Frase de Fantasmín para El Cuentacuentos: “La torre estaba oscura y los grilletes demasiado flojos”.
La torre estaba oscura y los grilletes demasiado flojos, sus brazos acostumbrados a la dureza del trabajo habían conseguido el milagro. Horas y horas de giros incómodos y de mantener todos los músculos de sus brazos en tensión habían conseguido aflojar las argollas. El resultado eran unas muñecas amoratadas y ensangrentadas, pero libres al fin de ataduras. Apenas había dormido en los últimos días, obcecado por conseguir escapar de allí cuanto antes. De vez en cuando llegaban a sus oídos, quejidos procedentes de otras celdas, y la humedad se le metía por los exiguos ropajes pegándose a su cuerpo y marcando de forma alarmante su costillar. Eran ya varias las semanas de encierro y aún no sabía la causa de su detención. Intuía el motivo, pero jamás creyó que la familia de su amada llegase tan lejos para alejarlos definitivamente. La incertidumbre de qué habría sucedido con los suyos ahogaba su garganta y pulmones. Y esa desazón le animaba a intentar con más violencia zafarse de las cadenas que le ataban como a un animal de carga. Cuando percibió el leve chasquido en la mano derecha, le costó sofocar un grito de triunfo al verificar que sus manos por fin podrían soltarse. Lo demás fue cuestión de paciencia. En cuanto tuvo ocasión huyó de aquel inmundo lugar. Aprovechó un descuido de uno de los centinelas, mientras éste retiraba al infeliz con quien había compartido cautiverio y que había muerto hacía unas horas: el centinela se movía desganado y de manera torpe, empujando al pobre finado sin cesar ni un solo momento de proferir insultos y de lanzar juramentos, y Richard estranguló con ayuda de las cadenas al malhumorado guardia. Jamás hasta entonces había matado a un hombre y hubiese preferido no tener que hacerlo, pero quizá no se le volviese a presentar una ocasión similar para huir.
En su frenética carrera hizo memoria sobre los últimos días, postrado en la oscuridad tras aquellos gruesos muros, pero a su paso surgían manos artríticas y ennegrecidas junto a cientos de bocas cariadas y purulentas que clamaban libertad, y unas y otras le traían de nuevo al presente. Desgraciadamente no disponía de tiempo, ni de fuerzas para poder soltar a aquellos hombres: algunos ya ancianos y que no veían la luz del sol desde hacía lustros.
¡Qué diferente era todo más allá de aquellos muros! Había saboreado la gloria superando sus propios prejuicios y descendido a los infiernos, impulsado por el misterio de aquellos inmensos ojos verdes de Leonor y el mismo demonio del deseo había guiado sus pasos para cortejarla y desoír las advertencias de su madre: “Ella es una dama y tú tan sólo un humilde siervo, hijo mío, esa ceguera tuya nos traerá la desgracia”. Todavía sonaban en sus oídos los inquietantes consejos de su abnegada matrona, pero le llegaban débiles… con ruidos de fondo arrastrados por la memoria y a ratos por la realidad, para subrayar la fuerza de su propia terquedad en aquella relación imposible y las fatales consecuencias.
(***)
William envalentonado por haber sobrevivido a aquel suceso extraño y sobrenatural, caminaba apresuradamente por el monte con la resolución de un hombre que conoce y acepta su destino. Por momentos se veía obligado a descansar y masajear el malogrado tobillo, pero su objetivo claro era el de llegar en pocas jornadas a la zona de la nueva catedral en construcción, aunque supusiera para él tener que caminar de día y de noche.
Había oído hablar de fieles tan devotos que encomendaban sus cuitas a los santos y luego les rendían tributo a través de promesas. Siempre se había burlado de tan temerosos cristianos, pues desde muy temprana edad las duras pruebas a las que se había tenido que enfrentar le habían convertido en un hombre solitario y alejado de dios que había confiado en sí mismo y en su capacidad de supervivencia ciegamente, pero la enigmática oscuridad de hacía unas horas había trastocado sus ideas más arraigadas. “A partir de ahora seré un hombre nuevo”, decía para sí. Inconscientemente mientras cavilaba en esos términos, más fuerte aferraba el libro que llevaba consigo.
(***)
La joven y hermosa Leonor había enviado a una de sus doncellas al pueblo, a fin de recabar información sobre el paradero de su querido Richard, pero hacía ya varias horas de aquello y aún no le habían llegado noticias. Sospechaba que se hallaba cautivo en la torre, bajo cualquier excusa; pero ahora a su miedo por Richard se unía el temor de que algo hubiese sucedido también a su querida confidente, y se debatía entre aguardarla pacientemente o ir a buscarla en persona. La siniestra oscuridad que se cernía desde el cielo la disuadió. Temiendo que aquello fuese el fin del mundo, se acercó a su escritorio y comenzó a redactar una carta. Enviaría cuanto antes a algún emisario a la torre, pues no podía consentir que su amado Richard creyese que ella había traicionado su amor. Todo había sido una trampa y él debía saberlo, aunque la muerte amenazase con asolar Europa entera.
(Continuará…)
Capítulos anteriores: