Otros locos maravillosos

16 de marzo de 2014

CONOCIENDO PAU, CAPITAL DE PIRINEOS ATLÁNTICOS, (FRANCIA)

Ayer me lancé a la aventura de realizar una pequeña excursión a esta maravillosa ciudad, del sur de Francia. Y si tengo ocasión repetiré la experiencia, aunque no sea a este destino, a cualquier otro que me convenza. Hube de madrugar, pero no es algo que me importe demasiado. Abandonar Bilbao por unas horas y hacer el esfuerzo de conocer gente nueva (tengo que romper con mi timidez sea como sea), y sobre todo ir a un país extranjero, fueron para mí la mayor recompensa. El viaje lo hice sola. Lo cual ya era de por sí un atractivo añadido. La salida, aunque con cierto retraso respecto a la hora prevista, se hizo desde la Plaza Moyúa, de allí pasamos a recoger al resto de viajeros al segundo de los puntos de recogida: Plaza Zabalburu.

Disfruté mucho, y ello me ha servido para animarme a estudiar francés y a retomar los otros cursos de idiomas que siempre voy aplazando o dilatando en el tiempo. Desde luego, soy consciente de las dificultades para dominar un idioma, pero me bastará con chapurrear y comprender, algunas expresiones básicas del francés (el resto vendrá con el tiempo. Espero), y ése será por tanto, mi objetivo en próximos meses, así como el de viajar tanto como pueda, en pequeñas excursiones de este tipo. 

Tuve suerte con algunos de los compañeros, pero no con la que debiera haber sido mi compañera, en el asiento de pasillo: una chica de unos cuarenta y tantos, que ni se dignó a sentarse a mi lado (ignoro el motivo) y que prefirió ocupar uno de los escasos lugares libres de nuestro autobús (se fletaron dos y el nuestro era el segundo). Sí hablé, en cambio, con un matrimonio de unos cincuenta y tantos, acompañado por una amiga -según supe más tarde son de mi mismo barrio- y con algunos excursionistas más. En general todos gente muy agradable. Así que puedo afirmar con total rotundidad que, salvo por ese incidente, la vivencia de ayer en tierras extranjeras fue estupenda.

En general la excitación de viajar al extranjero (primera vez en mi vida, pues mis incursiones en Portugal no las cuento, como tales) y hacerlo sola, hizo de éste un viaje muy especial para mí. Necesita hacer algo así, por mí misma. Supongo que para reafirmar mi personalidad, después de las decepciones que he vivido a lo largo de todo el año pasado y parte de éste, pero en esencia sigo siendo la misma pazguata de siempre. Y ello quedo patente, en la pequeña parada de descanso que hicimos poco antes de abandonar España. Es curioso lo ingenua que puedo llegar a ser a veces... En fin, el caso es que, me di de bruces con el problema del idioma, en cuanto llegamos a aquella estación de servicio, a escasos kilómetros de la frontera con el país vecino, pues algo tan sencillo como pedir un café en la máquina de vending, me devolvió a la realidad: no sabía si lo que había pedido era un café con leche, azucarado o sin azúcar. Parece que acerté en mi elección, pero no nos engañemos, fue más suerte e intuición (gracias al dibujo del botón) que a la comprensión lingüística, de aquellas escasas palabras en un idioma que me es totalmente ajeno. Por supuesto, aquella sensación de triunfo no duró demasiado, pues ojeando las estanterías de por allí: repletas de libros (uno de mis vicios, como ya sabéis), descubrí que efectivamente no iba a entender ni una palabra de lo que me dijeran en aquel lugar ni durante las próximas horas. Aunque un poco asustada, decidí que aquello no me empañaría el día. Y no lo hizo, desde luego. Salí al exterior con mi café aún sin terminar y exploré un poco los alrededores (allí saqué las primeras fotos). Una estatua gigante de un peregrino y grandes losas de piedra con la bandera de un país a un lado y su nombre francés en otro, daban noticia de la internacionalidad de aquel lugar de paso.

De vuelta a mi asiento 38 (ventanilla), tercer asiento desde la escalera del fondo, y obviando mi imprudencia por no haberme hecho con una pequeña guía de francés que me permitiera comprender, o al menos hacerme entender con los vecinos del norte, a partir del peaje toda mi obsesión fue tratar de descubrir en el paisaje indicios de ese paso de un país a otro. Por supuesto las nubes eran las mismas, al igual que las hierbas o las flores, y los verdes tampoco resultaban muy diferentes de los que tenemos por aquí. Los únicos signos de aquel tránsito estaban en las señales de tráfico y en la forma de los tejados. Si os soy sincera, tuve intención de fotografiar alguna de las más visibles: los "ceda el paso", pero al final no lo hice y no he tenido suerte en mi búsqueda en la red, para colgar alguna por aquí; el rótulo en cuestión decía algo así como: "Permettre le passage". En cuanto a los tejados, aunque no todos cumplían con esa condición, la gran mayoría en vez de tener dos vertientes totalmente rectas, acababan en una especie de alerón de líneas ligeramente curvadas. Tampoco tengo fotos de las pequeñas y encantadoras casitas que encontramos a ambos lados de la carretera, para ponerlas como muestra de lo que os cuento.

La entrada al municipio de Pau, es tan corrientucha como la de cualquier otro, aunque sí pudimos intuir en parte, las grandes diferencias entre uno y otro país: en uno de los múltiples parques de la ciudad (se jactan de ser uno de los lugares con más metros cuadrados de zona verde por habitante, y he podido comprobar que no les falta razón, la verdad), niños de todas las edades practicaban con sus bicicletas, trial. Sin duda pertenecían a algún club, pues todos llevaban el mismo equipamiento en tonos azules y blancos. A todos nos encantó ver a niños tan pequeños, apenas de cuatro años, sorteando montículos y obstáculos con más o menos tino, y estoy convencida de que muchos nos hubiéramos bajado allí mismo para disfrutar del espectáculo y sacar fotos. Otro hallazgo que llamó nuestra atención fue la curiosa fachada de un edificio de viviendas, cuyos balcones tenían forma de grandes hojas lanceoladas y que en las fachadas laterales formaban parte de una especie de tallo gigante. Sin embargo, no habíamos llegado aún a nuestro destino del todo, así que aún en el autobús, avanzamos hacia la zona turística, por así decirlo. 

En cuanto hicimos el cambio de sentido, junto al lavadero de coches, pudimos ver en casi todo su esplendor, el castillo-palacio que corona la ciudad. Se cree que antes del siglo XI, existiera ya en ese emplazamiento, una primera construcción defendida por una empalizada de madera. Y la palabra "pau", de hecho, en lengua occitana, significa: empalizada de estacas. Son muchos sus siglos de historia y lo que comenzó siendo una fortaleza, conocida como de Gaston Febus, se convirtió en palacio, con el espíritu del renacimiento. Durante nuestra visita guiada por su interior a la tarde (era opcional y yo sí la cogí con mi paquete de viaje), se nos explicó que su escalinata principal, fue la primera escalera recta construida en Francia dentro de un castillo y esa innovación, junto a la de las cocinas, el patio de honor (recibe actualmente al visitante, pues el acceso principal está siendo restaurado) y el balcón del ala sur con vistas hacia los Pirineos, constituyen algunas de las mejoras que el Renacimiento trajo consigo a este edificio, de mano de Enrique de Albret y su esposa, Margarita de Angulema (hermana del rey de Francia, Francisco I), y cuyas iniciales se ven por todas partes en el exterior del edificio. Lo cual no deja de ser paradójico, pues quien dio verdadera fama al lugar, fue Enrique IV, pues nació en una de sus alcobas, y lo que es más insólito: según la leyenda, su cuna fue un gran caparazón de tortuga marina. De hecho, tuve oportunidad de verla, pues una vez dentro, la visita al rincón donde está expuesta resulta ineludible (os pongo la foto, pero no se permitía el flash y no es muy nítida). Hubo otros habitantes ilustres también entre sus muros, siglos después, como Napoleón III y Eugenia de Montijo. Precisamente por ella pasaron a llamarse así ciertos aposentos, que años antes fueron acondicionadas por Luis-Felipe para su esposa, pero que no llegaron a disfrutar, pues jamás estuvieron en Pau.

Permitidme, de todas maneras, que no me extienda mucho más con las explicaciones sobre el Castillo-museo de Pau, pues, hay muchos más puntos que visitar en esta pequeña ciudad y cosas que ver. Muy cerquita del palacio están el Parlamento de Navarra, y junto a él, pared con pared, el antiguo Hotel Gassion, con la Iglesia de San Martín (la menciono más adelante) y que junto a su fachada sur, tiene un imponente monumento a los caídos (hay varios homenajes con esta temática en la ciudad). Nadie puede estar en Pau, sin caminar por Le Boulevard des Pyréneès, un paseo que recorre la ciudad de oeste a este y desde cuya balconada se ven en dirección sur los Pirineos, y al norte numerosos edificios o plazas (así encontré una tetería muy curiosa, su terraza son sillas playeras y está orientada a los Pirineos); caminando por él, tendréis oportunidad de conocer La Place Royale donde podréis coger, más por curiosidad que por verdadero interés en su recorrido, el funicular gratuito, por cierto, junto a la parada en su parte baja encontraréis unos baños públicos gratuitos. Volviendo al bulevar, al fondo, está el espectacular Parc Beaumont (parque donde se ubica, a su  vez, el Palais Beaumont,en la actualidad, usado como palacio de congresos), merece la pena recorrer este parque, pulcramente cuidado (muchas de las fotos que hice ayer son de allí); en él me llamó mucho la atención el tamaño de algunos de sus árboles, seguramente centenarios, pero sobre todo las curiosas bolsas (al principio creí que contenían semillas y esquejes de los ejemplares más ancianos), pero que parecen contener algún tipo de herbicida o algo similar (no he tenido ocasión de saberlo a ciencia cierta).

Si visitais algún día, la ciudad, no dejéis de ir tampoco, a la iglesia St. Martin, que alberga en su interior, un impresionante y riquísimo baldaquino tras el altar mayor, un espectáculo para los sentidos, la verdad. Y si os apetece, tras visitar su interior, en la plaza que la rodea, coged el autobús gratuito que recorre la ciudad, tiene parada en el Lycée Louis Barthou, o en Gonzague, donde radica la iglesia de St-Louis De Gonzague. También conviene visitar el Musée des Beaux Arts o el Musée Bernadotte (la casa donde nació el soldado raso al que más tarde Napoleón nombró mariscal, y que posteriormente fue rey de Suecia en 1818). Le place Cleménceau, una de las que cuenta al menos al primer golpe de vista, con menos zona ajardinada, pero que es territorio de Galleries La Fayette. Impresiona comprobar en cada punto esa convivencia perfecta entre edificios modernos y palacios o casas más pequeñas. Pocas ciudades pueden hacerlo con este equilibrio tan virtuoso.

Y, descuidad, no os canso más. Os compete a vosotros decidir cuándo vais a añadir a esta pequeña ciudad en alguno de vuestros viajes.

























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