manera muy especial en los columpios que hay en las escuelas; a ellos íbamos tanto de noche como de día (todavía me duele el golpe que me dí en la espalda tras una de las bromas de mi querido amigo francés, Joaquín) y ahora en cambio el óxido los recubre haciéndolos sonar como espectros cuando el viento sopla un poco más fuerte y los balancea. Se hace duro ver que los propios recuerdos tienen fecha de caducidad.

Ahora, en la piscina, donde antes había esbeltos chopos, se ven discretos árboles que tratan de imitar la apostura de sus padres y apenas llegan al metro ochenta de altura; por su parte las viejas mesas de piedra han dejado paso a nuevas mesas de cemento con un diseño más aparente. El progreso ha llegado también a este encantador rincón del mundo al que creí que nunca llegaría, y se ha llevado la inocente malicia de unos años que nunca volverán, pero que jamás deberían olvidarse. Por eso digo que nunca volví a tener amigos como los que tuve a los doce años, puesto que todo ha seguido su curso inexorable hacia un mañana que lo cuartea todo a golpe de olvido y de nueva construcción. Yo misma, he cambiado más de lo que me gustaría admitir y hace años que mis visitas se espacian más en el tiempo, porque temo encontrar demasiado cambiado el mejor de los paraísos y a sus gentes, y por eso prefiero revivirlo una y otra vez con los recuerdos más o menos adornados de mi memoria y creer que todo sigue igual. Son muchas las cosas que quisiera revivir y que sé que no podré volver a hacer... Por eso me duele tanto el cambio y no puedo evitar echar de menos corretear por las eras tras la pelota de baseball; las excursiones en bici a los pueblos cercanos; y sobre todo la casa de mi abuela tal y como era entonces: con su ínfima puerta de acceso al patio (siempre nos golpeábamos en el marco superior, la cabeza al franquearla), su retorcida y crujiente escalera de madera con sus balaustres también de madera, pintados de blanco al igual que la barandilla. Una casa de dos plantas, dividida en dos viviendas y que siempre estaba llena de las voces cálidas de mis amigos y amigas en el patio trasero o en el exterior, donde se improvisaba a diario y durante horas un aparcamiento de bicis que llegaba a impedir por momentos que alguno de los habitantes de aquellas dos casas adosadas, pudiéramos pasar al interior. Echo de menos los juegos que nos inventábamos sobre la marcha y la certeza de ver mi casa llena de vida. Echo de menos la llamada de la hacienda con el inconfundible repicar de las campanas de la iglesia (hace años que se instaló un sistema electrónico que simula el sonido original) y los mugidos de las vacas, supongo que soy una romántica incurable, porque ahora considero que esquivar boñigas por el suelo, no dejaba de tener su encanto, aunque acabásemos pisando alguna o salpicándonos con ellas. Echo de menos, la compañía de los queridos perros de mi tío Luis: Cuco (un maravilloso pastor alemán que tantas veces salvó la vida a  mi abuela sorda, apartándola de la cuneta cuando algún vehículo se acercaba), "Sin luz" un pequeño cachorro de pastor alemán, negro como un tizón que murió a los pocos meses, fui de las pocas que llegaron a conocerlo y me siento agradecida por ello; pero echo en falta especialmente a Dalí, o Sagüillo como le gustaba llamarlo a mi tío, pues no había tarde en que aquel maravilloso perro ratonero con sus graciosos bigotes rizados y su color a caramelo de café con leche no me acompañase a la piscina y no volviera conmigo a casa: nunca tuve compañía más fiel que la de ellos. Por eso no perdono que me mintieran en casa cuando tuvieron que sacrificar a Cuco, ni pasados unos años cuando un coche atropelló a mi fiel escudero, Dalí, el mejor de los amigos que hizo mi acomplejada adolescencia mucho más llevadera: escuchando pacientemente mis quejas y penas, lamiéndome cuando lo necesitaba y ladrándome o tirándome de la manga o de la pernera del pantalón para sacarme de mi tristeza o de mi ensimismamiento, y volvieron a ocultármelo. El tiempo me ha hecho irascible, rencorosa y peor persona de lo que era entonces, sin duda. Todos los cambios han sido a peor y no, no es pesimismo, sino simple franqueza: tuve una infancia inmejorablemente feliz y sólo quisiera volver a recuperar parte de esa felicidad que ahora me resulta tan esquiva.


Definitivamente, nunca tuve mejores amigos que los que tuve a los doce, trece, catorce, quince... veinte años. Y ahora no hablo sólo de animales, sino de personas. Y los echo tremendamente de menos. Todo el mundo sabe que el pan de ciudad no es como las hogazas de pueblo, echas en horno de leña y la vida de adulto no es como la de la infancia; pienso que ésta es una lección que nunca debería aprenderse. Si existiese el país de Nunca Jamás, me gustaría aliarme con Peter Pan y volver a ese pasado que tanto añoro. ¿Te apuntas?

13 comentarios:

  1. Si tenéis un pueblo y habéis pasado allí vuestros veranos, seguro que sabéis de qué hablo. Un besazo a todos.

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  2. Siempre podemos rescatar todo lo que nos hacía tan especiales cuando eramos pequeños. Es importande dejar libre al niño que todos tenemos dentro, y para ello es necesario no olvidar nuestro pasado.

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  3. Anónimo26/7/10 7:47

    Sabemos lo que es que las cosas cambien, encima creemos que es para peor. Pero seamos positivos: ahora les toca el turno a nuestros hij@s y sobrin@s, es hora de que ell@s le otroguen esa luz mágica, que sólo la infancia y juventud da a las cosas.
    Ningún pueblo es el de nuestra niñez, ni las casas, ni las amistades que se pierden o, en el mejor de los casos, sólo cambian.
    Besitos desde Fuenla.

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  4. Joder, me has puesto los pelos de punta, que cierto es aquello que dices que hasta nuestros recuerdos tienen fecha de caducidad.
    Escribir sobre los recuerdos es siempre muy emotivo, porque las palabras te vienen solas verdad?
    Un abrazo veraniego

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  5. Yo también comparto contigo esa infancia de pueblo que huele al verde del campo, a cielos colmados de estrellas y a libertad, si encuentras a ese Peter de Nuncajamás avisa, yo me apunto ;)

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  6. Aunque pase el tiempo y nos amoldemos a los cambios, ese pan de hogaza, aquellos columpios, piscina etc., siguen siendo nuestra denominación de origen y parte fundamental de lo que somos y soñamos actualmente.

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  7. ¡Claro que sí!

    Te pareceré loca... quizás lo era pero, confieso que tanto lo deseé que durante un tiempo hice conjuros- me inventé yo también alguno. Lo intentaba una y otra vez, eso de volver al pasado pero, luego, tuve que resignarme. Pero, bueno... Por lo menos está la mente y dicen que mente es poder... aunque no es lo mismo pero, mejor poco que nada.

    Bueno... yo crecí en la ciudad ya y siempre he estado vinculada a ella, por eso digo que soy chica de ciudad pero, tb iba a un pueblo, por ahí, por el norte-centro, a ver a mi abuelita, todos los veranos, aunque pocos días y qué decirte, que era maravillosa esa tranquilidad, esa paz... Me gustan esos lugares, perderme... más que la ciudad, que es más feucha. Y me recordaste a eso... que pese a todo, no me quedaba siempre en la casa de mi tía. Andaba por ahí... exploraba... Tb estaban los columpios y una cigüeña en lo alto del campanario. Maravilloso :)

    Tb. recordé a mis perritas y ambas murieron atropelladas por un coche, no en el mismo año, por supuesto: era un error, por parte de mi padre, llevarlas por la ciudad sin cadena por eso, sobre todo con la última, mi hermano se enfadó con mi padre... Volvió a caer otra vez en la misma piedra, claro que sin intención. La última que murió, Diana, parecía un peluche: era muy buena y lista... Le decía: - Dame un besito...- ella me lo daba complaciente... Cantaba cuando se lo ordenabas... a su manera, claro xD Tengo una foto con ella, antes de que se muriera, acurrucada junto a mí y otra sobre mis rodillas. No las olvidaré, a ninguna: ni a Diana ni a Laika. Alguna vez, aunque poquitas, años después de sus muertes, se me han aparecido en sueños, como si quisieran comunicarse conmigo o volver a casa. Ellas me acompañaron en gran parte de mi infancia, no las olvidaré. Ahora tengo a Lagun, un perro travieso, tremendamete golfo pero, un encanto. Lo adopté y mi padre y todos ya aprendimos la lección: NUNCA LLEVES A UN PERRO SIN CORREA, EN LA CIUDAD, AL MENOS. Son de los mejores amigos que he visto, inigualables, únicos. Son listos, les puedes enseñar cosas, te comprenden, pueden ir contigo a muchas partes y sobre todo, nunca te fallan, sino que siempre están ahí dispuestos a apoyarte. Por eso me gustan mucho, porque simplemente son adorables :)

    Bonitos árboles tb.

    Yo tb he estado en piscinas así, en el río, con cascadas y todo (por Cáceres)y sí... ¡el agua estaba helada! Pero, molan. Lo malo es la temperatura del agua ¡Je,je! pero, bueno, es cuestión de acostumbrarse. Un sitio por el estilo que sí que vi, que extrañamente estaba más caliente, es El embalse de la reina, tb por Cáceres. Y el pueblo de Gata... ¡uff! ¡que sitio más natural y más bonito! Claro que luego, vinieron los incendios... y no sé cómo estará ahora.

    Sí, yo tb creo que como la infancia, ninguna época y pensar que yo entonces tenía tantas ganas de hacerme mayor... y ahora no me gusta pero, en fin...

    Preciosos árboles :)

    Un saludito y suerte. Adèu.

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  8. Diego Escudero:
    El presente y el futuro se construyen a partir de las raíces que echamos un día, así que efectivamente: hay que ser capaces de sacar a la luz el niño que un día fuimos. Un besazo.

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  9. Mo:
    ¡Cómo se nota que vas a ser mamá! ;) Besotes, guapa.

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  10. Yandros: supongo que se debe a que he puesto mi alma en este texto. No me he dejado guiar por la forma, sino que ha prevalecido el contenido, quizá por eso te ha impactado tanto. Un besazo.

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  11. Sara:
    Voy a confeccionar mi particular lista y te incluiré en ella. Mientrás seguiré buscando la manera de regresar a esa infancia maravillosa. Si encuentro la forma de hacerlo, no dudes que te avisaré. Un besazo.

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  12. Ártico: es verdad lo que dices. Nunca fui más yo que entonces. Mis raíces están allí. Quizá las rescate este verano. Un besazo.

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  13. Esther:
    Me parece una locura maravillosa la tuya. Seguro que más de uno lo intentó, aunque no se atreva a confesarlo. En cuanto a lo de los perros, nunca he tenido uno propio, pero echo tremendamente de menos el contar con un amigo de cuatro patas al que contar mis cosas y con el que correr o simplemente pasear: son cien veces más inteligentes y fieles que muchas personas.

    Un besazo.

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