La tarde amenaza con tormenta, no tanto de nieve como de aburrimiento. En un impulso de autoayuda, corro las cortinas y dejo que mi mirada deambule por las calles y que viaje por las tiendas que se contemplan desde mi casa. Pero mi mente no está en ese lugar, sino que navega mar adentro y me desvela intimidades que creía olvidadas. No quiero quedar al descubierto y me alejo de la ventana. Involuntariamente abajo entre mis piernas algo crepita y a la velocidad de la luz desde allí una sacudida eléctrica peregrina hasta mi pecho, haciendo noche entre mis pezones. Mi lengua baila en mi boca; mis ojos cerrados, danzan a oscuras entre los recuerdos de tus manos vagabundas en el desierto de mi cuerpo. Y la rueca de mis nalgas busca asiento sobre tu as de picas convirtiéndome así, en la sota de espadas que empuña tu verga sin pudor; torrentes de saliva manan de uno a otro regalándome a ratos tu sabor y otras brindándote el mío a ti; manos sin dueño vuelan frenéticas en busca de pequeñas j...