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15 de enero de 2012

El monstruo en mí


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Para quienes conocemos aunque sea un poquito los escritos de Nachob, tenemos en él una referencia que no podemos perder. Si bueno fue su primer libro: “Un año de palabras” (nunca me cansaré de recomendarlo), para el que tuvo que recurrir a la autoedición a fin de darlo salida; mejor es esta antología ya más madura y con una editorial seria de por medio, como es Saco de Huesos.Estoy convencida del éxito de Ignacio en el mundo editorial en próximos años. No perdáis de vista a este compañero bloguero por tanto, y disfrutad leyendo su divertida e ingeniosa biografía  (al final de esta antología de la que os hablo).

Es éste un libro que nos adentra en el terreno del miedo a través de varios relatos. Género que Nachob maneja a la perfección, pero evitando los recurrentes personajes que a todos nos vienen a la memoria cuando pensamos en esta temática. Nachob, nos sorprende en estas páginas con seres aparentemente inocentes que sin ser vampiros, fantasmas o zombis tienen la capacidad de sembrar el terror más intenso en el lector que devora ansioso cada línea.

No es fácil conseguir ese efecto de tensión y recrear la atmósfera de cada historia con tanta riqueza de matices como él lo hace, y quienes exploramos el terreno de la escritura lo sabemos con creces. Nachob consigue en este libro superar su propio récord y nos engancha desde la primera historia hasta la última, con giros inesperados como él acostumbra a hacer con la misma solvencia de siempre. 

Si tuviera que hablaros de cada uno de los relatos que podréis encontrar en este volumen no acertaría a describiros con exactitud ni su riqueza de vocabulario, ni la complejidad de sus personajes, ni lo visual de cada uno de sus escenarios, pero os garantizo que esos son algunos de los rasgos de identidad que se pueden encontrar en toda su obra; así como las citas cuidadosamente elegidas con las que introduce cada uno de sus textos. Eso sí, si os hubiera de recomendar uno por encima de otros me quedo con la novela corta que nos brinda al final del libro: “El hombre que soñaba con mariposas”, a mi juicio el mejor colofón para este monstruo de papel, donde Nachob saca su artillería pesada y nos rompe una y mil veces los esquemas de lo que cabría esperar y de lo que realmente sucede.

Si queréis imaginación la vais a tener, si queréis ciencia ficción también la vais a encontrar, pero sobre todo vais a descubrir una cara del miedo que hasta ahora nos permanecía oculta a la inmensa mayoría, ya que el terror puede aparecer de la manera más insospechada y arraigar de igual modo como las raíces de un árbol milenario, porque tal y como él nos dice en ese último relato a través de su protagonista: “el miedo necesita compañía y no admite bondades”.


TÍTULO: El monstruo en mí.
AUTOR: Jose Ignacio Becerril Polo.
EDITORIAL: Saco de Huesos.
GÉNERO: Terror.
NÚMERO DE PÁGINAS: 199 páginas.
ISBN: 978-84-939421-7-5

9 de enero de 2012

SERPIENTES Y REGALOS.

Frase de Angelical: "Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración"

Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración. Los dos estaban completamente desnudos. Uno a horcajadas del otro: su padre atacando a su madre con una extraña serpiente rosada y peluda, y en el fragor de la batalla los dos jadeaban. Había algo prohibido en todo aquello, pero al mismo tiempo una vocecilla en su interior le dijo que no corrían peligro. Fue esa misma voz la que decidió por él, salir de allí con el mismo sigilo, y quien le dijo que no se molestarían porque empezase a abrir un poco antes los regalos de Reyes.


Te invito a que pasees por las letras de mi otro blog: www.cuentosrecienhorneados.blogspot.com

1 de enero de 2012

EL RISCO DEL DIABLO

(Dedicado a Niobiña por facilitarnos la frase y a Juan Cuquejo porque su maravilloso libro me ha inspirado para intentar escribir un relato fantástico. Algo que deseaba hacer desde hace tiempo).


“Ese gato tiene razón.” Frase de Níobe para El Cuentacuentos.

Ese gato tiene razón. A fe mía que la tiene, Kabdat—aseveró entre sonoras risotadas el hombretón de barba pelirroja, retirándose con la manga de su capa de viaje los restos de cerveza de la cara.

—¿Ese gato?, ¿de quién me hablas?—preguntó intrigado el hombre sentado frente a él.


Ambos permanecían sentados en una de las mesas más alejadas y discretas de la taberna del viejo Ralph, boca de oro, y hablaban en susurros. De vez en cuando miraban a su alrededor cerciorándose de que nadie más estaba al tanto de su conversación. La mesita de madera contaba con dos bancos corridos y estaba situada tras una pequeña arcada de dos columnas, parcialmente oculta por un muro de mampostería de algo más de tres codos de alto, y constituía un rincón propicio para confidencias y secretos, alejado de miradas u oídos indiscretos, pero toda precaución era poca. 

“El cuervo vigía”, regentado por el alegre Ralph, su esposa Xeril y la hermosa hija de ambos, Edereth; emplazado junto al Camino Real, a media legua de la ciudad libre de Sâdenom, era uno de los hostales más conocidos del reino. Se rumoreaba que incluso el mismísimo rey Thenac acudía allí de incógnito de vez en cuando para divertirse o para enterarse, a través de los viajeros que se hospedaban entre sus paredes, sobre lo que acontecía dentro y fuera de las fronteras de su dominio.

—Me refiero a ese muchachito que te acompaña allá donde vas— continuó diciendo el más corpulento de los dos—. Y que lo mismo ejerce de escudero, hábil cazador, cocinero o incluso trovador como en estos momentos—. Terminó señalando con su mano derecha al grupo de personas congregadas al otro lado de la taberna, acompañando con sus voces las alegres canciones del muchacho rubio que tocaba la mandolina—. Si no me equivoco te ha llegado a salvar la vida en al menos dos ocasiones, por tanto, también podríamos llamarle héroe— siguió diciendo—. Y se me ocurre que podría ejercer de Maestre en el consejo del rey, pues inteligencia no le falta. Tiene, por tanto—tomó un nuevo trago de cerveza—, siete vidas como un gato, y aunque no lo sepas, en el fondo es más valioso que cualquiera de nosotros. Por no hablar de esos inquietantes ojos suyos de azul cobalto. A veces siento escalofríos cuando me observa.

—Ja, ja. Por Naascrom el dios de la tormenta que esta noche nos visita—rio alegremente su compañero de mesa, golpeando la pequeña ventana que daba a la oscura y desapacible noche—, sería muy distinto si tú fueras joven, hermosa, sin barba y tuvieras otro tipo de arma también muy potente guardada en tus calzones, ¿no crees, compañero?—ríe abiertamente derramando sin querer parte de la cerveza de su pinta sobre los restos de sopa en su escudilla de barro, al tiempo que maldice entre dientes tal circunstancia—. Estoy seguro de que en ese caso, esos ojos que tanto te aterran serían del azul del cielo, y suspirarías porque te mirasen desde la amanecida hasta bien entrada la noche —le guiña jocoso un ojo al azorado hombretón—. Pero pongámonos serios, ¿también tú opinas que se trata de un huevo de dragón? Creía que ya no existían, Gürth. Sólo aparecen ya en viejas leyendas y canciones de las que tanto le gusta cantar a Horb.

—¿De qué se puede tratar si no?, ¿aún lo dudas? Jamás he visto un huevo tan grande. Y el calor que desprende se debe a que está hecho de fuego. En cuanto a ese latido que parece manar de su interior... es el de la futura bestia que surcará los cielos en la próxima edad. Ese huevo de tu morral alberga el corazón de un futuro y grandioso dragón. Hazme caso, viejo amigo, no se trata de una piedra inofensiva encontrada por casualidad en el valle cercano a El Risco del Diablo.



Kabdat recordaba perfectamente cómo había sucedido todo… Regresaba al castillo por el Camino Real, cuando su caballo comenzó a sentirse inquieto, olisqueando el aire como si se tratara de un perro y no de un alazán. Rodeado de árboles a cada lado, el hombre pensó que se trataba de salteadores o de uno de los muchos grupos de disidentes que se congregaban en los bosques: el rey Thenac, no era muy popular entre sus súbditos, ni siquiera entre los miembros de su propia guardia (Kabdat no era la excepción, aunque sí era un hombre de palabra y había jurado lealtad al monarca en la misma sala donde había fallecido el legítimo heredero al trono), por ello cada vez eran más frecuentes los asaltos a viajeros y pequeñas escaramuzas en el mercado, provocados por los grupos contrarios al rey. 


El soldado asió instintivamente la empuñadura de su espada y avanzó cauteloso sobre su montura. Al borde del camino, a unos pasos por delante, yacía un cuerpo. El pobre viejo había sido apaleado por todo el cuerpo y apenas respiraba. Todavía le sobrecogía recordar la fuerza con que aquel moribundo se había aferrado a su mano rogándole que preservase con su propia vida si fuera preciso, aquella extraña piedra. “Te estaba esperando hombre de fuego. Se llama Valak y es imprescindible que lo mantengas a salvo. La era de los gigantes alados no ha tocado a su fin”, ésas fueron las turbadoras palabras de despedida que aquel desconocido le dejó como legado, mientras le ofrecía con su mano libre la pequeña y brillante roca negra. No hubo tiempo de preguntas ni explicaciones. Enterró el cuerpo junto al camino, rogando a los dioses antiguos por la salvación de su alma, sin siquiera saber quién era aquel hombre ni quiénes lo habían atacado. De aquello hacía ya varias jornadas.

“Hombre de fuego”… Así llamaban a los de su casa, cuando aún eran hombres libres que luchaban bajo la protección de un señor y se consentía que cada cual conservase en la batalla el escudo de su propia familia. El blasón de los suyos siempre había sido una llama roja. Por eso quizá, aquellas palabras envenenaban sus sueños y pensamientos en todo momento y el temor le tentaba a romper su juramento. Cómo lo supo aquel anciano… sólo podía tratarse de magia y aquello escapaba a su comprensión. Por otro lado, era inusualmente absurdo que el jefe de la guardia tuviera que hacerse cargo de una ridícula piedra. Pero fueron los ojos del astuto Wrigley, consejero y mano derecha del rey, los que le indicaron que no se trataba de un pedrusco vulgar, como había llegado a opinar. Cuando el repulsivo ministro entró en las habitaciones de Kabdat la codicia se dibujó de inmediato en sus ojos. El avispado Horb y el capitán fueron rápidos despachándolo con diligencia y determinación, comprendiendo ambos, al punto, que el castillo no era ya un lugar seguro para esa piedra con nombre propio.

(posiblemente continuará…)