Otros locos maravillosos

26 de marzo de 2012

SECRETOS DE FAMILIA


Propuesta de Eolande para El Cuentacuentos: en una habitación con tres personas, se produce un disparo.

 

Hay secretos que conviene no ser revelados nunca. No obstante, por todos era sabido qué encerraba aquel cajón del mueble, situado entre una de las imponentes estanterías y la puerta de la biblioteca. Desde el preciso momento en que murió el abuelo, el contenido de aquella cajonera se nos reveló año tras año a cada uno de nosotros, una vez que cumplimos la mayoría de edad. Eso sí, el mensajero siempre fue el mismo: la abuela. Quizá lo hizo para disuadirnos de intentar algo contra ella en el futuro, o para mostrar su plena confianza en su extensa y variopinta familia. Fuere como fuere… todos sabíamos perfectamente que allí se guardaba cargada, la vieja pistola del abuelo, y que aunque estaba bajo llave, había una copia de ésta tras el primero de los libros de la segunda balda comenzando desde la parte más cercana a la cómoda. Por lo que yo sé, aunque desde la muerte de su dueño no había vuelto a ser usada; pero al menos una vez al año la abuela llamaba a un experto armero para que la bruñera y la mantuviese en perfecto estado. Esos eran los únicos días en que aquel infernal artilugio dormía fuera de la casa. ¡Extraño fetiche el de mi abuela! 

(***)


Yo quería mucho a mi abuela. Siempre ha sido así. De hecho, tengo muy buenos recuerdos de mi infancia en aquella casa, junto a ella y al abuelo Antonio. Quizá sean los mejores veranos de toda mi vida. En julio mis hermanos, mi madre y yo estábamos a solas con ellos dos, y en agosto se nos unía mi padre. Fueron tiempos muy felices. Esporádicamente durante esa larga estancia allí, también nos visitaban algunos de mis tíos y primos. Era divertido poder jugar con tantos niños. A los abuelos les encantaba “tener la casa llena de criaturas”, y no se cansaban de reír o jugar con nosotros, como dos críos un poco más grandes, pero algo más lentos de reflejos. Nos consentían hacer casi de todo, salvo entrar en la biblioteca si no lo hacíamos con adultos. No comprendí esa norma tan estricta hasta mis dieciocho años. De todos modos, a los tres hermanos nos encantaban los cuentos y éramos lectores habituales; por tanto, cuando pedíamos poder ir a la biblioteca era porque queríamos leer alguno de los muchos volúmenes que reclamaban nuestra atención desde las baldas o porque queríamos que alguien nos contase una historia. 


En las tardes lluviosas los relatos que más agradecíamos eran los de terror o aventuras. Con el tiempo descubrimos que si mis padres se enteraban de que nos habían contado un relato de miedo, reñían al cuentacuentos que, casi siempre resultaba ser el abuelo; así que solíamos ponernos de acuerdo y decir que nos había contado alguna anécdota de cuándo estuvo en la guerra o de cuándo era joven. En el fondo creo que siempre supieron por nuestras caras de qué tipo había sido la historia, y aquello era más una pantomima pactada de antemano que una verdadera riña. A veces la abuela Berta les seguía la corriente y otras prefería mantenerse al margen, pero siempre intercambiando miradas y sonrisas cómplices con su querido esposo. Éste, mientras, aguantaba el rapapolvo sin rechistar, como un colegial al que amonesta con razón el maestro y es consciente de su culpa.

Es curioso pensar que tanto para los pequeños como para los adultos de aquella casona, el mayor de todos los peligros acechaba en el cajón de un mueble apoyado contra una de las paredes de la biblioteca. Un lugar aparentemente tan tranquilo e intelectual, escondía un secreto familiar, que en el fondo nunca lo fue, porque siempre se compartió con al menos dos personas. Supongo que por eso cuando la policía nos avisó de lo ocurrido, aquello no me llegó a sorprender tanto como cabía esperar. No es que lo hubiera deseado, pero sí es cierto que, de algún modo todos habíamos temido que algo así sucediese tarde o temprano.

Aquella tarde Ricardo y yo íbamos a ir al teatro y después pretendíamos celebrar nuestro aniversario con una bonita cena romántica. Era la primera vez que yo me separaba de mi bebé y se me hizo muy duro decidirme. Yo insistía en la pereza que me daba salir con aquella lluvia tan intensa. Pero entre Ricardo; el odioso tío Eusebio, hermano menor del abuelo, hombre que además siempre vio en mi abuela una rival y que se había sentido ultrajado por lo que mi abuelo estableció en su testamento (especialmente interesado en que nos fuéramos esa tarde), y por supuesto la abuela, me convencieron tanto de lo divertido que podría ser como de la necesidad de pasar ambos unas horas juntos sin preocuparnos por el niño. Por si acaso, les dejé todo tipo de instrucciones a los dos, y di a Marta, la chica que solía cuidar a la abuela, un par de teléfonos de urgencia. Marta estuvo con los dos ancianos hasta cerca de las once de la noche y marchó hacia su casa en coche: fue ella la que puso el último pañal al niño antes de acostarle. Cuando ella hubo marchado, en la casa sólo quedaron los dos ochentones y mi pequeño. De vez en cuando, alrededor de la silla de ruedas de la abuela, Jonás, el orondo gato persa de mi abuela, bautizado así porque de cría casi se atraganta con las espinas de un pescado como si se hubiera tragado una ballena, en vez de ser tragado él por una como el Jonás bíblico, revoloteaba alrededor de uno y de otro. Probablemente celoso de las atenciones que acaparaba mi precioso niño de doce meses.

Cuando creyeron al niño dormido; la abuela como cada noche, quiso acercarse a la biblioteca por comprobar que todo seguía en su sitio y a leer unas páginas de un libro al azar. Le encantaba hacer aquello, pues para ella era como un pequeño ritual. Pidió a su cuñado Eusebio que la acompañara; pero antes de eso la abuela echó un vistazo en la cocina y en su dormitorio, situado al igual que el nuestro, en la planta baja, aunque hacia el final del pasillo en el extremo opuesto. Encontró una de las ventanas abiertas, la tarde había sido de lo más ventosa. Pidió a Eusebio que la cerrase por ella. Fueron apenas unos minutos los que tardaron en hacer el recorrido. Mi tío abuelo, por su parte, como se le había pedido, cerró la ventana y después transportó la silla hasta la estancia donde se hallaba la biblioteca, manteniendo siempre la compostura, por más que fuera innecesario disimular entre ellos la animadversión que se profesaban. Jonás les aguardaba allí desde hacía un rato, con la mirada insolente del animal mimado que se cree con derecho a cualquier capricho. Dejaron la puerta de acceso, tal y como se la habían encontrado, entreabierta, según contaron más tarde para escuchar al niño por si lloraba en la habitación contigua; sin embargo, no esperaban tardar mucho: apenas un cuarto de hora, veinte minutos a lo sumo, pues ambos estaban agotados. Mi abuela, sagaz como pocas personas, era capaz de detectar hasta la más leve alteración en la alineación de un libro o descubrir que algo faltaba en la abarrotada sala con un simple vistazo. Y en esa ocasión también lo supo. Sin necesidad de abrir el cajón, adivinó que la pistola no estaba en su sitio... Alguien la había cogido de allí. El cajón aparentemente intacto no presentaba la cerradura en la posición de cierre. Fingió no darse cuenta de ello y como si nada, se acercó a una de las estanterías para coger como cada noche un libro al azar de los cientos que allí se podían disfrutar. Sus ojos, atentos a Eusebio, percibieron a pocos metros de ella, junto a una de las mesillas aledañas al cómodo sofá de tres plazas en que solíamos sentarnos de pequeños a escuchar nuestras historias favoritas, el arma. Jonás estaba peligrosamente cerca. La impedida mujer quiso mirar a su espalda, pero de repente la luz se apagó. Un trueno ensordecedor con el que temblaron la lámpara de araña del techo y los cristales de las ventanas, fue el aviso previo. No hubo tiempo de gritar, porque la detonación fue inmediata.

(***)

Cuando recibimos la llamada de la policía, inicialmente nos pusimos en lo peor. Luego nos fuimos calmando un poco, a medida que nos iban explicando por teléfono la secuencia de acontecimientos. Aun así llegamos sumamente alterados. Yo mucho más que Ricardo. La incertidumbre de no ver cómo estaban todos y el funesto presagio hecho realidad me sumieron en una especie de inconsciencia mecánica. En estado de shock. No podía ni quería tranquilizarme. Me conmocionó aún más ver tanto vehículo de policía en los jardines de la finca. El hecho de tener que identificarnos para que se nos concediera permiso para entrar en la casa, no mejoró mi estado de nervios. Entré como una exhalación en la vivienda. Llorosa y totalmente alienada. Pronunciando las palabras: “mi bebé”, como un mantra, me encaminé sin pensarlo hacia la biblioteca, puesto que de allí procedían luces y voces. Avancé por el pasillo como si alguien me persiguiese. Ni siquiera escuché a Ricardo, que iba unos pasos por detrás, tratando de tranquilizarme, ni noté cuando el inspector me agarró del brazo izquierdo reteniéndome para saber quién era aquella histérica y quién de sus hombres la había dejado pasar. Sólo me importaba: verles sanos, sentir su pánico y compartirlo con ellos. En mi fuero interno confiaba que alguien ajeno a la familia fuera el culpable de la situación.

Lo declararon un crimen por imprudencia temeraria, pero eso sí un crimen frustrado, pues no hubo muertos. Tampoco culpables. La única persona de la casa que hedía a pólvora era mi pequeño, aunque tras el corto apagón quien sujetaba la pistola era Jonás, único de los presentes en la casa durante la desgracia, que resultó herido. “Sin duda, el niño se había logrado escapar de la cuna y mientras su abuela y Eusebio se dirigían hacia el lado opuesto de la planta principal; él aprovechó a explorar el mundo, llegando así a la biblioteca”, nos explicaron los agentes. “En cuanto al asunto de la localización de la pistola, señora, puede ser que estuviera de antes sobre aquella mesilla, hecho poco probable si alguien tenía intención de asesinar, o quizá escondida bajo alguno de los cojines del sofá, una de las versiones más creíbles”, trataban de asegurarme. “Una vez allí, bien Jonás bien David, la encontró”, siguieron explicando, como si me importase acaso su reconstrucción de los hechos... Sea como sea, todos en la familia sospechamos que el revólver lo sacó Eusebio de su emplazamiento original, pero no hubo pruebas definitivas que lo incriminen y nunca pudimos demostrarlo. Tuvo la suerte de morir de infarto a las dos semanas de suceder aquella pesadilla. En el pueblo las malas lenguas dicen que envenenado por alguna de las plantas que mi abuela atesoraba en su jardín o en el invernadero. Yo en particular… no sé qué creer al respecto.

Han pasado muchos años desde esa noche, la más angustiosa de mi vida, y no he vuelto jamás. La abuela se negó a pesar de todo a deshacerse de la pistola, para lo que tuvo que solicitar ciertas licencias y permisos. Marta se hizo cargo de ella desde entonces y el albacea del testamento de mi abuela, cumpliendo lo establecido en su última voluntad, la nombró heredera universal. Tampoco me importó, no nos importó a ninguno. Yo quise a mi abuela no por su dinero, sino por ser quien era. Desgraciadamente en algún momento de nuestras vidas, las prioridades de una y de otra cambiaron y nos alejaron de manera irreversible sin habernos percatado de ello. Fue una lección muy dura… la más dura de todas.

18 comentarios:

  1. Primera lectura realizada, pero sin éxito por mi parte, porque ha habido algunos pasajes en los que no me he enterado demasiado. Mañana por la tarde volveré a leerlo (quizá con la cabeza más clara), y te haré un comentario como Dios manda.
    Por ahora, aunque no me haya enterado de mucho, me ha gustado el ritmo y el estilo. Quizá hay algunas palabras que se repiten estando muy próximas, pero nada que tú no puedas remediar con un segundo vistazo antes de publicar, no??? :)
    Lo dicho: mañana mi veredicto final.
    Buenas noches.
    Besotes!!!

    Hell.

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  2. Concuerdo con el comentario de arriba... de aigual forma mi cabeza no anda aqui (salgo de un examen de tres horas y estoy muerto)Pasaré luego para leerlo al 100%

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  3. ¡Pufff! Lo escribí en el último momento y a pesar de repasarlo, es muy posible que se pasara algo por alto. ¿Da problemas otra vez el "Sigue leyendo"? ¡No me lo puedo creer. Lo edito...

    Gracias a los dos. Besotes.

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  4. Os pido disculpas a ambos. Ciertamente el texto requería un nuevo repaso. Supongo que me emocionó la idea de publicar y no revisé como era necesario. Creo haber hecho los cambios pertinentes y he suprimido lo de "sigue leyendo" (jamás me funciona esa opción).

    Por cierto, Hell, señálame en qué pasajes te has perdido por favor. Quizá tenga que reescribirlos.

    Te agradezco mucho la sinceridad de que estás haciendo gala. Besotes.

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  5. Al leerlo ayer no perdí el hilo de la trama,hasta el momento en que llego a la escena de como el arma y Jonás se encuentran. Creo que es el eslabón mas débil de la historia, de una gran historia que deja en suspense final su resolución, fue un disparo accidental en su acto pero precedido de intención tal vez criminal tal vez solo eso intención.
    Pero alrededor de ese hilo que tiene a la pistola como elemento central, realizas una muy buena ambientación de época y relaciones familiares, donde el escenario, las costumbres y tensiones internas van desvelando el misterio del caso.

    Un abrazo Sechat

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  6. Gracias, Carlos, reviso esa parte del texto. La verdad es que se me venía el tiempo encima porque el lunes me iba a resultar imposible conectarme y bueno a veces las prisas no son buenas.

    Besotes.

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  7. Ok!
    Te dejo MP en NJ!!!
    Cambio y corto!
    XDDD

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    1. Gracias, guapo, siempre me ayudan mucho tus comentarios. Besotes.

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  8. No se si cuando he leído la historia ya la habías revisado.Lo cierto es que no me ha costado entenderlo ni cogerle el hilo. Es curioso como a medida que me acercaba al desenlace mi lado oscuro esperaba un final trágico y truculento. Me he alegrado, y mucho, de equivocarme. Escribes un relato que, parecíendose a un pasaje novelado, está cargado de realismo. Estoy convencida de que esos secretos de familia se repiten más de lo que pensamos. Me ha gustado mucho Sechat.

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    1. Gracias, María, me llama la atención que menciones lo de pasaje novelado, porque mientras lo escribía yo lo sentía como tal je, je.

      Besotes.

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  9. Historias de familia. Estoy de acuerdo con María Sur. Da gusto equivocarse cuando llegas al final de un relato y crees saber por donde va.

    Un saludo cuentacuentos.

    http://www.utopiadesueños.com.es

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    1. Gracias, Juan, me alegra saber que en cierto modo os he sorprendido. No quería que el final resultase previsible.

      Besotes.

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  10. Me sucede a menudo y es que creo la idea en mi cabeza pero son notorias mis carencias en el momento de llevarla al papel, a veces suena la sirena y acierto :), pero en esta me falta ese puente que permite al lector saber que idea tenía en mi mente. Y es que es la pared quien narra el relato, y ella es testigo de un crimen, lo que sucede es la bala que mata a la persona atraviesa su cuerpo y queda frenada en la pared.
    Lo dicho, un caso :)

    Un abrazo!

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    1. De caso nada, Carlos, la idea es realmente buena y original. Además tu relato tiene mucha fuerza. A mí me gusta.

      Besotes.

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  11. Me gustó bastante como has construido el momento, empezando por el pasado hasta punto en el que valía la pena pensar en deshacerse del arma. Y también me gusta como la abuela es incapaz de tomar esa decisión.

    Saludos!

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    1. Gracias, Arwemeressea, después de todas las revisiones que tuve que hacerle a raíz de los comentados aciertos del bueno de Hell, es un placer comprobar que al menos no disgusta al lector.

      Besotes.

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  12. ¡Menuda historia! :O

    P.D: muchísimas gracias por avisarme de mi error; lo hice por algo personal... ¡Je,je! Se me cruzaron los cables... xD Menudo despiste pero, ahora lo corrijo.

    Bona nit :)

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