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26 de diciembre de 2011

PEQUEÑO MILAGRO

“Había luces tenues detrás de la puerta, que parecía  entreabierta.” Frase de El Mundoyas para El Cuentacuentos.


Había luces tenues detrás de la puerta, que parecía entreabierta intencionadamente a un humilde patio de estilo judío, para brindar al posible espectador un tercer ojo abierto a lo que los dos naturales no lo permiten. Dentro, Yéshua, un niño de enormes ojos marrones y risueños, e hijo de un trabajador del astillero de la ciudad, jugaba sentado junto a otro pequeño que lo miraba fascinado. De sus manos infantiles salían volando a lo más alto del cielo alejandrino, con alegres gorjeos, mil y un pajarillos multicolores que previamente habían sido bastas figuras de barro. 





19 de diciembre de 2011

APLAUSOS EN ESCENA

"Tenía la sensación de haber escuchado tantas veces esa canción" Frase de Fernez para El Cuentacuentos

Tenía la sensación de haber escuchado tantas veces esa canción, como de haber suspirado con ella. No obstante, resulta perfecta para su propio programa.

“Cinco minutos para subir a escena, maestro”, anuncia la voz joven y masculina de su asistente al otro lado de la puerta.

Se sobresalta. Revisa fugazmente los detalles de su traje y endereza con mano temblorosa su pajarita frente al enorme espejo de su camerino. Satisfecho con su aspecto, sale al pasillo y se dirige al teatro.

Una vez en escena, tras los primeros aplausos de bienvenida y dirigir ya varias de las melodías previstas para el concierto, conserva la serenidad como siempre, aunque sus pensamientos van por delante de lo que marcan los pentagramas. Desde el atril y de espaldas a su público, marca con su mano derecha a ritmo de batuta los pulsos del compás, la intensidad y la velocidad, tal y como se espera. De vez en cuando un gesto de su mano izquierda indica que ha de intervenir un nuevo instrumento. A su juicio su mano izquierda oscila ostensiblemente.

Aprovecha un silencio de redonda en la partitura para sacar un pequeño objeto metálico del bolsillo derecho de su elegante e impoluto chaqué. Coloca debidamente el percutor, y el estruendo del timbal  y los platillos en el último compás tapa el estallido de la bala que atraviesa su sien de lado a lado.

El público tarda unos instantes en reaccionar, los músicos son algo más tardíos, a pesar del caos reinante en atrios, palco y sala de butacas. Para entonces la sangre del viejo maestro corre ya descontrolada por la peana del atril y Arthur ha caído desplomado. En su cara una sonrisa de paz absoluta ha disipado la arruga de preocupación instalada en su rostro desde hacía algún tiempo.

Al día siguiente periódicos, televisiones y radios de todo el mundo se hacen eco de la noticia; pero pocos son rigurosos con la información que ofrecen a sus seguidores. Pocos de ellos han indagado sobre un pequeño e insignificante papel encontrado en el suelo del camerino del insigne director, la noche de su muerte, que explica con letra extremadamente irregular y temblona la razón de su suicidio; ni explican tampoco las indicaciones que el artista había hecho a los intérpretes bajo su mando en los ensayos previos: “Veáis lo que veáis, oigáis lo que oigáis esa noche, tocad hasta el final. No consintáis que nada os detenga”.

11 de diciembre de 2011

Reportero de guerra

“No sabía que en la guerra, hay monstruos más terribles que el hombre” (Frase de Brian Edward Hyde para El Cuentacuentos).

No sabía que en la guerra hay monstruos más terribles que el hombre, aunque vengan de su mano. Es el miedo el que vuela como único pájaro libre en el terreno yermo de sus sombras, mientras éstas se hacen más y más grandes cada día y a cada paso, y bajo su sello todo está permitido. Las raíces de ese temor son tan profundas que parecen anteriores a la propia Tierra, pero en el fondo convergen y nacen en el mismo punto y nada podría un poderoso dragón contra ellas, un druida o un elfo.

He sido reportero de guerra en los Balcanes, Irak y en decenas de conflictos bélicos más, que resquebrajaron las ilusiones de los niños como si fueran pequeñas canicas de cristal, pero al final la sensación es siempre la misma: se trata de una única batalla con diferentes peones sobre el tablero. Te puedo hablar sobre los cuerpos mutilados; sobre la piel desgarrada dejando al descubierto trozos de hueso o vísceras; acerca del hedor insoportable que no te permite respirar y te provoca espasmos y náuseas. Pero jamás llegarías a conocer en profundidad el verdadero dolor que se encierra bajo la profusa telaraña del odio.

La guerra es el punto de divergencia de hermanos amamantados de niños con la misma leche y que luchan en bandos opuestos armados hasta los dientes, cuando ni siquiera son adultos; la guerra es una zarza de dimensiones incontrolables que se alimenta de petróleo o dinero; un Mar Muerto escindido en dos: muertos y semimuertos. Porque no te confundas, el muerto pierde la vida, pero los que sobreviven a menudo desearían también haberlo hecho.

Conocí a Anna en una de mis travesías. En aquella ocasión viajaba solo. El país de destino era un auténtico caos e imperaba la anarquía. La agencia no podía garantizar mi seguridad, pero el gris plomizo de Madrid era un incómodo parásito que se estaba apoderando de mi vida poco a poco y mi ánimo suplicaba acción. Preparé en apenas dos semanas la documentación pertinente y me vacuné contra todas las enfermedades típicas de la zona. En el fondo yo sabía que había más de un noventa por ciento de posibilidades de no regresar nunca, pero mirando la balanza de lo que aquí dejaba y lo que podía suponer para mi espíritu aventurero aquello, decidí que tenía que jugármela: las dos personas que más había querido en mi vida me habían sido arrebatadas por la fatalidad de la muerte en menos de cinco meses; así que después de todo, si no regresaba el destino me hacía un favor. Comencé a llamar en secreto aquel viaje como mi “suicidio encubierto”.

Tras numerosas escalas, un par de encontronazos con agentes locales en los aeropuertos (aún tengo una cicatriz en mi ceja izquierda que me lo recuerda), y algún que otro soborno, aterricé milagrosamente sin ningún rasguño de importancia, justo a tiempo de asistir en primera fila al funeral aéreo del pequeño aeroplano, ruidoso, oxidado y con más de cuarenta años a sus espaldas, que me había llevado hasta allí. El pequeño avión, al contacto con aquel pedregal helado que los lugareños osaban llamar aeropuerto, perdía el tren de aterrizaje en una vaharada de humo y chispas que acabaron por incendiarlo. Debí preverlo, cuando en pleno vuelo vi desprenderse una de las chapas metálicas de las piezas aledañas y a continuación uno de los tornillos, pero mi mente para entonces se había convertido en mi propia pira funeraria y mi corazón entonaba su propia canción de hielo y ensalzaba el riesgo. Para mí la mejor victoria era mi muerte, en un absurdo y rotundo nihilismo que me convertía en un hombre de piedra.

No obstante, ahora que lo pienso aquel oscurantismo en que me había recluido en los últimos tiempos, no era del todo firme, puesto que besé aliviado entre suspiros cobardes, la fotografía que siempre llevaba conmigo de mi inolvidable, Lara: donde ella aparecía con unas enormes y desfasadas gafas de sol de plástico azul; una blusa de minúsculos lunares negros sobre fondo gris y unos cortísimos pantalones vaqueros (recortados con tijeras) superpuestos a unas medias negras. Todo en aquella fotografía la hacía fascinante: lucía una maravillosa y larga melena castaña que la hacía parecer más joven (rara vez la había tenido tan larga) y la apoyaba parcialmente sobre su hombro izquierdo; además estaban aquellos maravillosos botines negros con plataforma o el fucsia imposible de su pequeña boca que tan sensuales me parecían. Mi “pequeña ratoncita”, como yo solía llamarla, jugaba en aquel trozo de papel a disfrazar su timidez bajo la apariencia de la mujer fatal que llevaba dentro y su aspecto era de lo más sexy, aunque ella se azoraba de forma encantadora cada vez que se lo mencionaba, pero yo nunca pude desprenderme de aquella foto. No debería extrañar, por tanto, que tras aquel violento aterrizaje me aferrase con fuerza a su recuerdo: el mismo por el que aún me mantenía vivo y el mismo por el que deseaba morir.

La primera semana allí, transcurrió como si estuviera ausente de mi propio cuerpo. Me comportaba como un autómata que vivía una vida prestada, como si estuviera disfrutando del tiempo de descuento de un partido importante y no me importara lo más mínimo morir o seguir malviviendo. Todo mi sustento consistía en beber vodka para combatir el frío.

Entonces apareció ella llamándome camarada, como si nos conociésemos desde siempre. Llevaba un pasamontañas que envolvía casi totalmente su rostro, pero nunca podré olvidar sus ojos. En aquel primer encuentro, evité sumergirme en ellos por más de unos segundos, pues presentía que su mirada le permitía sondear mi interior y dejar al descubierto las penurias de mi existencia. Habló conmigo durante varios minutos y se alejó dándome un sonoro beso en la mejilla derecha, levantándose lo justo aquel pasamontañas. Creo que aquello fue el comienzo de mi despertar. No volví a verla hasta pasadas unas semanas y en esa segunda ocasión se comportó de modo parecido, pero me reprochó mis malos modales por no haberla invitado a una copa y por no habernos presentado en aquel primer encuentro. Mientras afuera los francotiradores se apostaban a ambos lados de la calle y tiroteaban a todo el que se moviera a deshora, allí estaba ella con un intenso brillo en sus ojos y hablando conmigo sobre asuntos de lo más trivial, como si fuéramos dos viejos amigos. No pude evitar reírme ante lo desconcertante de la situación. Durante la segunda copa me contó que se llamaba Anna[i]. Originaria de una pequeña aldea al noreste, había sido vendida por su padre como esclava a cambio de salvar la vida a él y a sus dos hermanos; su madre había muerto violada por varios de los hombres que habían asaltado durante esa noche el poblado, una vez hartos de sus gritos y sollozos y de rifársela por ver quién era el siguiente que le abría las piernas. Durante las primeras semanas, ella con apenas catorce años (aparentaba afortunadamente algunos menos), temía correr la misma suerte que su pobre madre y se esforzaba a cada minuto por complacer a aquellos salvajes lavando sus ropas, cocinando para ellos, cepillando los caballos o zurciendo calcetines. En definitiva mostrándose como una eficiente, cordial y educada sirvienta. Una noche en que todos estaban especialmente borrachos, temiendo más que nunca ese peligro, corrió a hurtadillas hasta un rincón donde estaban los enseres de cocina, y pasó por el fuego un cuchillo durante unos cuantos minutos. Cuando el filo estuvo al rojo vivo lo posó sobre su cuello y su cara. Repitió la operación varias veces: cuchillo al fuego y a continuación sobre su piel. Se desmayó, pero sin chillar ni una sola vez. La niña que había sido pasó a ser adulta de manera repentina. El temor a que aquellos hombres hicieran con ella lo mismo que con su madre, le asustaba demasiado como para querer llamar la atención. Soportó el dolor de la carne quemada y el desagradable olor en medio de la más fría de las noches, mientras se debatía con la fiebre a causa de las heridas. Sobrevivió, pero otras niñas no tuvieron la misma suerte; aunque aquellas feas marcas fueron la causa directa de que la abandonasen en medio de la nada, les debía la vida. Llegó a la ciudad al cabo de tres semanas y enseguida aprendió a comportarse como una experta ladronzuela. Gastó su juventud deambulando por las calles de Grozni y malviviendo de la generosidad de algunas familias o de esporádicos trabajos como limpiadora; en otros momentos malvivía a base de lo que sacaba de sus hurtos y lo que reportaban las reventas de algunos de esos artículos sisados. “Aprendí a ser tan escurridiza como una rata”, me dijo. Los rebeldes la encontraron un día en las calles y a cambio de comida y un techo, la adiestraron como guerrillera, no era usual acoger a una mujer en sus filas y menos con aquella edad, pero necesitaban gente. “Ahora tengo cuarenta años”, acabó diciéndome. Para entonces el vodka ya había calentado mi cuerpo y embotado mi mente, aunque no lo bastante como para saber que aquella historia podría convertirse el día de mañana en una novela de éxito, pero algo en sus ojos y en aquella sonrisa hecha jirones me dijo que no debía hacerlo. Nos miramos y el silencio empezó a ser incómodo. Temía que se levantase del taburete y no volviéramos a vernos, así que le hablé de mí y de Lara. De como el cáncer me la había arrebatado a las pocos meses de que los dos viéramos como una fatal caída en un columpio se llevaba a nuestro pequeño David. Por primera vez en mucho tiempo me permití el lujo de llorar y también de reír. Con ella me sentía a salvo, a pesar de no conocernos de nada.

Me cogió de la mano y yo como un corderito me dejé llevar. Subimos a una camioneta de aspecto militar y me vendó los ojos. “Pocos conocen el lugar a donde te llevo y puede ser peligroso que lo sepas si algún día te interrogan”, me susurró. Los que supe más tarde que eran sus compañeros, no me acogieron con demasiado entusiasmo. Resultaba evidente que yo era un reportero, un cobarde manchado de valentía, como solían llamarnos.

Pasamos horas en aquel camión, hasta que nos detuvimos. Escuchaba voces a mi alrededor y sentía que descargaban las cajas con las que había compartido viaje, pero no había nadie que se acercase a mí. Cuando me bajaron un frío cortante me recibió. Me ataron las manos y me quitaron la mochila de la cámara. Me llevaron a empellones y yo trastabillaba a cada paso, puesto que no veía nada con los ojos tapados. Entré en una tienda y me dejaron de pie, maniatado y con los ojos cubiertos. Permanecí así durante varios minutos más.

Anna estaba frente a mí junto a un hombre sospechosamente mayor por la poblada y blanquecina barba, pero cuya complexión denotaba que no tendría más de cuarenta años. Su voz profunda me sobresaltó. Se comunicaba conmigo en un inglés fluido. Sus palabras y miradas traslucían un cariño muy especial hacia mi particular captora y comprendí de inmediato que estaba enamorado de ella. Anna, por su parte continuaba con el rostro cubierto. A la tenue luz de la lámpara de gas que iluminaba la tienda descubrí sobre los hombros de mi recién estrenada amiga unas hebras de cabello liso y rubio, en las que hasta entonces no había reparado. Por un momento me imaginé a miles de kilómetros de allí peinando y besando sus cabellos. Para disimular me sacudí las ropas, como si tuviera polvo del corto trayecto desde la camioneta hasta el emplazamiento de aquella carpa.

Compartí durante varios años su día a día. Eran casi siempre dieciséis personas, aunque a veces el número crecía o disminuía, según si se encontraban en una nueva misión. Cada cierto tiempo llegaban nuevos reclutas, sin embargo rara vez se quedaban allí más de cinco días. Nosotros constituíamos una de las bases centrales, pero existían numerosos campamentos más, desperdigados por toda la cordillera. Cada uno de ellos tenía su objetivo dentro de la organización, al igual que cada miembro cumplía con un cometido distinto. Pronto me sentí uno más y olvidé por completo mi cámara, el contrato de la agencia periodística y otras muchas cosas. Con el tiempo acabé por contemplar con menos frecuencia la foto de Lara y sustituí su doloroso examen por las charlas con mis nuevos compañeros. Anna, participaba como cualquier otro en ellas, pero un velo invisible de deseo nos iba envolviendo a ambos de forma irremediable. Por respeto hacia ella nunca se lo dije. Además ambos apreciábamos demasiado a Ramzán, el jefe local, como para traicionarle de aquel modo, aunque él nos traicionó a todos más tarde sin señal de remordimiento. De todos modos, yo era infinitamente más libre de lo que lo había sido nunca. Allí junto a ellos, luchando del bando contrario al del gobierno, cambiando cada poco de emplazamiento para no ser descubiertos y ejerciendo de improvisado maestro con Anna y el resto de los que no sabían leer ni escribir, que en aquella lejana ciudad en la que habité un día y que se conocía por el nombre de Madrid. La felicidad si ha de llegarnos lo hace bajo cualquier apariencia.

Jamás sospeché que Anna me hubiera mentido. Ni por un momento dudé de la sinceridad de sus palabras. Tardé en reaccionar cuando supe que ella era periodista también y que estaba interesada al igual que yo en dar a conocer los sucesos del conflicto de Chechenia. Ni siquiera saber que Ramzán había creído como yo su historia me alegró. Anna, mi Anna, no había nacido en el Caúcaso, sino en Nueva York. Ávida de un buen reportaje, se había infiltrado durante la primera guerra chechena entre los rebeldes ganándose su confianza. A lo largo de los años del conflicto había alterado algunos datos de esa supuesta biografía, adecuándola a sus interlocutores y a cada uno nos había contado una versión retocada de la que había usado inicialmente. Una maraña de falsedades que hacían difícilmente digerible aquella traición por su parte. Incluso sus cicatrices eran un ardid. Hastiado de aquella sarta de mentiras, puse tierra de por medio y decepcionado por mi confianza traicionada. Incapaz de controlar mis sentimientos y de luchar en una guerra que no era la mía, por más que compartiese en cierto modo las razones de aquel conflicto. Así es como una mezcla de congoja que me arrastraba nuevamente al infierno, me sacó del punto que figuraba oculto en los mapas para muchas naciones y me llevó de nuevo a recobrar mi identidad madrileña.

Regresé a Madrid donde me daban por muerto. En España tras sobreponerse a la noticia de mi regreso, me convertí en un héroe. Mi vivencia al pie de Rusia me catapultó al efímero estrellato de quienes están de moda. Periódicos y noticieros se peleaban por sacarme en sus portadas o programas; pero nunca les hablé de Anna. Sólo hablaba de ella a mi cuaderno de bitácora y únicamente me permití el lujo de llorar de nuevo por ella el 25 de octubre de 2006, cuando recibí una carta que me notificaba su muerte a tiros en el ascensor de su apartamento de Moscú el día 7 de octubre.

[i] Anna Stepánovna Politkóvskaya: es un personaje real. He usado su nombre en mi relato, así como el de Ramzán Kadyrov para dar credibilidad a mi historia, pero su papel en la historia de la Guerra de Chechenia no es como yo lo planteo en estas líneas, ni tampoco la relación que establezco entre ellos.

10 de diciembre de 2011

VIERNES DE CALENDARIO (ACRÓSTICO)



Verano semanal que comienza,
invento de hadas ociosas,
encuentro con uno mismo,
retama de fiestas,
nido de descanso,
espacio de besos y cenas,
saca de amores.




Te invito a que pasees por las letras de mi otro blog: www.cuentosrecienhorneados.blogspot.com

4 de diciembre de 2011

Nunca más…

“Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma”. Frase para El Cuentacuentos.

Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma. Pero a la vez sentía miedo por el reencuentro y culpabilidad. Cuando aquella estrella fugaz cruzó el cielo, me aferré a mis fantasías de niña y le pedí un deseo. Pocas horas después de aquella petición al firmamento, yo estaba en la calle bajo la nieve, deambulando como en sueños, susurrando a mis manos aturdidas por el frío mi necesidad de volver a verte para poder despedirnos, aunque muy en el fondo no quería tal despedida. Bajo la ventisca y el frío me comportaba como una histérica que había perdido el juicio, y sin embargo pocas veces he estado tan convencida de estar haciendo lo  adecuado.

Nunca hubo un abrazo o un beso que nos dijera que aquel lejano veintitrés de diciembre iba a ser el final, porque en aquella última ocasión que estuvimos juntos, sólo hubo reproches impulsados por mis celos. No soportaba la idea de saber que hacía varios meses habías recogido en Madrid a una chica en la carretera y la habías llevado hasta Málaga, punto de destino de ambos, y que desde entonces habías seguido en contacto por teléfono y carta con ella. Lo peor de todo aquello es que supe de su existencia gracias a ti: tú mismo me confesaste en un alarde de sinceridad y valentía lo que sucedió en aquel viaje. Confiado en la inocencia del suceso insististe en que no había pasado nada entre vosotros de lo que tuvieras que arrepentirte o avergonzarte y me hablaste de María por primera y última vez, pero el diablo de la inseguridad tiene garras muy profundas y sabe bien cómo herir la confianza… ¿Te acuerdas? Te insulté hasta que no me quedaron ni aliento, ni voz. Tú te marchaste con un portazo provocado no por el enojo, sino por la decepción de ver que yo había sido incapaz de creerte ni de confiar en ti. El esperado mensaje de móvil mostrando arrepentimiento se demoró tanto que nunca llegó, ni de mi teléfono ni del tuyo y aquel silencio fue la mayor de nuestras más acaloradas discusiones, porque le sobrevinieron otros silencios más aterradores que tuve que sobrellevar en soledad. Sin embargo, no pasa un día desde aquella fecha en que no reviva tu voz o tus caricias sobre mi piel. Ni un suspiro sale de mi cuerpo sin que éste revele atribulado la huella de tu nombre en mi vida. Desde que te fuiste mido el tiempo en lágrimas, suspiros o promesas que aún están por cumplir (de ésas que uno hace al otro cuando tan solo aspira a recoger su felicidad en un álbum de fotos conjunto), hasta el café con leche ha  perdido su aroma y sabor. Y por supuesto no es lo mismo cocinar para una persona que para dos.

A menudo no me reconozco en el espejo, no tanto por el paso de los años en mi rostro o cabellos, como porque mi mirada es pesada y hosca cuando siempre fue intensa y alegre a tu lado. Desconfío de mí misma, de mi propio reflejo, ya que no es más que el vestigio de un pasado relegado al olvido que acorralado en mi cuerpo ni puede regresar ni debe hacerlo, por más que mi mente lo reclame a cada instante. Cada arruga y cada milímetro ojeroso bajo mis párpados es una disculpa que no salió de mis labios a tiempo; un “te quiero” silenciado por mi orgullo; un mañana solitario en la línea de mi destino. Cada minuto que transcurre sin ti es una mancha que mancilla mi karma; un pájaro que perdió sus alas; un ángel que no encuentra el camino hacia el azul cielo de tus ojos; mi brújula-vida que perdió su norte…

Por eso tuve que salir. La casa con cada una de sus cuatro paredes me asfixiaba como nunca y tenía que comprobar con mis propios ojos que lo que se iba contado por el barrio no era mentira. Tenía que corroborar que las flores que cada aniversario llevaba al mismo rincón de la carretera no estaban allí sin motivo, aunque el pretexto resultase equivocado.

Aguardé durante horas, hasta que la nieve me convirtió en un bulto blanco y entonces te vi actuar. Saliste de la nada y con la naturalidad de cualquier otro joven (tu apariencia seguía siendo la de tus treinta años recién cumplidos), al tiempo que un coche se iba aproximando, levantabas el pulgar haciendo la señal del autoestopista.

No quería creerlo, pero allí estabas tú apenas a doce metros de mí y tan distante, tan tú como siempre y a la vez tan diferente. Recé al viento, recé a la nieve, recé a dios porque aquel coche no parase y por que en realidad no fueras tú quien estaba haciendo aquello. Volví a buscar estrellas fugaces que escucharan mis plegarias, pero no hubo manera. Sucedió lo inevitable: ellos pararon y te recogieron. No sé qué les dijiste, pero apenas cien metros más alante el coche se estrelló. Tú resultaste ileso: los muertos no pueden morir dos veces, y desde mi particular palco de honor vi como las almas de aquellos inocentes abandonaban sus cuerpos, ensangrentados e inertes, sin que yo pudiera hacer nada por socorrerlos; extenuada por la culpa de seguir queriéndote a pesar de ser testigo de aquella inexplicable situación y aturdida por no haber evitado el siniestro, ni tu propia muerte en su día.

Desde entonces es así cada noche. Tú sales de entre la niebla y yo pasiva, enmudezco ante el nuevo accidente que sé que va a suceder en unos momentos. Hace mucho que no me contemplo en el espejo y que no pienso en el pasado, pero por fin he comprendido que hay deseos que resultan peligrosos si se cumplen. Ahora simplemente aspiro a conducir una noche por esa carretera, a recogerte, morir de tu mano y a que por fin estemos juntos como siempre debimos estarlo, aunque no haya fotografías que nos ayuden a mantener el recuerdo de lo que fuimos, porque sí, ahora yo soy tan culpable de esas muertes como de seguir queriéndote por encima de todo y merezco fallecer por esta sinrazón que me ata a ti más allá de la vida y de la cordura. Es más, prefiero condenar mi alma compartiendo una eternidad deslustrada contigo, a que mi vida siga su triste curso como lo estaba haciendo hasta hace poco, sin poder formar parte de esa guerra tuya que tienes contra el mundo, pero sobre todo contra mí porque no supe leer la verdad en tus ojos un fatídico veintitrés de diciembre de hace ya casi veinte años. Prefiero mil muertes en mi conciencia y sumar la mía a esa lista negra, si con ella me reconcilio contigo y obtengo tu perdón.

Si lees estas líneas escritas sobre la nieve, antes de que la nevada las borre, acércate a mi coche como lo has hecho en otras ocasiones a otros vehículos y conductores, yo abriré la puerta del copiloto y quizá no tengamos que volver a echarnos de menos nunca más.