Otros locos maravillosos

28 de diciembre de 2008

SE CIERRA EL TRIÁNGULO

“Te prometo que la quiero. Sólo se me fue la mano” (Frase de Sechat para El Cuentacuentos).

“Te prometo que la quiero. Sólo se me fue la mano.” Así rezaba la carta que tenía sobre su escritorio aquella mañana. Dos frases escuetas que podían dar lugar a todo tipo de interpretaciones nada agradables. En la cabecera aparecían claramente la fecha en la parte superior de la cuartilla, y algo más abajo y a la izquierda, sus datos como receptor del trágico mensaje. El trazo era firme, con una letra pequeña que confirmaba la timidez del autor de aquellas palabras. Quien así se confesaba había sido plenamente consciente de lo que hacía y nada podría argumentar para mitigar su grado de culpa.

Mientras Juanjo releía la hoja por tercera o cuarta vez, una nausea le atenazó el estómago y retorció sus entrañas en un espasmo ante el cual no pudo reaccionar a tiempo. El olor de la sangre fresca de ella, derramándose sobre la alfombra de la sala, cobró protagonismo junto al del desagradable revoltijo estomacal que había expulsado y que se empeñaba en limpiar en ese preciso instante, con papeles y con la toalla húmeda usada en su cabello tras su acostumbrada ducha matinal.

Aún sin estar firmado, aquel abominable crimen tendría siempre el sello inequívoco de los celos de su mejor amigo y eso sólo magnificaba más lo sucedido. Juanjo se debatía entre el duelo por la mujer amada y la rabia por cobrar venganza. Llamar a la policía era la tercera opción, por supuesto, pero perfectamente compatible con cualquiera de las otras dos. Por eso tardó todavía unos minutos en ordenar sus pensamientos y organizar sus prioridades. Finalmente ganó la cordura y llamó a la policía.

Fue un día duro. Una mañana de preguntas formuladas una y mil veces y de embustes velados para no tener que decir la verdad a su encargado. Era más cómodo soltar una mentira piadosa y decir que se encontraba indispuesto y no podría ir ese día a trabajar, que no el tener que exhalar mil y un suspiros por teléfono, regando el auricular y su garganta con sentidas lágrimas que nadie podría consolar porque se filtraban hasta el subsuelo de su alma.

No contó a familia ni amigos, lo que había pasado entre aquellas cuatro paredes, aunque en su cabeza se perfilaba todo el puzle nítidamente como si hubiera visto su proceso de montaje desde alguna esquina o agazapado bajo algún mueble. Sabía, y no se equivocaba, que Marcos no había actuado solo. Su móvil y cómplice, además de instigador, habían sido los malditos celos.

Harto de ver la casa precintada y repleta de hombres a los que estorbaba y que le estorbaban en su sencillo deseo de estar a solas y descargar su llanto, salió a la calle. No reparó en su aspecto. Poco le importaba parecer un pordiosero, un asesino persiguiendo a otro, o el hombre joven, elegante y deportista que era habitualmente. No se percató de si la gente le miraba asustada o se compadecía de él. Sólo importaba salir de aquel laberinto de sentimientos, ya que ella siempre sería irrecuperable. Los recuerdos de los momentos más felices y también de los más intensos trazaban el mapa de sus pasos sobre las grises aceras, entre el hormigón de los edificios y el mundo de cristal de los escaparates. Por eso anduvo por cada uno de los rincones que más frecuentaban, sin atreverse a hablar de ellos en pasado. Las manos siempre frías de ella, eran aún más frías esa mañana, pero también más suaves y dulces en un postrero gesto de apoyo y de compañía y caminaban junto a él pisando las mismas baldosas y los mismos charcos, empapándose de la misma lluvia que mojaba sus cabellos rizados y sus descuidadas ropas. Sus dedos pequeños y no demasiado finos, se hacían más presentes junto a él a cada nueva pisada. Tal vez fue la lluvia, tal vez fue la realidad ilusoria que estaba viviendo… El hecho es que después de horas y horas de vagar sin descanso sus pies se tomaron un respiro. Lo hicieron bajo el puente de uno de los parques favoritos de los dos. De entre la suciedad, el olor a orines y las pintadas una voz le llamó por su nombre y reclamó sus cinco sentidos. Esos que había tomado prestados a lo largo del día su propio fantasma.

—Juanjo… ¿Cómo me has encontrado!

El hombre recién mutilado trata de escupir el odio que se recuece en su pecho desde primeras horas de la mañana, pero no consigue más que mirar a su alrededor sin que las palabras laven su herida.

—Estoy seguro que en el fondo me comprendes, Juanjo—continua la silueta bajo el puente —. Sé también que no la querías. Ella siempre ha sido tu tapadera para estar más cerca de mí. No podía soportar veros juntos. Te he espiado durante años y he suspirado cada noche por no tenerte en mis brazos. Sabiendo con certeza que mientras mis anhelos me impedían dormir, tú estabas con ella. El más leve roce de tus ropas contra las mías al pasar a mi lado, me hacía arder por dentro y por eso lo hice. Nos he hecho un favor. Ahora nadie impedirá que estemos juntos.

Juanjo, asombrado y confuso por ser el objeto de deseo de su mejor amigo y cuñado, sin mediar palabra, se acerca a éste al tiempo que saca una pequeña navaja de uno de sus bolsillos. Por una milésima de segundo duda entre cuál de los dos cuerpos atravesar. Al final, deja caer el pequeño puñal sobre la mano de Marcos y lloroso decide poner a prueba el amor de éste.

—Tu hermana ha muerto. La policía te encontrará. ¿Cómo pretendes entonces que vivamos? Si te entregas te reducirán la pena y enseguida estaremos juntos tal y como me pides…
— ¿Hablas en serio? Siempre supe que me querías… Lo haré, sí lo haré. ¿Para qué me has dado tu navaja?
—Para pedirte un favor, aunque bueno… es una tontería.
—Pídeme lo que quieras.
—¿Lo que quiera?
—Sabes que sí… Lo que quieras. Haré cualquier cosa.
—Antes de entregarte tienes que vengar a tu hermana.

Marcos hinca las rodillas en el suelo y de sus manos cae la pequeña navaja. Llora desolado al descubrir la verdad. Sin casi margen de maniobra, toma en su mano derecha la fina y hermosa daga y atraviesa con su filo su garganta. A pasos de él, la escena se repite con otro arma. Un cuchillo labrado en uno de los antiguos talleres toledanos sesga el cuello de Juanjo que cae desplomado al suelo y al mismo tiempo siente el roce tierno de las únicas manos que ha amado toda su vida. Las manos de mujer que ahora cobran más vida que nunca.

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7 comentarios:

  1. magnifico relato y unas escenas estupendas, te felicito. Es la primera vez que me paso por tu blog y te aseguro que no será la última, gracias por la recomendación del cuentacuentos, ya me he dado de alta, con lectores como tú, escribir es aún más placentero

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  2. Gracias a ti Arwen Anne y sobre todo bienvenida al Cuentacuentos.

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  3. Un relato con sorpresas y con frases que me han encantado porque dicen mucho más de lo que dicen y te transportan a imágenes y sentimientos. De este relato podrías hacer un guión para un corto pues me parece muy cinematográfico y da mucho juego. Me ha gustado mucho.

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  4. Insuperable final para un desasosegante relato... me ha tenido en vilo hasta la ultima palabra. Muy bien construido.
    Besitos!!

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  5. Que gran final!!
    Una escena profunda que desnuda la rabia y el sentimiento de quien nos mantiene con la duda de que hay algo más,que los hechos no desvelan toda la verdad y que bien lo conduces a lo largo de la narración!
    La canción de Mecano me viene a la mente en ese instante final,sería una genial bso :)
    Enhorabuena Sechat y por la frase!
    Un abrazo!!

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  6. ¡Uff! ¡Sorprendente! Y coincido con Carlos ¡Gran final! ¡Mega aplauso! :)

    El rumbo que tomó la historia no me lo esperaba para nada y menos que estuviera uno enamorado del otro. ¡Uff! qué trágico e impactante final ¡Genial!

    Saluditos.

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  7. Hola

    Je, je, je, qué curioso triángulo. La verdad es que no me lo esperaba para nada. Muy bien llevado y con sorpresa final. Aunque tampoco es muy navideño, me ha gustado mucho.

    Un saludo.

    Juan.

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