| Imagen real de mi pueblo |
Tras mucho tiempo, me decido a escribir de nuevo algo para El Cuentacuentos, siento que he desnudado en este texto buena parte de mi alma, pero necesitaba hace tiempo escribir algo sobre mi pueblo y dedicárselo con cariño a todos/as mis amigos/as de allí, así como a mi familia, sobre todo a los que ya no están. No se puede considerar un relato, sino más bien una reflexión, pero bueno... igualmente lo cuelgo.
"Nunca volví a tener amigos como los que tuve a los doce años": frase del SdlH para El Cuentacuentos.
Nunca volví a tener amigos como los que tuve a los doce años, pues aquel verano y los siguientes en el pueblo marcaron la frontera entre la niña que fui y la persona que soy ahora, y lo hicieron en muchos sentidos. Aquel verano de mis doce años no comenzó demasiado bien, pues bebí agua contaminada y estuve varios días en cama, pero como no hay que mal que por bien no venga: perdí unos cuantos kilos en pocos días y pasé de ser patito feo a ser patito sin más. Pero ése no fue el único cambio, por supuesto. Ahora tengo en cierto modo, más miedos que entonces y más inseguridades, y sé que mi sonrisa e ingenuidad quedaron enterrados bajo las raíces de alguno de los chopos que rodeaban nuestra modesta piscina; esos por los que lloré hace unos años, cuando vi que habían sido talados.
Para los niños de hoy en día, nuestra piscina, no deja de ser tosca, cutre y ruinosa, pues en honor a la verdad no es más que una cavidad de cemento excavada en el cauce del río; pero para los que la hemos cruzado a lo ancho y a lo largo en nuestras interminables tardes veraniegas, era la mejor de las piscinas, ¡Venían incluso de otros pueblos más o menos cercanos e importantes, a bañarse en ella y aquello era un orgullo! Eso sí, ahora me lo pienso dos veces a la hora de darme un chapuzón en sus gélidas aguas y ya no juego al waterpolo con mis amigos de antaño; ni hacemos concursos de saltos; ni los chicos se insinuan a la chica que les gusta con ahogadillas o tocándole la pantorrilla bajo el agua; ahora jugamos a las cartas y bebemos cerveza o kalimotxo y sólo algunos raros como yo, nos atrevemos a ser la nota discordante y no fufamos ni bebemos más que en ocasiones especiales. Antes el tiempo pasaba demasiado rápido pues todo resultaba divertido, por el contrario hoy lo hace demasiado lento y siento que no he vivido con intensidad suficiente y a menudo pienso que quisiera volver a ser la niña que fui entonces, pero son sólo negros pensamientos...
Hoy, por desgracia, ya no queda nada del encanto, ni la magia de aquel sitio de belleza virgen y el recital de poesía que nos brindaba la naturaleza en ese rincón preciso del pueblo, hace tiempo que quedó caduco para mi gusto. Quien haya paseado por allí entonces y lo haya vuelto a hacer recientemente habrá apreciado la diferencia y sabrá de qué hablo... Incluso el viento suena distinto a falta de follaje en los árboles, y el cielo por la noche ya no es tan espectacular como lo resultaba entonces entre los pequeños claros que quedaban entre las altas ramas. Probablemente las estrellas sean las mismas, pero mis ojos no detectan su brillo con la misma ilusión con que lo hacían a los doce años. El abandono se nota de manera muy especial en los columpios que hay en las escuelas; a ellos íbamos tanto de noche como de día (todavía me duele el golpe que me dí en la espalda tras una de las bromas de mi querido amigo francés, Joaquín) y ahora en cambio el óxido los recubre haciéndolos sonar como espectros cuando el viento sopla un poco más fuerte y los balancea. Se hace duro ver que los propios recuerdos tienen fecha de caducidad.
Ahora, en la piscina, donde antes había esbeltos chopos, se ven discretos árboles que tratan de imitar la apostura de sus padres y apenas llegan al metro ochenta de altura; por su parte las viejas mesas de piedra han dejado paso a nuevas mesas de cemento con un diseño más aparente. El progreso ha llegado también a este encantador rincón del mundo al que creí que nunca llegaría, y se ha llevado la inocente malicia de unos años que nunca volverán, pero que jamás deberían olvidarse. Por eso digo que nunca volví a tener amigos como los que tuve a los doce años, puesto que todo ha seguido su curso inexorable hacia un mañana que lo cuartea todo a golpe de olvido y de nueva construcción. Yo misma, he cambiado más de lo que me gustaría admitir y hace años que mis visitas se espacian más en el tiempo, porque temo encontrar demasiado cambiado el mejor de los paraísos y a sus gentes, y por eso prefiero revivirlo una y otra vez con los recuerdos más o menos adornados de mi memoria y creer que todo sigue igual. Son muchas las cosas que quisiera revivir y que sé que no podré volver a hacer... Por eso me duele tanto el cambio y no puedo evitar echar de menos corretear por las eras tras la pelota de baseball; las excursiones en bici a los pueblos cercanos; y sobre todo la casa de mi abuela tal y como era entonces: con su ínfima puerta de acceso al patio (siempre nos golpeábamos en el marco superior, la cabeza al franquearla), su retorcida y crujiente escalera de madera con sus balaustres también de madera, pintados de blanco al igual que la barandilla. Una casa de dos plantas, dividida en dos viviendas y que siempre estaba llena de las voces cálidas de mis amigos y amigas en el patio trasero o en el exterior, donde se improvisaba a diario y durante horas un aparcamiento de bicis que llegaba a impedir por momentos que alguno de los habitantes de aquellas dos casas adosadas, pudiéramos pasar al interior. Echo de menos los juegos que nos inventábamos sobre la marcha y la certeza de ver mi casa llena de vida. Echo de menos la llamada de la hacienda con el inconfundible repicar de las campanas de la iglesia (hace años que se instaló un sistema electrónico que simula el sonido original) y los mugidos de las vacas, supongo que soy una romántica incurable, porque ahora considero que esquivar boñigas por el suelo, no dejaba de tener su encanto, aunque acabásemos pisando alguna o salpicándonos con ellas. Echo de menos, la compañía de los queridos perros de mi tío Luis: Cuco (un maravilloso pastor alemán que tantas veces salvó la vida a mi abuela sorda, apartándola de la cuneta cuando algún vehículo se acercaba), "Sin luz" un pequeño cachorro de pastor alemán, negro como un tizón que murió a los pocos meses, fui de las pocas que llegaron a conocerlo y me siento agradecida por ello; pero echo en falta especialmente a Dalí, o Sagüillo como le gustaba llamarlo a mi tío, pues no había tarde en que aquel maravilloso perro ratonero con sus graciosos bigotes rizados y su color a caramelo de café con leche no me acompañase a la piscina y no volviera conmigo a casa: nunca tuve compañía más fiel que la de ellos. Por eso no perdono que me mintieran en casa cuando tuvieron que sacrificar a Cuco, ni pasados unos años cuando un coche atropelló a mi fiel escudero, Dalí, el mejor de los amigos que hizo mi acomplejada adolescencia mucho más llevadera: escuchando pacientemente mis quejas y penas, lamiéndome cuando lo necesitaba y ladrándome o tirándome de la manga o de la pernera del pantalón para sacarme de mi tristeza o de mi ensimismamiento, y volvieron a ocultármelo. El tiempo me ha hecho irascible, rencorosa y peor persona de lo que era entonces, sin duda. Todos los cambios han sido a peor y no, no es pesimismo, sino simple franqueza: tuve una infancia inmejorablemente feliz y sólo quisiera volver a recuperar parte de esa felicidad que ahora me resulta tan esquiva.
Definitivamente, nunca tuve mejores amigos que los que tuve a los doce, trece, catorce, quince... veinte años. Y ahora no hablo sólo de animales, sino de personas. Y los echo tremendamente de menos. Todo el mundo sabe que el pan de ciudad no es como las hogazas de pueblo, echas en horno de leña y la vida de adulto no es como la de la infancia; pienso que ésta es una lección que nunca debería aprenderse. Si existiese el país de Nunca Jamás, me gustaría aliarme con Peter Pan y volver a ese pasado que tanto añoro. ¿Te apuntas?

