
OTROS ESCRITOS (A la memoria de mi tía Marciana)
Doña Julia es casi tan vieja como los muebles. Cuando se queda totalmente quieta en una silla, con dificultad se adivina cuál es la dueña y cuál el asiento. Yo la conozco desde que mis hermanos, mis padres y yo vivíamos en el piso que hay bajo su buhardilla. Entonces acostumbraba a invitarnos todos los domingos a su casa y preparaba para los tres niños un estupendo pastel. Unas veces de arroz, otras de manzana, otras de chocolate... Sus manos corrían ágiles entre los cacharros de la cocina y ella parecía desdoblarse y estar en mil sitios a la vez. Bueno, casi...
Mi madre envidiaba lo buena cocinera que era y no se cansaba de pedirle una y mil veces las recetas. A nosotros no nos quedaba más remedio que hacer de conejillos de indias, con sus experimentos. Por eso quizá, eran aún más importantes los domingos. Esos días todo lo que comíamos estaba en su punto: ni muy hecho, ni poco, ni soso, ni salado; pero si algo hacía esos días inolvidables era que todos nos sentíamos especiales. Mi madre lograba recetas de cocina que luego desaprendía, mi padre conseguía aparejos de pesca del difunto marido de Doña Julia y pequeños trucos para una buena pesca, que ella había aprendido durante las muchas noches que pasó con su esposo en el cauce del río. En cambio, los pequeños, éramos agasajados con un dulce y una historia por lo menos.
Pero como suele suceder siempre, poco a poco fuimos creciendo y cada uno fue haciendo su vida. Ya no coincidíamos todos los hermanos... cuando uno iba el otro venía. Yo lo sentí entonces y todavía me apena ahora. No sólo por mí o por mis padres, tampoco por mis hermanos. Lo sentí y lo siento cada día más, por esa mujer de talla menuda y sonrisa franca y apacible que desde su silla (o su silla a través de ella) posa su mirada de ojos azules en mí diciendo: "¡No llores pequeña, he guardado un trozo para ti!" Es como si a pesar de su enfermedad, comprendiese que para nosotros fue nuestra abuela y que al menos yo me niego a desterrarla de mi vida. Es vieja sí, pero no se le puede abandonar como un mueble roto. Por eso ahora yo, vivo con ella. Quiero devolverle cada uno de mis gestos el cariño que nos brindó.
A veces pienso que su locura es fingida o incluso contagiosa, porque si he de seros sincera yo también siento nostalgia de aquellos domingos. Por eso no me molesta que me llame "pequeña". Cuando me habla con ese tono... si me tengo que mirar en el espejo, no me queda más remedio que subirme a una banqueta. Es un secreto entre las dos, pero cuando la enfermera se marcha... para Doña Julia y para mí... cada día es domingo.
Mi madre envidiaba lo buena cocinera que era y no se cansaba de pedirle una y mil veces las recetas. A nosotros no nos quedaba más remedio que hacer de conejillos de indias, con sus experimentos. Por eso quizá, eran aún más importantes los domingos. Esos días todo lo que comíamos estaba en su punto: ni muy hecho, ni poco, ni soso, ni salado; pero si algo hacía esos días inolvidables era que todos nos sentíamos especiales. Mi madre lograba recetas de cocina que luego desaprendía, mi padre conseguía aparejos de pesca del difunto marido de Doña Julia y pequeños trucos para una buena pesca, que ella había aprendido durante las muchas noches que pasó con su esposo en el cauce del río. En cambio, los pequeños, éramos agasajados con un dulce y una historia por lo menos.
Pero como suele suceder siempre, poco a poco fuimos creciendo y cada uno fue haciendo su vida. Ya no coincidíamos todos los hermanos... cuando uno iba el otro venía. Yo lo sentí entonces y todavía me apena ahora. No sólo por mí o por mis padres, tampoco por mis hermanos. Lo sentí y lo siento cada día más, por esa mujer de talla menuda y sonrisa franca y apacible que desde su silla (o su silla a través de ella) posa su mirada de ojos azules en mí diciendo: "¡No llores pequeña, he guardado un trozo para ti!" Es como si a pesar de su enfermedad, comprendiese que para nosotros fue nuestra abuela y que al menos yo me niego a desterrarla de mi vida. Es vieja sí, pero no se le puede abandonar como un mueble roto. Por eso ahora yo, vivo con ella. Quiero devolverle cada uno de mis gestos el cariño que nos brindó.
A veces pienso que su locura es fingida o incluso contagiosa, porque si he de seros sincera yo también siento nostalgia de aquellos domingos. Por eso no me molesta que me llame "pequeña". Cuando me habla con ese tono... si me tengo que mirar en el espejo, no me queda más remedio que subirme a una banqueta. Es un secreto entre las dos, pero cuando la enfermera se marcha... para Doña Julia y para mí... cada día es domingo.
He venido buscando el cuento de la semana, que has anunciado publicado, pero en cambio me he encontrado con este precioso escrito, que me ha hecho sentir nostalgia de aquellos domingos de mi infancia. Ojalá tuviera yo a Doña Encarnación conmigo (era la doña Julia de mi vida)
ResponderEliminarUn abrazo.
Está basado en parte en alguna de las personas mayores de las que tengo más grato recuerdo, como por ejemplo mi tía y mi abuela. Me alegra que te haya traído a la memoria recuerdos de infancia. Un saludo. Espero verte por aquí nuevamente y que dejes tu huella manifestada en unas líneas.
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