Otros locos maravillosos

2 de junio de 2012

Estrellas de mar


Frase de Angelical para El Cuentacuentos: "No hay nada como un buen principio."
No hay nada como un buen principio. Por más que nosotros, sepamos que si alguien nos descubre daremos de seguro con nuestros huesos en la cárcel, resulta muy excitante, casi se podría decir que salvaje y atractivo… elegir a nuestra víctima y desplegar nuestro instinto hasta hacerla caer en nuestras redes.

No es tarea fácil, no obstante, y requiere meticulosidad, entrega y convencimiento. El objetivo ha de estar claro en todo momento, además uno ha de ser sincero consigo mismo y conocer sus propios límites. Pues, si la víctima es demasiado desconfiada o corpulenta el juego puede acabar antes de haber comenzado. Grandes asesinos hubieron de abandonar prometedoras carreras por sobrevalorar sus posibilidades.

El aspecto tiene especial relevancia en esos primeros instantes de contacto visual. Cuanto más anodino sea nuestro rostro, más desapercibidos resultaremos para la víctima y menos costará ganarnos su confianza. Tenemos que ser habilidosos con nuestro disfraz.

Por ejemplo, yo bajo mi inocente apariencia de monitor de actividades para ancianos, guardo un cuerpo atlético y cuidado, que nadie adivinaría que tengo, esculpido a base de duros entrenamientos diarios en un gimnasio cercano. Tras mis enormes gafas retro suele serme muy sencillo aparentar ser ese hombre de mediana edad que se gana la vida con un estúpido trabajo que nada tiene de estimulante; mis años como maquillador teatral son de gran ayuda, por supuesto. Sólo yo sé, en cambio, lo mucho que anhelo conquistar el corazón de una de esas frágiles ancianas, víctimas de estafas tan pueriles como la del falso fontanero o revisor del gas. Lo nuestro es algo más elaborado. La refinada tarea del esmerado traductor que interpreta la soledad de esas personas y la reconduce dispensándoles la magia de una cita amorosa que invariablemente acaba en tragedia, lejos de cualquier mirada indiscreta. El amor es algo tan esquivo y frágil… Tan intangible. Tan sin forma… Mientras ellos, aunque debería hablar de ellas, sueñan con un amor sin barreras, un amor sensorial y tierno; nosotros, yo, al menos, amamos el dinero por encima de todas las cosas. El amor mueve el mundo sin duda, pero lo que nadie especificó es qué tipo de amor es el que lo mueve.

Lo de Emilia ha sido tan vulgar como previsible. Está ansiosa por posar sus arrugados labios sobre los míos. Yo sabía que le gustaban los hombres con bigote y su riqueza coincide con mis intereses, esos datos me bastaron. El resto de su ficha lo dice todo: abandonada desde hace años por sus propios hijos en una residencia de día, no recibe visitas. Coincidí con ella durante una de las actividades y surgió el flechazo: supe de inmediato que ella sería mi víctima número treinta. Un número redondo para mi aniversario en el campo criminal. Coqueta como muchas mujeres a su edad, empecinada en quitarse tantos años como le permiten las patas de gallo, las arrugas y su dentadura postiza, juega a ser la reina en la pista de baile o la princesa de un corazón supuestamente afligido como sí es el de ella. Este traje con olor a alcanfor que llevo puesto la gustará seguro. Afortunadamente no tendré que aguantar mucho su apestoso aliento cerca de mí. Me ha invitado a comer en su casa. Algo cándido que estimulará mi cortesía y buenas maneras.

—Pasa, querido, te estaba esperando.
«¡Vaya por Dios, se ha pintado los labios. Quizá éste no sea un encuentro tan inocente como quiso hacerme pensar»
—Estás muy guapa hoy, Emilia—siempre se me dio muy bien mentir.
«Apesta a linimento.»
—Pasa, no te quedes en la puerta. ¿Quieres tomar algo? ¿Quizá un brandy? A mi difunto esposo, le encantaba.
—Sí, un poco no me iría mal.
«Vaya con la ancianita, al final va a resultar no ser tan aburrida. Yo diría que me quiere emborrachar.»
—Aquí tienes. La comida estará enseguida. Si no te importa iré un momento al baño. Me quiero arreglar un poco.
—¡Ay, Emilia! Si estás hecha un pincel.
—¿Tú crees?
«¿Me ha querido tocar la mano o iba directa a mi paquete?»
—Espérame, por favor. Enseguida vuelvo. Hay discos por ahí, de los de nuestra época. Ya sabes de cuando había quioscos en cada barrio. ¿Te acuerdas?—sonríe—Pon el que quieras.
«Como para no… siempre iba con mi abuela.»
—¡Qué picarona eres, Emilia! No te creía tan bailonga.

Me acerco a la estantería y cojo al azar el primer disco que encuentro. Finjo entusiasmo al oír los primeros compases del pasodoble, y hasta doy unos pasos de baile, pero me mareó y tropiezo. La vista comienza a fallarme.

—¡Hola, ya estoy de vuelta!

La voz de Emilia suena extremadamente melosa, incluso yo diría que más juvenil… Estoy en el suelo, pero apenas tengo fuerzas para girarme y contemplar a quien me habla desde el otro lado de la estancia. Algo no anda bien. Debería ser Emilia la que se sintiera indispuesta y no yo. ¿Qué me sucede?

—¿Te acuerdas de mí?

La mujer que se me acerca tiene cincuenta años menos que Emilia. Es morena y hermosa, pero con un vago parecido a ella que me resulta inquietante. Se contonea divertida, mientras yo pido con gestos que me ayude y me libere de la corbata. Me ahogo. Sus generosos pechos me saludan desde su corpiño negro. Empiezo a comprender…

—Nunca he sido partidaria de la tortura, pero he de admitir que ha sido divertido por una vez romper mis propias normas.

Se abre el corsé y me enseña unas cicatrices tremendas. No puedo evitar una erección. Mal momento sin duda. Ella lo nota y se ríe con más ganas que antes. Su risa suena cruel.

—¡Pues sí que eres goloso, sí!

Me coge la entrepierna con fuerza. Me aprieta con tanta intensidad que por un segundo casi no recuerdo que me estoy asfixiando.

—Creías que los muertos quedaban enterrados para siempre, ¿verdad? Tal vez bajo toneladas de arena—. Se acerca hasta otro rincón de la sala y coge un pequeño objeto de cristal que no logro distinguir.
—¿Te acuerdas? Lo compramos en Cádiz.

Reconozco de inmediato un souvenir que compré hace muchos años, cuando aún no me había convertido en quien soy ahora y tenía otra identidad. Mejor dicho, cuando dejé definitivamente de ser quien había sido hasta entonces para iniciar mi andadura como experto en mentes criminales. En aquel viaje aún era un chico con ganas de exprimir la vida. Un chico con su novia. Un buen estudiante al que se le fue la mano con ella. ¡Las cicatrices! Me retuerzo en el suelo entre espasmos, dolor y mi propia sangre.

—Veo que te he refrescado la memoria. Me alegro. Ahora serás tú quien contemple de cerca las estrellas de mar y los corales—tapa de nuevo su pecho, ocultando las feas marcas que yo le dejé—. No fue fácil —continúa diciéndome—. Durante años viví en la pequeña cabaña de un pescador que me encontró a varios kilómetros de donde tú me dejaste. Me trató como a una hija, pero yo anhelaba recordar. Luego cuando recordé sólo quería venganza. Ha sido mucho tiempo de pesquisas y de desechar pistas falsas.

No logro escuchar ni una palabra más de lo que dice. Mis ojos empapados en lágrimas y dilatados como nunca purgan por insuflar aire a mi cuerpo, como si respirase a través de ellos, en un intento desesperado. Siento cerca de mí un olor familiar. Un olor que en muchas ocasiones me ha dispensado meses de opulencia. Un olor inconfundible que sé que acabará conmigo en unos instantes. Olor a gas butano.

5 comentarios:

  1. Tras varias semanas de silencio en mi blog, por fin logro romperlo escribiendo esta historia. Quizá un poco floja, pero un relato al fin y al cabo. Lo necesitaba de verdad. Espero que no os desagrade.

    Besotes.

    ResponderEliminar
  2. Me alegra tu retorno a la escena bloguera haciendo añicos ese tiempo de silencio! Pero sobre todo me quedo con tu ilusión siempre por escribir haciendo que los momentos así sepan mucho mejor tras la lucha.
    Y me encanta tu relato, el sabor de la venganza retorciendo la seguridad bajo la que se creía a salvo el criminal, de forma que le de tiempo a recordar, lentamente, a que sabe el final.

    Un abrazo!

    *lo único que me despistó un instante fue el nombre de Rosa y de Emilia

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola, Carlos!: normal que te despistases je, je. El desliz fue mío, he intentado solventarlo luego desde el móvil tras tu aviso, pero al final me he tenido que conectar de nuevo vía ordenador. Gracias por tu presencia por aquí y tu comentario. Besotes.

      Eliminar
  3. Muy interesante este relato. El cazador cazado, además mostrando un pasado más que turbio que vuelve a resurgir. ME da que la explosión de sensaciones para el muchacho en el momento de morir fue importante.

    Un saludo cuentacuentos.

    @utopiadesuenyos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola compañero cuentil!: me alegra saber que no te ha disgustado este texto. Para ser algo improvisado no me puedo quejar. A ver si me pongo al día con los blogs y os visito a todos con más tiempo. Besotes.

      Gracias de corazón por tus cálidas visitas.

      Eliminar

Éste es un rincón para todo el que quiera acercarse tímidamente a mis sueños y adentrarse en ellos, dando su parecer sobre su magia o lo que tienen de pesadilla. Tu opinión me importa, así que no dejes de decir qué te han hecho sentir, por favor. Tus comentarios, siempre serán bienvenidos.