Otros locos maravillosos

11 de diciembre de 2011

Reportero de guerra

“No sabía que en la guerra, hay monstruos más terribles que el hombre” (Frase de Brian Edward Hyde para El Cuentacuentos).

No sabía que en la guerra hay monstruos más terribles que el hombre, aunque vengan de su mano. Es el miedo el que vuela como único pájaro libre en el terreno yermo de sus sombras, mientras éstas se hacen más y más grandes cada día y a cada paso, y bajo su sello todo está permitido. Las raíces de ese temor son tan profundas que parecen anteriores a la propia Tierra, pero en el fondo convergen y nacen en el mismo punto y nada podría un poderoso dragón contra ellas, un druida o un elfo.

He sido reportero de guerra en los Balcanes, Irak y en decenas de conflictos bélicos más, que resquebrajaron las ilusiones de los niños como si fueran pequeñas canicas de cristal, pero al final la sensación es siempre la misma: se trata de una única batalla con diferentes peones sobre el tablero. Te puedo hablar sobre los cuerpos mutilados; sobre la piel desgarrada dejando al descubierto trozos de hueso o vísceras; acerca del hedor insoportable que no te permite respirar y te provoca espasmos y náuseas. Pero jamás llegarías a conocer en profundidad el verdadero dolor que se encierra bajo la profusa telaraña del odio.

La guerra es el punto de divergencia de hermanos amamantados de niños con la misma leche y que luchan en bandos opuestos armados hasta los dientes, cuando ni siquiera son adultos; la guerra es una zarza de dimensiones incontrolables que se alimenta de petróleo o dinero; un Mar Muerto escindido en dos: muertos y semimuertos. Porque no te confundas, el muerto pierde la vida, pero los que sobreviven a menudo desearían también haberlo hecho.

Conocí a Anna en una de mis travesías. En aquella ocasión viajaba solo. El país de destino era un auténtico caos e imperaba la anarquía. La agencia no podía garantizar mi seguridad, pero el gris plomizo de Madrid era un incómodo parásito que se estaba apoderando de mi vida poco a poco y mi ánimo suplicaba acción. Preparé en apenas dos semanas la documentación pertinente y me vacuné contra todas las enfermedades típicas de la zona. En el fondo yo sabía que había más de un noventa por ciento de posibilidades de no regresar nunca, pero mirando la balanza de lo que aquí dejaba y lo que podía suponer para mi espíritu aventurero aquello, decidí que tenía que jugármela: las dos personas que más había querido en mi vida me habían sido arrebatadas por la fatalidad de la muerte en menos de cinco meses; así que después de todo, si no regresaba el destino me hacía un favor. Comencé a llamar en secreto aquel viaje como mi “suicidio encubierto”.

Tras numerosas escalas, un par de encontronazos con agentes locales en los aeropuertos (aún tengo una cicatriz en mi ceja izquierda que me lo recuerda), y algún que otro soborno, aterricé milagrosamente sin ningún rasguño de importancia, justo a tiempo de asistir en primera fila al funeral aéreo del pequeño aeroplano, ruidoso, oxidado y con más de cuarenta años a sus espaldas, que me había llevado hasta allí. El pequeño avión, al contacto con aquel pedregal helado que los lugareños osaban llamar aeropuerto, perdía el tren de aterrizaje en una vaharada de humo y chispas que acabaron por incendiarlo. Debí preverlo, cuando en pleno vuelo vi desprenderse una de las chapas metálicas de las piezas aledañas y a continuación uno de los tornillos, pero mi mente para entonces se había convertido en mi propia pira funeraria y mi corazón entonaba su propia canción de hielo y ensalzaba el riesgo. Para mí la mejor victoria era mi muerte, en un absurdo y rotundo nihilismo que me convertía en un hombre de piedra.

No obstante, ahora que lo pienso aquel oscurantismo en que me había recluido en los últimos tiempos, no era del todo firme, puesto que besé aliviado entre suspiros cobardes, la fotografía que siempre llevaba conmigo de mi inolvidable, Lara: donde ella aparecía con unas enormes y desfasadas gafas de sol de plástico azul; una blusa de minúsculos lunares negros sobre fondo gris y unos cortísimos pantalones vaqueros (recortados con tijeras) superpuestos a unas medias negras. Todo en aquella fotografía la hacía fascinante: lucía una maravillosa y larga melena castaña que la hacía parecer más joven (rara vez la había tenido tan larga) y la apoyaba parcialmente sobre su hombro izquierdo; además estaban aquellos maravillosos botines negros con plataforma o el fucsia imposible de su pequeña boca que tan sensuales me parecían. Mi “pequeña ratoncita”, como yo solía llamarla, jugaba en aquel trozo de papel a disfrazar su timidez bajo la apariencia de la mujer fatal que llevaba dentro y su aspecto era de lo más sexy, aunque ella se azoraba de forma encantadora cada vez que se lo mencionaba, pero yo nunca pude desprenderme de aquella foto. No debería extrañar, por tanto, que tras aquel violento aterrizaje me aferrase con fuerza a su recuerdo: el mismo por el que aún me mantenía vivo y el mismo por el que deseaba morir.

La primera semana allí, transcurrió como si estuviera ausente de mi propio cuerpo. Me comportaba como un autómata que vivía una vida prestada, como si estuviera disfrutando del tiempo de descuento de un partido importante y no me importara lo más mínimo morir o seguir malviviendo. Todo mi sustento consistía en beber vodka para combatir el frío.

Entonces apareció ella llamándome camarada, como si nos conociésemos desde siempre. Llevaba un pasamontañas que envolvía casi totalmente su rostro, pero nunca podré olvidar sus ojos. En aquel primer encuentro, evité sumergirme en ellos por más de unos segundos, pues presentía que su mirada le permitía sondear mi interior y dejar al descubierto las penurias de mi existencia. Habló conmigo durante varios minutos y se alejó dándome un sonoro beso en la mejilla derecha, levantándose lo justo aquel pasamontañas. Creo que aquello fue el comienzo de mi despertar. No volví a verla hasta pasadas unas semanas y en esa segunda ocasión se comportó de modo parecido, pero me reprochó mis malos modales por no haberla invitado a una copa y por no habernos presentado en aquel primer encuentro. Mientras afuera los francotiradores se apostaban a ambos lados de la calle y tiroteaban a todo el que se moviera a deshora, allí estaba ella con un intenso brillo en sus ojos y hablando conmigo sobre asuntos de lo más trivial, como si fuéramos dos viejos amigos. No pude evitar reírme ante lo desconcertante de la situación. Durante la segunda copa me contó que se llamaba Anna[i]. Originaria de una pequeña aldea al noreste, había sido vendida por su padre como esclava a cambio de salvar la vida a él y a sus dos hermanos; su madre había muerto violada por varios de los hombres que habían asaltado durante esa noche el poblado, una vez hartos de sus gritos y sollozos y de rifársela por ver quién era el siguiente que le abría las piernas. Durante las primeras semanas, ella con apenas catorce años (aparentaba afortunadamente algunos menos), temía correr la misma suerte que su pobre madre y se esforzaba a cada minuto por complacer a aquellos salvajes lavando sus ropas, cocinando para ellos, cepillando los caballos o zurciendo calcetines. En definitiva mostrándose como una eficiente, cordial y educada sirvienta. Una noche en que todos estaban especialmente borrachos, temiendo más que nunca ese peligro, corrió a hurtadillas hasta un rincón donde estaban los enseres de cocina, y pasó por el fuego un cuchillo durante unos cuantos minutos. Cuando el filo estuvo al rojo vivo lo posó sobre su cuello y su cara. Repitió la operación varias veces: cuchillo al fuego y a continuación sobre su piel. Se desmayó, pero sin chillar ni una sola vez. La niña que había sido pasó a ser adulta de manera repentina. El temor a que aquellos hombres hicieran con ella lo mismo que con su madre, le asustaba demasiado como para querer llamar la atención. Soportó el dolor de la carne quemada y el desagradable olor en medio de la más fría de las noches, mientras se debatía con la fiebre a causa de las heridas. Sobrevivió, pero otras niñas no tuvieron la misma suerte; aunque aquellas feas marcas fueron la causa directa de que la abandonasen en medio de la nada, les debía la vida. Llegó a la ciudad al cabo de tres semanas y enseguida aprendió a comportarse como una experta ladronzuela. Gastó su juventud deambulando por las calles de Grozni y malviviendo de la generosidad de algunas familias o de esporádicos trabajos como limpiadora; en otros momentos malvivía a base de lo que sacaba de sus hurtos y lo que reportaban las reventas de algunos de esos artículos sisados. “Aprendí a ser tan escurridiza como una rata”, me dijo. Los rebeldes la encontraron un día en las calles y a cambio de comida y un techo, la adiestraron como guerrillera, no era usual acoger a una mujer en sus filas y menos con aquella edad, pero necesitaban gente. “Ahora tengo cuarenta años”, acabó diciéndome. Para entonces el vodka ya había calentado mi cuerpo y embotado mi mente, aunque no lo bastante como para saber que aquella historia podría convertirse el día de mañana en una novela de éxito, pero algo en sus ojos y en aquella sonrisa hecha jirones me dijo que no debía hacerlo. Nos miramos y el silencio empezó a ser incómodo. Temía que se levantase del taburete y no volviéramos a vernos, así que le hablé de mí y de Lara. De como el cáncer me la había arrebatado a las pocos meses de que los dos viéramos como una fatal caída en un columpio se llevaba a nuestro pequeño David. Por primera vez en mucho tiempo me permití el lujo de llorar y también de reír. Con ella me sentía a salvo, a pesar de no conocernos de nada.

Me cogió de la mano y yo como un corderito me dejé llevar. Subimos a una camioneta de aspecto militar y me vendó los ojos. “Pocos conocen el lugar a donde te llevo y puede ser peligroso que lo sepas si algún día te interrogan”, me susurró. Los que supe más tarde que eran sus compañeros, no me acogieron con demasiado entusiasmo. Resultaba evidente que yo era un reportero, un cobarde manchado de valentía, como solían llamarnos.

Pasamos horas en aquel camión, hasta que nos detuvimos. Escuchaba voces a mi alrededor y sentía que descargaban las cajas con las que había compartido viaje, pero no había nadie que se acercase a mí. Cuando me bajaron un frío cortante me recibió. Me ataron las manos y me quitaron la mochila de la cámara. Me llevaron a empellones y yo trastabillaba a cada paso, puesto que no veía nada con los ojos tapados. Entré en una tienda y me dejaron de pie, maniatado y con los ojos cubiertos. Permanecí así durante varios minutos más.

Anna estaba frente a mí junto a un hombre sospechosamente mayor por la poblada y blanquecina barba, pero cuya complexión denotaba que no tendría más de cuarenta años. Su voz profunda me sobresaltó. Se comunicaba conmigo en un inglés fluido. Sus palabras y miradas traslucían un cariño muy especial hacia mi particular captora y comprendí de inmediato que estaba enamorado de ella. Anna, por su parte continuaba con el rostro cubierto. A la tenue luz de la lámpara de gas que iluminaba la tienda descubrí sobre los hombros de mi recién estrenada amiga unas hebras de cabello liso y rubio, en las que hasta entonces no había reparado. Por un momento me imaginé a miles de kilómetros de allí peinando y besando sus cabellos. Para disimular me sacudí las ropas, como si tuviera polvo del corto trayecto desde la camioneta hasta el emplazamiento de aquella carpa.

Compartí durante varios años su día a día. Eran casi siempre dieciséis personas, aunque a veces el número crecía o disminuía, según si se encontraban en una nueva misión. Cada cierto tiempo llegaban nuevos reclutas, sin embargo rara vez se quedaban allí más de cinco días. Nosotros constituíamos una de las bases centrales, pero existían numerosos campamentos más, desperdigados por toda la cordillera. Cada uno de ellos tenía su objetivo dentro de la organización, al igual que cada miembro cumplía con un cometido distinto. Pronto me sentí uno más y olvidé por completo mi cámara, el contrato de la agencia periodística y otras muchas cosas. Con el tiempo acabé por contemplar con menos frecuencia la foto de Lara y sustituí su doloroso examen por las charlas con mis nuevos compañeros. Anna, participaba como cualquier otro en ellas, pero un velo invisible de deseo nos iba envolviendo a ambos de forma irremediable. Por respeto hacia ella nunca se lo dije. Además ambos apreciábamos demasiado a Ramzán, el jefe local, como para traicionarle de aquel modo, aunque él nos traicionó a todos más tarde sin señal de remordimiento. De todos modos, yo era infinitamente más libre de lo que lo había sido nunca. Allí junto a ellos, luchando del bando contrario al del gobierno, cambiando cada poco de emplazamiento para no ser descubiertos y ejerciendo de improvisado maestro con Anna y el resto de los que no sabían leer ni escribir, que en aquella lejana ciudad en la que habité un día y que se conocía por el nombre de Madrid. La felicidad si ha de llegarnos lo hace bajo cualquier apariencia.

Jamás sospeché que Anna me hubiera mentido. Ni por un momento dudé de la sinceridad de sus palabras. Tardé en reaccionar cuando supe que ella era periodista también y que estaba interesada al igual que yo en dar a conocer los sucesos del conflicto de Chechenia. Ni siquiera saber que Ramzán había creído como yo su historia me alegró. Anna, mi Anna, no había nacido en el Caúcaso, sino en Nueva York. Ávida de un buen reportaje, se había infiltrado durante la primera guerra chechena entre los rebeldes ganándose su confianza. A lo largo de los años del conflicto había alterado algunos datos de esa supuesta biografía, adecuándola a sus interlocutores y a cada uno nos había contado una versión retocada de la que había usado inicialmente. Una maraña de falsedades que hacían difícilmente digerible aquella traición por su parte. Incluso sus cicatrices eran un ardid. Hastiado de aquella sarta de mentiras, puse tierra de por medio y decepcionado por mi confianza traicionada. Incapaz de controlar mis sentimientos y de luchar en una guerra que no era la mía, por más que compartiese en cierto modo las razones de aquel conflicto. Así es como una mezcla de congoja que me arrastraba nuevamente al infierno, me sacó del punto que figuraba oculto en los mapas para muchas naciones y me llevó de nuevo a recobrar mi identidad madrileña.

Regresé a Madrid donde me daban por muerto. En España tras sobreponerse a la noticia de mi regreso, me convertí en un héroe. Mi vivencia al pie de Rusia me catapultó al efímero estrellato de quienes están de moda. Periódicos y noticieros se peleaban por sacarme en sus portadas o programas; pero nunca les hablé de Anna. Sólo hablaba de ella a mi cuaderno de bitácora y únicamente me permití el lujo de llorar de nuevo por ella el 25 de octubre de 2006, cuando recibí una carta que me notificaba su muerte a tiros en el ascensor de su apartamento de Moscú el día 7 de octubre.

[i] Anna Stepánovna Politkóvskaya: es un personaje real. He usado su nombre en mi relato, así como el de Ramzán Kadyrov para dar credibilidad a mi historia, pero su papel en la historia de la Guerra de Chechenia no es como yo lo planteo en estas líneas, ni tampoco la relación que establezco entre ellos.

26 comentarios:

  1. Tengo un amigo que es corresponsal de guerra y el mismo dice que su profesión es "un suicidio inconsciente".
    Tendrá que leer este relato, Sechat, porque hay mucha similitud entre su vida y tu historia.

    Elaborado relato, donde has investigado y has ofrecido una historia llena de acción y reflexión.

    Besos

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  2. Gracias, Ananda, me da un poco de miedo haber metido a personajes reales la verdad...

    Besotes.

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  3. Hola Sechat, me ha gustado mucho tu relato. Cómo mantienes el pulso de la historia, dosificas perfectamente la emoción del lector y lo mantienes en vilo hasta el final. Además tiene mucha credibilidad.

    Gracias y felicidades.

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  4. Impresionante relato, Sechat. Por cosas como estas, creo que eres una escritora de los pies a la cabeza. No solo por como desarrollas la historia, con esos datos, esa situaciones, descripciones, ese dominio de la palabra... si no por como hilas todo para construir una historia como esta, dejándonos con la piel de gallina.

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  5. Enhorabuena por la historia, de verdad. Aunque es larga, para ser en formato blog, la he leído del tirón y bastante rápido, la verdad.

    Me gusta como planteas el sinsentido de la guerra, y la dificil misión de los reporteros. Efectivamente, tienen mucho que perder en esas aventuras, otra cosa es que siendo conscientes de ello, aún así lo arriesguen.
    Por poner un pero, se me ha acelerado demasiado el final de la historia, puede que porque ya llevabas escrito bastante. Me hubiera gustado saber como averigüa nuestro protagonista el engaño, como reaccionan, él y ella. Más detalles, en general.

    Aún así, chapó.

    Un beso!

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  6. Pues aunque larga, te ha quedado genial la historia, Sechat :)

    Nos vas metiendo poco a poco en la vida de este reportero, qué le lleva a Chechenia, cómo se enamora de Anna, cómo creyó (y creímos todos, ingenuos lectores) su historia y cómo vivió el desengaño al descubrir la mentira.

    Quizá, si te tengo que poner un pero, coincido con lo que ya te han dicho de desarrollar un poco más la parte final. Pero tal vez así nos toque a nosotros imaginar sus sentimientos, no sé...

    Me ha gustado mucho :)

    Besos!!

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  7. Que relato más duro. La guerra en sí ya es horrible, pero si además descubres que la única persona en la que te puedes apoyar no ha hecho más que mentirte, pues peor, porque pierdes la fe en todo.

    Besines de todos los sabores y abrazos de todos los colores.

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  8. Que decirte... Al principio tuve una rara sensación, esa que te dice que no te va a gustar lo que sigue, y sin embargo me alegra haber continuado porque está tan bien narrado que dan ganas de seguirlos. La pena, es que el final se me ha adelantado, ya metida en la historia quería mucho más.

    Un placer, ya lo sabes.

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  9. Un escalofriante viaje a través de la mas cruda actualidad del mundo en que vivimos.
    Inmerso en el relato resuenan tus palabras como la voz mas cercana al sentido de la vida, de la muerte, del periodismo mas salvaje liberado de cualquier código ético, que busca por encima de la noticia una evasión de esa misma realidad que persigue.
    La guerra, el cáncer, el miedo, el amor, el deseo, la mentira, la traición, el odio, el remordimiento, un camino de ida y vuelta que inició con su vida harta y aferrada al papel de una foto desgastada, y que termina con su vida renovada y aquella foto tatuada con fuerza, su única verdad.

    Fantástico Sechat! Un abrazo!

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  10. Arte Pun: sobre todo muchas gracias por tu presencia y tu comentario. Soy yo la agradecida por contar contigo. De corazón gracias.

    Besotes.

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  11. Sara, me has sacado los colores je, je. Pero se agradece. A mí no me convence porque sí considero que el final queda un tanto forzado, pero bueno... GRACIAS.

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  12. El Pistolero: estoy contigo. El desenlace es demasiado repentino, pero es que no quería ahondar mucho más en ello, porque sino la historia se podría haber eternizado.

    Gracias.

    Besotes.

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  13. Atenea, gracias por la visita y por supuesto el comentario. Y sí coincido enteramente con vuestro criterio: el final queda un poco abrupto.

    Besotes.

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  14. ¡Hola, Niobiña!:

    quería dar esa sensación de vacío y de soledad y la traición de ella me servía por una parte para cerrar el relato y por otra para evitar sentimentalismos banales je, je.

    Besotes.

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  15. Jara:

    Ni yo misma sabía adónde me iban a llevar mis palabras porque el comienzo es tan barroco que nada tiene que ver con el resto. Hay una dicotomía absoluta.

    Besotes.

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  16. Carlos, ahora que lo dices la única verdad era la "foto" sí señor. De hecho está basada en la imagen de una de mis camisetas favoritas. Se me olvidó escanearla para colgarla en el relato je, je.

    Besotes.

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  17. Me encanta como te has trabajado la historia y te has documentado en personajes reales, llevándolos a tu terreno.
    El final tal vez un tanto forzado, pero has conseguido construir una historia a la que no le falta de nada: amor, pérdida, rencor, traición, tristeza... todo un festival de sentimientos.
    Felicidades por ello :)

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  18. Yo creo que todas las opiniones vertidas son más que justas para definir tu relato de esta semana el cual me ha gustado mucho. Me ha costado arrancar, porque no soy de relatos largos pero luego como ha Jara se me ha quedado corto, je.
    En fin la vida de esas personas que a veces no sabemos porque es necesario jugarse la vida por una fotografía, una exclusiva o un premio, siempre hay algo más detrás. Felicidades.

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  19. Brutal, Sechat. No tengo muchas más palabras para definir el buen trabajo que has hecho con este súper-relato. Podría haberse incluido en el libro que me enviaste. La verdad es que olvidé por completo de qué iba el tema hasta que vi de nuevo la frase de la semana. Muy bueno, te lo digo de verdad.
    Enhorabuena.
    Un abrazo, y sigue así.

    Hell.

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  20. Hola, Sechat, he andado super ocupada y apenas he andado por el mundo bloguero... pero,está muy chula la historia, me ha gustado mucho, aunque me pareció tremendamente triste y qué decir.. Las apariencias engañan.

    Felices fiestas :)

    http://www.youtube.com/watch?v=Ooc5eJc5SHA&feature=share

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  21. La guerra es un tema complicado de abordar y lo has hecho muy bien. Me ha gustado el hecho de que hayas introducido personajes de verdad.

    Te dejo saludos y polvo de Hada.

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  22. Gracias, Malena, la verdad es que me asustaba introducir en un relato personajes reales, pero de esa manera ganaba en credibilidad y además el nombre de Anna, estaba en la historia mucho antes de haber decidido eso je, je.

    En fin... ¡Felices fiestas, guapi!

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  23. Gracias, Yas, la verdad es que a menudo me sucede que la idea es tan fuerte en la cabeza que creo que va a florecer en dos líneas y luego cuando empiezo a escribir se alarga más y más. Ésta ha sido una de esas ocasiones je, je.

    Sea como sea, me alegra saber que te ha gustado.

    Besotes.

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  24. Gracias, Hell, me alegra saber que te ha gustado también. Besotes y ¡Felices fiestas!

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  25. Hay que estar siempre alerta si, Esther. Besotes y ¡Felices fiestas!

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  26. Gracias, Eolande, era un gran riesgo introducir personas reales, porque se puede llegar a ofender a alguien, pero creo haberlo hecho de forma sutil y desde el respeto.

    Besotes.

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