La propuesta era elegir de entre un listado un personaje (Alejandro Magno, Carlomagno, Sigfrido, Atila, Arturo...) Creo que no me dejo a ninguno y hablar de un día de batalla desde el punto de vista de un partidario y el mismo día desde el punto de vista del enemigo.
Ya me diréis qué os parecen.

Alejandro está en pie, observando un pergamino sobre la mesa. Imagino que será un mapa de la región. Junto a él hay dos hombres más. Apenas levantan la cabeza cuando me ven entrar. Me siento intimidado, tanto por el lujo y tamaño de la tienda como por la importancia de los hombres ante los que se me ha pedido que me presente esa mañana. Creo percibir en sus caras cierto desdén.
He estado casi toda la jornada con Alejandro y sus generales. Aún no ostento ese cargo, pero sé que me tiene por un hombre de plena confianza. Alejandro siempre está en primera línea, podría haber mandado espías o vigías para inspeccionar el terreno, pero ha preferido hacerlo en persona. Sólo ha pedido ser acompañado por dos de sus generales y por mí. Me he sentido abrumado por tal honor. Me ha llegado a interrogar sobre qué estrategia sería la mejor para hacer frente a nuestro enemigo, pero antes de responderle él ya tenía la respuesta. Y es una respuesta que hubiera salido de cualquiera de las bocas de los allí presentes.
Alejandro, es un hombre joven y su juventud es a veces su mayor enemigo. Confía demasiado en sus propias posibilidades y es raro que piense en un segundo plan por si el primero fallase. Pienso que es una característica inherente a su personalidad. No obstante me agrada su política: “Quien se rinda será perdonado. No se trata de matar por matar. Un enemigo vencido al que se le perdona la vida, a menudo es mejor aliado que el más leal de los súbditos, si este último se ha sentido traicionado o humillado” — suele decirnos—.
Poco después de nuestra pequeña excursión, Alejandro lo dispone todo para que nuevamente suenen los cuernos y ocupemos nuestros puestos. A mí me han encomendado una pequeña falange de mil hombres, seremos los que creemos la brecha desde el este. De momento serán otros los que ataquen (nosotros estaremos en la reserva para dar la sensación de que tienen ventaja numérica sobre nosotros) y a continuación fingiremos cederles terreno. Una vez que les tengamos en el desfiladero hemos de ser rápidos y estar perfectamente sincronizados con las avanzadillas del oeste (opuesta a nosotros) del norte y del sur. Alejandro será quien indique en qué momento romper la formación inicial circular, e iniciar el ataque en oblicuo, lo haremos a caballo. Él será además, el encargado de uno de esos otros grupos que rompan la línea enemiga. Probablemente sea el del norte, dado que mientras finjamos la retirada, él y unos mil hombres habrán partido previamente hacia el desfiladero. Serán los primeros en sesgar la defensa del adversario. Mi caballo está deseoso de entrar en combate, lo noto en la forma que tiene de bufar y en su continuo patear. Miro a mi alrededor y todas las monturas parecen contagiadas de esa misma fiebre precedente a la batalla.
El sol ya está bajo cuando el último hombre se rinde. He resultado herido en un brazo, y mi montura también tiene una pata terriblemente hinchada y casi con seguridad tendré que sacrificarla. Miro alrededor y veo que Alejandro está felicitando a cada uno de sus generales en persona.
— Es un gran día, sin duda, y ésta una gran victoria— me dice.
— Sin duda, señor, sin duda— es lo único que acierto a decirle, agotado como estoy.
—Cuando puedas, Casandro, me gustaría que acudieras a mi tienda. Quiero recompensarte por lo que has hecho.
Darío III (Batalla de Gránico)
Estoy convencido de nuestro éxito. Alejandro es tremendamente orgulloso y se ha confiado en exceso. Cree que podrá hacer frente a un numeroso ejército como el mío, entrenado para la batalla con tan sólo treinta mil infantes y apenas cinco mil jinetes (estos últimos aún están por llegar). Sólo el pensar tal osadía resulta cómico. Por no hablar de su peculiar hueste: una suerte de guerrilla de la más extraña mezcolanza, donde los reclutas son gentes de toda condición y nacionalidad. Patético, de verdad, realmente patético. ¡Parece mentira que le califiquen de gran estratega!
Además está la propia naturaleza del terreno. Se trata de una extensa llanura y por tanto, siempre estaremos en ventaja frente a ellos. No cejaré hasta ver que su sangre tiñe las aguas del río Gránico. ¡Lo juro!
Mis espías aseguran que todos sus generales están con él y le respaldan en esta campaña, pero eso no me asusta. Al contrario, me anima a creer que está cometiendo el mayor de sus errores y que lo acabarán pagando muy caro él y los suyos. No obstante admiro su templanza y su arrojo. Supongo que ese idealismo es parte de su juventud. ¡Lástima que vaya a morir tan joven! Hubiera sido un magnífico emperador, como él asegura que ansia ser.
— Señor, uno de los hombres que mandó a vigilar al rey Alejandro asegura que tiene importantes novedades.
— Está bien, está bien. Hacedle pasar. No creo que eso suponga un giro a favor de ellos en la balanza. Ja, ja, ja, pero haced que pase. Será divertido escuchar esas novedades.
Un hombrecillo enjuto y barbudo, se introduce en mi tienda a la señal del centinela. Es uno de los tres hombres que he enviado a espiar. La verdad es que no esperaba menos de él. Es el más anciano de los tres, pero su veteranía es sin duda una de sus virtudes. Además su aspecto le convierte en un hombre aparentemente inofensivo que se infiltra fácilmente sin levantar sospechas. Es, desde luego, uno de mis hombres más valiosos tanto en la paz como en la guerra. Quizá recompense su información si juzgo que ésta es de interés.
— ¿Y bien?, ¿qué son esas nuevas que decís traer?
— El rey Alejandro, vuestro reconocido enemigo, señor, ha recibido el refuerzo por el que estaba aguardando. Cinco mil jinetes que sumados a sus treinta mil infantes entre lanceros, arqueros y espadachines suman treinta y cinco mil hombres.
— Ja, ja, ja… ¿Y eso te pone nervioso? No tiene nada que hacer contra nosotros. Le superamos en número con creces. Somos más de sesenta y ocho mil. Eso sí, ahora la batalla será más equitativa, aunque igualmente les aplastaremos. Jamás consentiré que un joven arrogante derrote al Imperio Persa que represento. Marchad tranquilo. Pedid que os den algo de comer.
Hoy va a ser un día muy largo, a juzgar por la actividad que se ve en el campamento de mi querido amigo de Macedonia. ¡Qué iluso!
(***)
Las trompas no han dejado de sonar a lo largo de toda la mañana, en el otro campamento. Pronto entraremos en lucha y Alejandro deseará de veras reunirse con su padre. He consultado a mis oficiales y todos confían en nuestra victoria. Juzgan que Alejandro está jugando con fuego, dada nuestra superioridad numérica y que si no pide clemencia, su derrota está garantizada.
En unos momentos saldremos a terreno abierto a medir en la contienda nuestras fuerzas. Sólo espero poder disfrutar de una pequeña lucha espada contra espada y matar personalmente al joven aguerrido de rubios cabellos.
A una señal de mis generales todos los soldados avanzan en línea recta como si fueran un solo hombre. Las líneas, perfectamente formadas, crean a su paso pequeños remolinos de tierra que levantan una peculiar polvareda, que se mezcla con el olor del sudor de todos los presentes, dando forma a una especie de ritual que nos hace entrar en trance y señala que la batalla está en marcha. Es una sensación maravillosa.
En primer lugar avanzan los arqueros, por detrás de ellos están mis magníficos espadachines que protegen sus cuerpos con escudos de madera y metal, y después están los lanceros que formaran una línea impenetrable allí donde se les indique.
Alzo mi mano para dar la señal de que los hombres se detengan y que los arqueros comiencen a cumplir con su cometido. La batalla se iguala. Busco a Alejandro entre los suyos, pero no lo encuentro. Tampoco veo a Lisímaco, ni a Seleuco. Consulto a uno de mis estrategas. Asegura no saber qué sucede. Empiezo a inquietarme. Además no veo por ningún sitio los cinco mil jinetes de los que me han hablado. Como mucho habrá mil, frente a nosotros. Mando llamar de inmediato al hombrecillo que me ha dado esa información a la mañana. Se reitera en sus palabras. Nadie sabe dar razón de dónde están Alejandro y sus dos generales. Seguimos siendo más que ellos, pero presiento algo que no me agrada.
Siguen cayendo más y más macedonios. Los persas seguimos en pie, con múltiples bajas en nuestras filas, pero seguimos siendo más que ellos. Llevamos horas y horas de lucha intensa y Alejandro sigue sin aparecer. Ninguno de mis agentes conoce su paradero. Han visto huellas de caballos al sur, pero se pierden en el río. No logro entender qué pretenden y sin embargo sé que traman algo.
Al cabo de menos de una hora, según calculo, nuestro enemigo da sus primeras muestras de flaqueza. Derrotados huyen hacia el norte tan rápido como sus piernas les permiten y de forma totalmente irregular y desordenada. A nuestro paso salen de la nada mil de los jinetes que andábamos buscando en vano y nos entretienen, diezmando nuestras fuerzas. Aún así conseguimos ascender hacia el norte y damos alcance a los huidos justo cuando los últimos de ellos se topan con la pared frontal de la hondonada. Se giran sobre sí mismos para hacernos frente. Niegan lo evidente. ¡Están acorralados!
Muchos de mis más valerosos hombres deponen sus armas y se entregan allí mismo. No les culpo. Reconozco la audacia del hombre que dirige a los hombres con los que me enfrento, y busco ansioso poder darle muerte.
Lo que ves aquí escrito es original e inédito. Si te gusta, disfrútalo desde el blog, pero no lo copies, por favor. Pertenece a mi propiedad intelectual, si lo hicieras estarías dañando mis derechos de autor. Gracias.
Me gusta la novedad del tema y el estilo. Leo que el taller te está ayudando e inspirando.
ResponderEliminarSigue así.
Una duda, tipo gazapo de pelis ¿horas? De historia no tengo ni idea, así por eso puede chocarme.
Saludos desde Fuenla
Me gusta. El texto corre muy bien, se hace interesante su lectura y casi huelo la sangre y esscucho los gritos. Encuentro rara la concepción del tiempo "una hora calculo" y términos del tipo de "agentes" tampoco me suena bien en un texto histórico, pero repito que me gusta.
ResponderEliminarBeso.
Gracias Mo y gracias Victor, lo de la hora me parece un lapsus perdonable ji,ji (no sabía cómo ponerlo), pero lo de agente sí es verdad que pega menos. Gracias por avisar de los gazapos.
ResponderEliminarBueno Sechat, lo he leído en varios días. Coincido con anónimo y Víctor. Será mi imaginación o tu relato lo que ha metido de lleno en la batalla??? Chica, te atreves con todo!!! sigue así ^^ Abrazo.
ResponderEliminarGracias Ananda... una vez más, sigues ahí haciéndome compañía con tu presencia y tus comentarios. Estoy a la espera de verte participar en el taller del foro. El 25 finaliza el plazo, para el primer reto y lamentablemente sólo hay un participante a parte de mí. En fin, no pierdo la esperanza. Un abrazo.
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