
Aquella tarde de julio era sorprendentemente calurosa, incluso las moscas y los pájaros buscaban cobijo en el fresco de cualquier sombra. El único que se aventuraba a exponerse al sol era él. Se sentía más sólo que nunca, allí en medio de la nada y sin posibilidad de moverse. Con su cuerpo rígido como estaba, ni siquiera podía llevarse la mano a la nariz para rascarse o para espantar una avispa o una abeja. Quería sonreír a pesar de las circunstancias, pero el mismo motivo que aprisionaba a su cuerpo en esa eterna inmovilidad, impedía que hiciera mueca o gesto alguno con su cara. Era su penitencia y su castigo, pero también condición sinéquanone de su propia existencia. Resultaba duro ser espantapájaros sin aves que acariciasen sus brazos de madera, pero peor hubiera resultado ser por siempre unas bolsas de plástico sin más y unos leños quemados de mala manera.
(Microrrelato Frase 36)
Te felicito y animo a seguir con esta serie de microrelatos a partir de las frases de CC.
ResponderEliminarResulta curioso su nombre de espantapájaros,bueno para ello fueron concebidos es verdad,pero probablemente sean el nexo de unión mas auténtico entre nosotros y ellos cuando libremente se posen en sus brazos.
Esperemos que espanta no se chive y les diga que los enjaulamos,podrían tomar ejemplo de una película ;)
Un abrazo!
Gracias Nínive, perdona si no he publicado los comentarios antes. Desde el martes hemos estado sin internet en el pueblo y hoy que he regresado de mis vacaciones, me he puesto en cuanto he podido frente al ordenador para poner esto al día. Gracias por tus generosas palabras y tus siempre fieles visitas.
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