Otros locos maravillosos

22 de diciembre de 2008

LA NUEVA ERA

— ¿No os suena esta fecha? (Frase de El Cuentacuentos)

Todos los que están sentados en la pared del fondo agachan las cabezas. Como en un solo hombre, por mente de todos, vuela el mismo reproche contra los que un día tuvieron por amigos. A modo de respuesta intercambian miradas cómplices sin que medie entre ellos más que el silencio.
Cinco filas por delante, una chica conocida como Número Diez se levanta de su silla y proclama en voz alta lo que todos los presentes saben.

— Es el día— responde.
— Exacto— corrobora con voz pausada el Número Uno—. Hijos míos hoy es un día grande. Un día hermoso. Debemos sentirnos orgullosos de ser quiénes somos y de no habernos dejado arrastrar por lo que hemos vivido en nuestra etapa en el exterior. Hoy nos abrimos a una vida más auténtica y plena. Muchos lleváis años aguardando esto en vuestros corazones. Otros en cambio, aunque sois miembros más recientes de nuestra familia albergáis en vuestro interior el mismo deseo. Estoy convencido de ello.

Nadie media palabra. Todos los ojos siguen de hito en hito a quien así habla. Se sienten verdaderamente privilegiados y agradecidos. Atrás quedaron sus vidas mundanas, con preocupaciones triviales y padres, madres y hermanos que no les comprendieron jamás. Una punzada de orgullo colectivo se cuela en el cuerpo de cada uno de los que están allí. La excepción surge nuevamente de las cuatro sillas pegadas a la pared y más cercanas a la puerta. Quisieran huir pero saben que no hay salida, porque no disponen de medios. Salvo que tengan algún plan. Puertas cerradas bajo llave y rejas en las ventanas aventuran un final apocalíptico. Los cuatro han perdido casi totalmente la esperanza, pero no sus sueños, ni sus vidas al otro lado de esas inmaculadas paredes. A una señal de Julio, allí conocido como el Número Cincuenta y ocho, comienzan a intercambiar entre sí gestos que para el resto pasan desapercibidos. Se trata del lenguaje que han ido perfeccionando a lo largo de los meses de encierro, para no levantar sospechas. Similar al lenguaje de signos de los sordo-mudos pero con importantes variantes que sólo ellos conocen, para evitar miradas indiscretas y suspicaces. Tal y como indica Julio, han de intervenir de inmediato para que al menos uno de ellos pueda escapar y pasar el informe a sus compañeros y que intervengan antes de que tenga lugar el fatídico desenlace. Sólo disponen de unas horas. Han de ser cautos y rápidos, eficaces y contundentes.

—… Hemos sido llamados por una gran fuerza, una energía superior, para despojarnos de nuestro cuerpo material y acceder a…— continúa el Número Uno.

Los cuatro hombres, en lo que desde fuera podría parecer una mezcla de extraños saludos, deciden que el más acertado para llevar a cabo la huída es César, por todos son conocidos sus ataques de asma. Nadie sospechará de él hasta transcurridas unas horas. Fingirá sufrir una crisis e irá a la enfermería. Engañará a la enfermera para que ésta tenga que abandonar la estancia por unos minutos y mientras él se ocupará de falsificar alguno de los documentos notificando, bajo prescripción facultativa, la necesidad de permanecer en reposo y de hacer uso de la mascarilla y la bombona de oxígeno. El movimiento para ultimar los preparativos de la “Gran fiesta” que se avecina, mantendrá a todos ocupados y nadie posará sus ojos en él. Exactamente a las doce menos cuarto de allí marchará a su celda, coincidiendo con los cambios de turno en la enfermería. Lo hará atravesando parte del patio trasero y se detendrá junto a las puertas metálicas de entrada de camiones: hacia las doce llegará el pedido de todos los martes. Aguardará hasta que comiencen la descarga y en uno de los viajes de los dos mozos a la cocina se sujetará a los bajos del camión, como hacen en la frontera algunos inmigrantes. El camino aunque incómodo no durará más de veinte minutos. El resto, una vez en la ciudad, deberá hacerlo a pie, salvo que pueda hacer acopio de algo de dinero en el propio camión. Lo cual es demasiado arriesgado, señala Julio. Los demás asienten ante tal observación.

Tal y como han previsto a las once y cuarto la perorata del Número Uno se ve interrumpida por la tos asmática de César, uno de los últimos en incorporarse a la gran familia. La voz se hace cada vez más intensa y el Número Uno pierde su concentración. Finalmente manda a su discípulo Número Sesenta y uno, a la enfermería. El único reloj visible en el pasillo señala que cumplen con el horario previsto. La enfermera le ausculta pero necesita mascarillas (están en el almacén), por un momento duda entre cerrar o no la puerta con llave; finalmente decide no hacerlo, aunque sí la entorna. César comienza a revolver sin descanso en cajones y armarios hasta que da con su ficha (no la médica sino la que le hicieron de recién llegado), allí en una carpeta plastificada figura su documentación. La guarda ansioso en uno de sus zapatos y regresa a todo correr a la camilla. Oye pasos que se acercan y tose con fuerza siguiendo con la farsa. La enfermera irrumpe en el cuarto y no repara en que haya nada revuelto. Todo parece salir bien: la enfermera considera oportuno mantenerle bajo observación, por tanto no se hace necesaria la falsificación del informe médico. Durante el tiempo restante, César sopesa una y mil veces los pasos a seguir en esa huida y el tiempo del que dispone para cada uno de ellos. Calibra posibles atajos hasta la puerta de acceso de vehículos, pero está de acuerdo en que lo mejor es aparentar tranquilidad y que se dirige a su habitación. Justo después de que la enfermera abandone el dispensario él contará hasta cien mentalmente y girará a la derecha en dirección a los dormitorios.

A las doce menos cuarto, la mujer sigue afanosa haciendo papeles y revisando la pequeña botica con la que cuentan en los armarios. Echa una ojeada a su paciente. Éste simula dormir. Corre las cortinas que hay alrededor de la cama. César comienza a inquietarse, ese error de cálculo puede costarles la vida a todos. Por un momento cruza por su cabeza la absurda idea de atacar a la enfermera y escapar de allí en los bajos del camión. Por fortuna no tiene que llegar a hacerlo, el reloj digital de la mujer comienza a pitar y ésta se encamina hacia la puerta dispuesta a cambiarse y terminar su turno. Aún a riesgo de ser pillado porque ella decida regresar, el Número Sesenta y uno, comienza a contar mentalmente pero reduce las cifras y se detiene en el sesenta. Han perdido al menos dos minutos porque no contaban con que la practicante se guiará por la hora de su reloj de muñeca en vez de por el de pared… Debe recuperar esos minutos como sea. Al cruzar la puerta de la consulta gira hacia el pasillo de las habitaciones, atravesando el pequeño patio trasero. Descubre el camión apostado ya en la puerta, pero sólo ve a uno de los dos mozos habituales. Otro contratiempo con el que no contaban. Empieza a creer que no va a poder salir de allí. Sus horas de héroe van a verse truncadas antes de abandonar siquiera ese mundo de felicidad artificial.

— ¡Sal ya del camión. No tenemos todo el día!
— Ya va, ya va. ¡Cómo te pones, por nada! Sólo estaba llamando a mi cuñado. Mi hermana ha dado a luz hace un rato…
—Me parece estupendo tío… Cuanto antes acabemos aquí, antes podrás ver a tu sobrino. ¡Así que mueve el culo, joder!
— Porque tengo que trabajar que si no… No me verías el pelo en una buena temporada. ¿Nunca sonríes o qué?
— Cuando trabajo no. Y menos si estoy haciéndolo yo todo.
— Tranquilo, ya te ayudo. Si quieres ahora descansas tú, ya llevo yo el resto.
— No, no es necesario. Dos trabajan mejor que uno.

César desde su escondite, en la esquina opuesta de la que tiene que alcanzar para ocultarse en el chasis del camión, echa la más veloz de las carreras de toda su vida. Aprovecha para ello, cuando los hombres avanzan hacia la cocina de espaldas al vehículo y se adentra en la cabina por la puerta del conductor. Dentro apesta a cerrado a tabaco y a queso rancio. Sobre la guantera descubre el móvil del más perezoso de los dos hombres. Lo besa como un niño besaría a su mascota tras semanas de búsqueda. Cuando coge la manilla de la puerta para salir al exterior, los dos hombres regresan, Uno de ellos ha visto el portón moverse y se acerca hasta la cabina.
— ¡Siempre igual! ¿Cuántas veces te he dicho que no dejes las llaves puestas en el contacto mientras estemos aquí?— protesta el hombre— No me gusta este lugar, ya lo sabes. Los psiquiátricos siempre me han dado miedo. Imagínate que alguien se fugase con el camión.

—Por fin dices algo divertido—responde el otro en tono jocoso.
— Anda vamos… Sólo quedan estas cuatro cajas y ese par de sacos— dice el primero regresando a la parte trasera.

César suspira aliviado. Han estado a punto de descubrirle. Menos mal que el hombre no ha mirado con más detenimiento. El fugitivo no aguarda más tiempo, salvo para coger uno de los chalecos anti-reflectantes que ha encontrado de casualidad, medio tirado en el suelo y sale de la maloliente cabina, metiéndose el chaleco entre la goma de los calzoncillos y la chaqueta. Se concentra en sujetarse lo más firmemente posible a las piezas metálicas del furgón. Los minutos que siguen se hacen interminables. Sabe que las enfermeras ya habrán hecho el relevo y que está a punto de meterse en un buen lío si no marchan de allí cuanto antes. Sus plegarias parecen atendidas. Los dos hombres atraviesan el patio y abren las puertas de la cabina. El motor se pone en marcha y el ruido y el polvo, así como la vibración casi derriban a César. Se aferra con más fuerza, trenzando sus piernas alrededor de una de las piezas del armazón, como los monos que gusta su hijo de ver en el zoo subidos a los árboles. El camino se hace interminable. La tos, se agolpa en su garganta y sus pulmones protestan en cada sacudida. Una vez más la suerte juega a su favor: los transportistas tienen la radio o algún CD puesto y cantan a viva voz, por lo que puede oír a ratos, cuando el traqueteo disminuye. Sus músculos, huesos y todo su cuerpo están en tensión. Creía que lo más difícil sería salir de aquel maldito lugar, pero se equivocó. Lo peor lo está viviendo ahora. No se atreve a saltar en marcha, por miedo a morir aplastado bajo alguna de las ruedas, pero sabe que no aguantará mucho más. Admira sinceramente a quienes lo arriesgan todo en busca de un futuro mejor hacinados en una patera o en un cayuco o viajando kilómetros y kilómetros y kilómetros en comunión con el espantoso tubo de escape. — ¿Cómo lo harán?— se pregunta— Si hasta me molesta el roce de mi D.N.I entre el calcetín y el zapato.

Aunque desde su posición resulta difícil adivinar nada, agudiza sus sentidos y descubre que circulan por alguna carretera secundaria, dado la baja calidad del firme y de lo poco transitada que parece esa vía. Repta sin dejar de asirse a los bajos de la furgoneta en ningún momento hasta estar casi pegado a las ruedas. Luego, echándole valor, aprovecha que el camión parece reducir su velocidad en una pendiente y se suelta protegiéndose la cabeza con las manos. Rueda sobre sí mismo y se aleja hacia el arcén. Las hierbas tocan su cuerpo entumecido y sólo entonces respira aliviado. Palpa nervioso sus ropas buscando el móvil que minutos antes robara. No lo encuentra. Mira a su alrededor desesperado por su mala suerte y lo descubre a unos metros de él. Ha debido caérsele al soltarse del bastidor del vehículo. Al cogerlo, cerciorándose de que no circula ningún vehículo, ve la tapa entreabierta. Reza mentalmente porque su anterior dueño sea tan confiado como parecía y no haya que introducir número P.I.N. —Han sido demasiados meses de encierro, como para acabar así, en medio de la nada— se anima, mientras enciende el teléfono. No hay suerte, le piden número secreto. Maldice su mala estrella y camina por el arcén con el chaleco aún escondido entre sus ropas. El roce y el ruido de la prenda le sacan de su aturdimiento general y se lo pone. No puede perder más tiempo. Debe de encontrar cuanto antes una comisaría o contactar con alguien que crea su historia y ponga el operativo en marcha para detener la locura que se está ultimando en el detestable lugar del que viene. Camina en línea recta durante minutos, de vez en cuando algún vehículo pasa, pero nadie le recoge. Todos le miran extrañados. Mira el móvil que no ha soltado aún y que agita decepcionado en sus manos. Entonces lo ve. En pantalla pone bien claro: “SÓLO EMERGENCIAS”. ¿Cómo ha podido ser tan necio? Es cierto que los móviles están habilitados para poder llamar a los servicios de urgencia. Ahí está la respuesta a sus preguntas. Prepara su garganta, incómoda aún por los ataques de tos que ha sufrido en su picaresco viaje y marca las tres maravillosas cifras que darán carpetazo a la mayor de todas las sectas operativa en España.

Al otro lado de la línea una operadora sigue rigurosamente el protocolo y César se pone nervioso. No quiere ser descortés pero los minutos juegan en su contra. Exasperado responde a la chica, mucho antes de que se le formulen las preguntas. Le pasan con el servicio de policía y allí nuevamente ha de dar las mismas explicaciones. Los nervios no le permiten al principio, reconocer la voz de quien le atiende. Luego, en una pausa cuando su compañero de profesión le dice por tercera vez: “Aguarde un momento. En seguida le atienden”. Identifica la voz como la de Oscar, uno de los chicos de prácticas. César le llama por su nombre y por el mote con que le bautizaron de recién llegado a la comisaría.
— “Guaperas”… ¿No me conoces o qué? Soy “Risitas”— suelta esperanzado.
A partir de ahí el proceso se acelera. En la comisaría todo el mundo se pone manos a la obra y se activa el operativo tal y como estaba previsto cuando los cuatro valientes se ofrecieron como voluntarios para infiltrarse en la secta. Fue una tarea ardua. Tuvieron que crear un nuevo perfil de cada uno, borrando todo tipo de datos que pudieran poner al descubierto sus intenciones. Tuvieron que pedir todo tipo de permisos para disponer de dinero efectivo, decomisado en alguna de las grandes operaciones contra el narcotráfico. Sabían cómo se las gastaban los de ese tipo de agrupaciones. No se limitaban a captar gente sin más. Eso no era bastante. Necesitaban enriquecerse y en la mayoría de los casos engañaban a sus acólitos para que pusieran todas sus propiedades a nombre del colectivo que les acogía. Ése fue el cebo que utilizaron y dio resultado. Por desgracia se habían demorado demasiado, y perdieron el contacto con los del interior. El resto era historia. César estaba a salvo y con suficientes detalles como para destruir a esos fanáticos, antes de que el Número Uno escapara con alguno de los suyos. El final se acercaba.

Son horas y minutos de gran tensión. César no sabe qué estarán haciendo sus compañeros de dentro. Durante sus escasas horas de libertad, ni siquiera ha pensado casi en su esposa y su hijo. Lo principal es rescatar a aquellos crédulos y ayudarles a recuperar su identidad y sus vidas. Forman parte de la operación CEDAX, detectives, policías, psicólogos, psiquiatras. Hay incluso bomberos. El despliegue de medios es enorme pero lo mejor es la recompensa: recuperar a sus compañeros y amigos, detener a uno de los hombres más peligrosos del país y el total de personas aturdidas rodeadas de extraños pendientes en todo momento de su bienestar y que no llegan a comprender que acaban de salvar tanto sus vidas como sus almas.

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5 comentarios:

  1. Buena historia y, sobre todo, muy bien narrada.

    Espero que haya continuación :)

    Por cierto, que al empezar a leer tu historia creí que iba a seguir por un camino muy distinto...y espero hacer una historia de ello más adelante.

    Un saludo.

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  2. Gracias Metal, por leerlo, por dar tu opinión y por dejarme con la intriga de lo que podrás escribir. Me colé con la frase, pero bueno, después de escrito me daba pena hacer como que nunca hubiera existido el relato. En fin... Gracias y por cierto... ¡FELICES FIESTAS!

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  3. Voy a tener que agradecer a Cuentacuentos la confusión de esta semana porque este relato es sensacional!! (siempre que escribes relatos largos consigues enredarme en ellos)

    Un saludo y Feliz Navidad ;)

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  4. ¡Feliz Navidad a ti también Sara! Y gracias por leerlo hasta el final y por perdonar mi despiste (ji,ji)

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  5. Buenos días

    Gracias por tu visita y tu comentario. Me alegro de que te haya parecido breve :).

    El tuyo tiene su intriga. Está muy bien llevado. Hasta los últimos párrafos, pensaba que todo se desarrollaba en un manicomio, y que era una fuga de algún interno.

    Graciosa, también, la confusión con la frase :D.

    Un saludo.

    Juan.

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