Otros locos maravillosos

4 de junio de 2012

Rosas, hielo, sangre y cuervos

 
Frase de Níobe para El Cuentacuentos: "Tenía que conseguir ese libro como fuese."

Tenía que conseguir ese libro como fuese. Recuperarlo y ponerlo a salvo del mundo habría de ser prioritario.

El graznido de un cuervo corroboró sus pensamientos. Tal y como estaba el reino en los últimos tiempos, la guerra era un hecho inminente, pero aquel libro podría encadenar a todas las razas a la sinrazón de una guerra sin fin. A un festín de cuervos al amparo del rojo de la sangre de los cuerpos de los caídos y el fuego del filo de cada espada o lanza clavada en el enemigo. A una batalla sin tregua en que los cadáveres empuñarían de nuevo las armas, sin reconocer a los que defendían su mismo estandarte, esta vez en forma de espíritus, y por ahora contra los espectros nada se podía hacer. Todo estaba escrito en aquellas páginas, robadas de la Torre Sagrada.

El maestre escrutó el fuego del hogar en busca de respuestas, pero las imágenes se sucedían cada vez más rápido y resultaban confusas. Solo vio claro el rostro de un niño, junto a la fragua de un herrero corpulento y sudoroso. También había una dama ataviada con una capa larga y oscura que permanecía de espaldas al Gran ojo. Parecía conversar con el herrero. El niño los observaba a ambos en silencio, escondido tras una columna y una enorme yunta. A pesar de sus muchas habilidades y dones el Maestre no podía escuchar las palabras de aquellos personajes, aunque estaba claro que si el fuego mostraba aquello es porque algo tenían que ver en el asunto del robo de aquellas Sagradas Escrituras.

El libro de Los Misterios de la Rosa, el hielo y la sangre había permanecido en la Torre Sagrada, la más alta y segura de las fortalezas de su orden, desde que el mismo Rey Beniath I logró traducir su contenido con ayuda de su consejero Worran. De aquello hacía ya demasiados lustros, y eran ya muchos los maestres y guardas que habían entregado cada uno de sus días hasta su muerte por preservar su contenido. Aquel robo respondía sin duda a los planes de alguien siniestro y atormentado. De un ser tan abyecto y corrompido como un trol, pero tan inteligente como un sabio y tan escurridizo como un mago. Sólo un nombre respondía a tal descripción: Zeuj Nara. De él se decía que era mitad hombre, mitad lobo. Pero la realidad era mucho más compleja: tenía además sangre élfica y el don de la magia.

El anciano sintió un escalofrío. Por su condición de maestre le estaba prohibido el deseo de la muerte a un semejante o a cualquier ser vivo, pero en aquel momento ansiaba equivocarse y que Zeuj Nara hubiera perecido de veras, en el incendio que se originó en su palacio y que lo había dejado reducido todo a piedras y escombros. Si bien su cuerpo no se encontró, dado que nadie habría podido sobrevivir a aquello, se dio por válida la versión de que también él había sido acogido por el Dios Tudok e invitado a su gran banquete.

«La vanidad de los hombres les hace tremendamente confiados y desoyen el peligro con la misma rapidez que desoyen el más acertado de los consejos», caviló pesaroso.

Sabía que nadie creería sus sospechas y que el joven rey, hermanastro del legítimo monarca fallecido en extrañas circunstancias, apodado por el pueblo como el Rey Bufón, sería el primero en reírse de las suspicacias de un viejo maestre como él.

Se levantó con torpeza, como si de pronto la edad de sus huesos se hubiera duplicado. Alcanzó un pequeño objeto de cristal de una de las estanterías más cercanas al muro oeste de la estancia. La madera crujió levemente y una fina capa de polvo flotó en el aire. Con las amplias mangas de su sayo gris frotó el objeto y consiguió de él unos pequeños destellos. La exigua luz que penetraba por el único y estrecho ventanuco del lugar, arrancó a la esfera de cristal matices multicolores que hubieran hecho las delicias de los niños.

***

Gigaset, hijo de Lead y nieto de Datkram, se hacía las mismas cuestiones que su buen amigo el maestre Darron. Como él cogió su antiguo orbe de cristal élfico y lo frotó con ahínco. Al principio no logró vislumbrar nada en el interior de la esfera pero poco a poco, pudo apreciar formas que se iban haciendo más nítidas progresivamente. Al otro lado de la superficie cristalina un anciano de barba luenga y nívea le miraba mientras pronunciaba palabras ya olvidadas por él hacía mucho tiempo. Palabras en alto rillan que sólo los grandes maestres conocían. Palabras como: “matians” o “setalip”. Palabras como “stee” y “saliè”. Palabras que de una u otra manera manifestaban peligro y muerte.
—Mesh giga. Nar ad gandas Ter?—se atrevió a responder a aquella figura.
—Meit, emit—repitió el otro con presteza.
—Meit, emit—pronunció Gigaset, con cierto temblor en su voz.
—Meit, emit—repitieron ambos con el dolor escrito en sus rostros.

(continuará…)

3 comentarios:

  1. La narrativa fantástica es un género que siempre me ha apasionado, aunque me resulta muy complicado, pero bueno, aquí va otra intentona. A ver si os gusta y puedo continuar la historia dentro de poco, claro. Os leo.

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  2. A ver como continua esta persecución. El ultimo párrafo me ha dejado confundido. A ver si me queda claro en la continuación.

    Un saludo cuentacuentos.

    @utopiadesuenyos

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    1. Espero que las siguientes partes de este relato estén al nivel y convenzan como ésta. Ya verás porqué pronuncian esas palabras.

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