Asomo mi mirada a través del balcón y mis ojos repasan silenciosos los recovecos de las calles al amparo de la luz nocturna. De vez en cuando se detienen en escenas que los hacen brillar de alegría o temblar de emoción, porque los ojos están llenos de vida y pueden ser transparentes como el agua o turbios como las nubes de tormenta. La ternura de una madre que sonríe a su hijo o la pareja de jóvenes que se besan como si quisieran evitar el fin del mundo, son esa clase de momentos que mis ojos pretenden capturar entre pestañeo y pestañeo, y suspiro nostálgica ante mi vientre vacío mientras una lágrima se despide de la cuenca de mis ojos marrones, dispuesta al suicidio. De repente me acuerdo de ella… Me giro y la encuentro como siempre apagada, con su piel arrugada y la eterna manta de cuadros cubriendo sus piernas inertes. Y su sola presencia infunde calor a mi cuerpo reconciliándome con dios y el mundo; con la oscuridad y la luz; con la belleza y el dolor. Siento entonces que vuelvo a...