Otros locos maravillosos

6 de mayo de 2013

OSCURIDADES SUPERPUESTAS

Desde El Cuentacuentos nos animan no con una frase, sino con una propuesta de vuelta de tuerca sobre Adolf Hitler.

Permanecen a oscuras durante casi todo el día; encerrados a metros bajo tierra, se han convertido en auténticos topos. Hay alguien más con ellos, pero por su parte ellos dos apenas se hablan desde hace días. El único lenguaje que usan es a base de gruñidos o monosílabos. Lo poco que se dicen lo hacen entre dientes, reprochándose el fracaso.  Cuando yacen juntos, sus cuerpos se precipitan con urgencia y egoísmo el uno sobre el otro. Más que amor buscan desahogo. No hay ternura en sus gestos. Ni un ápice de comprensión asoma a sus ojos. La negrura que les rodea se ha apoderado también de sus mentes. De vez en cuando a ella se le escapa algún lamento, pero enseguida se sobrepone (en el fondo siempre fue la más fuerte de los dos, y él lo sabe). Hubo un tiempo en que la complicidad viajaba en las miradas tiernas que intercambiaban entre sí, y tampoco entonces conversaban mucho; pero era otra época, más dulce y halagüeña. Una época de luz para los suyos. Todos son conscientes de ello, pero la evidencia pesa principalmente sobre el ánimo del matrimonio.
Ella le mira suspicaz, con demasiada frecuencia, puede que incluso con asco y hastío.
El 22 de abril fue el principio del fin. Se le nota envejecido desde la reunión de ese día con Goebbels y Krebs. El doctor Haase y la enfermera Erna están muy pendientes de su salud desde entonces y procuran visitarle tanto como pueden.
Al margen de las palabras, los pensamientos vuelan con total libertad, por más que no se manifiesten con voz. Él maldice la fecha del 28 de abril: uno de sus hombres de confianza, puede que verdaderamente el único en quien todavía confiaba, estaba negociando a sus espaldas por medio de la Cruz Roja Internacional. Por eso no le quedó más remedio que ordenar el ajusticiamiento del perrillo faldero del infame renegado, un hombre con quien había compartido los últimos meses de encierro. Eso le hizo recuperar su aplomo, pero el temblor de su mano derecha no le abandona. Tal vez aquella decisión propició el casarse tan súbitamente con ella.
La observa en silencio. Pobre chica ni siquiera sonrió durante la ceremonia. Fue todo tan frío y forzado… De su jura de amor eterno solo fueron testigos Magda y Joseph, o los Goebbels, como ella gustaba llamarles, y su siempre diligente secretaria, Traudl Jungle. Eso le arranca una sonrisa que enseguida huye de su cara. No tuvieron una auténtica noche de bodas. Por todo regalo se dispensaron un modesto desayuno que en aquellas circunstancias, les supo a gloria, pero también a despedida y a miedo.  Lo que Eva no desaprobó aquella madrugada, se lo censura desde entonces con cada palabra que le niega. Y sin embargo, ambos comprenden que fue lo más acertado. Adolf dictó a Traudl su última voluntad en la habitación contigua, cuando debería estar disfrutando de la compañía de su recién estrenada esposa.
De ahí que callen. Si hoy no se hablan no es porque no tengan nada que decirse, sino más bien porque el poner en palabras lo que de verdad opinan el uno del otro, puede romper definitivamente la relación y eso no sería bueno.
Las bombas caen cada vez más cerca. Las sirenas marcan para ellos las horas allí abajo, con la misma precisión que un reloj suizo. Por momentos, desearían acabar ya por fin, con ese encierro. Aunque sea cubiertos con una mortaja. Los dos coinciden en tal pensamiento, pero no se atreven a decirlo en voz alta. La desconfianza impera en sus corazones. Huelen la traición el uno en el otro. Las sombras por las que están rodeados bien pudieran ser esbirros de esa misma traición. Tienen que estar alerta. Por eso siguen juntos. No lo hacen por cordialidad, amor, amistad, lealtad ni pasión.
Él lo sabe y piensa para sí: «Das macht nichts!», tratando de hacerse el fuerte.
Mientras ella, siente que está dejándose marchitar junto a un hombre para el que comienza su declive. Quedan lejos aquellos momentos en que le admiraba sin reparos y confiaba en él plenamente. Ya no ve en su amante al hombre atractivo que conoció. En medio de la ceguera en que se han visto forzados a vivir en las últimas semanas, para ella se está abriendo un nuevo camino que la aleja más y más de los sueños que compartió con él. Un camino de comprensión hacia las víctimas que cayeron injustamente. Aún así, permanece a su lado. A menudo ni ella misma conoce el porqué.
Él a veces, se deja llevar por el optimismo y piensa que estar con él a pesar de todo, es la forma que ella tiene de darle las gracias. Las palabras que no salen de labios de la hermosa mujer que comparte suerte con él, las redacta su cerebro en un intento desesperado por sobreponerse a la pérdida de protagonismo de sus últimos años: «Danke für alles!», cree leer en el silencio de los labios rojos de ella.
Las lamparillas de gas que usan de vez en cuando o la radio, son los únicos objetos que dan tregua a ese oscurantismo en que están sumidas sus vidas. Lástima que no les brinden también esa claridad mental que les pueda llevar a la libertad o a entregarse. Tanto da una alternativa como la otra, cuando la causa en la que tanto creyeron ya está perdida.

EPÍLOGO

2 de diciembre de 1977

Hoy es tan buena fecha, como cualquier otra para hacer confesión, pues hace mucho que renuncié a mi puesto de líder. Y no creo que nos reste mucho tiempo a mí o a Eva, mi pequeña, bella y querida señorita Braun. ¿Qué fue de nosotros? ¿También a ti te cuesta rememorar aquellos días siniestros? Mi mano derecha tiembla a cada instante, en recuerdo del amor que tuve un día por mi patria y por ti, pero ahora todo está demasiado lejos. Se desdibuja en mi memoria con la patina de la desilusión. Mi corazón bombea muy despacio estos días, avisándome quizá de la cercanía de mi muerte y hay quienes confían en mi regreso. El mundo merece saber la verdad, por eso lo hago.
Al amanecer del 30 de abril de 1945, mi esposa y yo morimos oficialmente. En realidad todo fue un ardid mío. Ni lo que tomé era cianuro, ni la Walther PPK manchó de sangre mi rostro como se dijo. Todos los que nos ayudaron lo creyeron firmemente. Así que el engaño fue total. Hay drogas que si se combinan entre sí, ralentizan los latidos del corazón, hasta casi hacerlos inaudibles. Eva tenía su dosis de antídoto y yo la mía. Mis hombres no mintieron por tanto, salvo en lo de que quemaron nuestros cuerpos con gasolina, eso no sucedió jamás.
Destinados a un exilio lejos de los nuestros, con nuevas identidades y aspecto diferente, al principio huimos como polluelos asustados acosados por los coches al intentar cruzar la carretera; luego el silencio fue el más fuerte de los chantajes para exigir que nuestros labios permaneciesen mudos a lo largo de los años. A veces me parece que los años han transcurrido en un solo instante y en otras ocasiones es como si el tiempo se frenase dolorido por la vejez de sus propias articulaciones.
Los polos opuestos que un día se atrajeron, se repelen hoy con la misma intensidad de entonces. Yo persigo la idea de un “Cuarto Reich”, aunque sea a expensas mías; en cambio, ella desea regresar a visitar las tumbas de sus padres, mientras llora por un  vientre yermo ya por la edad, del que nunca ha nacido un pequeño con que alegrar el vacío de nuestros días. Cree que no lo sé, pero nadie como yo la conoce mejor, y nadie como yo ha llorado tanto por su penar. A mi manera todavía la quiero y creo que ella en el fondo también, aunque su orgullo impida reconocerlo.
Ojalá nuestros labios se desprendan del cerrojo que aprisiona tantas verdades en la puerta de nuestras bocas, y nos sinceremos por fin. Quizá con un simple: «Auf wiedersehen!» o un «Bis dann!» rotundo bastaría para hacernos libres de verdad. Libres de la impostura en que vivimos, fingiendo ser auténticos compañeros, cuando en realidad somos perros de presa que buscan el momento propicio para atacarse.
Adolf Hitler.

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